lunes, 5 de enero de 2009

Antefuturos. Ramoncito Zubeldia y el reloj impertérrito.


(Estación María Ignacia - Vela, hacia 1895, época del nacimiento de Ramón Zubeldía.)


Antefuturos. Relatos que nos hacen ser.
Quizás a todos hay relatos que nos constituyen, desde las primeras palabras que escuchamos, o desde ciertas historias que nos narran o que presenciamos en la niñez y la juventud. Aquí en "Antefuturos" van algunos de los relatos que me hicieron ser este que soy.

Ramoncito Zubeldía y el reloj impertérrito

Cuando lo conocí ya andaba por los 70 años, y aún mantenía su altura destacada; pero sus hermanas y sus conocidos insistían en el diminutivo.

Era mi tío abuelo, hermano de mi abuela paterna, Angelita. Después de la separación de mis padres, la mitad materna del árbol no había vuelto a tratarse con los Zubeldía. Y allí me aparecí yo a verlos, cuando tenía once años de edad; qué emoción. Luego seguíamos charlando con Ramoncito, cuando los visitaba una o dos veces por año, en los viajes de vacaciones a Tandil.

Ramón había sido muy lector en sus años mozos. Me contó que había trabajado como empleado de escribanía, sin más instrucción que la de una escuela de campaña en los pagos de Vela, donde la familia tenía un campo y un caserón. Allí se habían afincado sus padres, Zubeldía y Casal de apellido, venidos de Guipúzcoa. Tan sólo leyendo y escribiendo por su cuenta, se había hecho de una esmerada preparación y una destacable caligrafía, útil en los tiempos anteriores a la máquina de escribir.

Ramoncito era uno entre trece hermanos y hermanas. Alguno falleció de joven (“de mocito” decían ellos). De los que vivieron, los más quedaron solteros, entre ellos Ramón y Manuel, cuyos nombres llevo.

Otro día contaré lo que pude alcanzar a saber de los Zubeldía, una familia de lo más interesante, todos con un esmerado vocabulario y una conversación refinada… y con un toque de divertida locura.

En la ciudad Ramón usaba siempre traje negro limpísimo, de chaleco y con pantalón de tipo bombacha, hecho en fino casimir. Varios de esos trajes tenía. El reloj de esta historia, un Ulysse Nardin de plata, ocupaba uno de los bolsillos de ese chaleco.

Me comentó que los González Pacheco, afamados anarquistas, y uno de ellos, Rodolfo, destacado escritor y dramaturgo, eran sus vecinos de campo en Vela. Y con un dejo de orgullo “Y m’hijo, desde joven yo fui y sigo siendo de la Idea.” Sentí la mayúscula en esa palabra cuando él la pronunció. Más tarde supe que Vela (o mejor María Ignacia – Vela) había sido un centro de conocimiento y difusión del pensamiento y la agitación ácrata.

De algún modo que no alcancé a comprender, Ramón era también del partido conservador. Y anticlerical, y antimilitarista.

Cuando recién lo conocías, caías en la trampa. Te preguntaba la hora. Y al igual que yo lo hice, consultabas tu reloj pulsera y le decías, por caso “Las diez y media”. Ceremoniosamente sacaba su reloj de tapas del bolsillo, esos llamados “cebolla”, lo abría como si necesitara verlo y declaraba “No, m’hijo. Son las nueve y media.” Si querías discutirle, estabas perdido. Te iba a explicar que la hora solar para la Argentina era esa que él conservaba en su reloj. Que así se había mantenido hasta 1930. Pero entonces aparecieron los aprendices de brujo a corregir el horario; una hora de adelanto, y después volver atrás… así hasta que alguna vez hubo quien se olvidó de volver a enmendar las cosas, y la mayor parte de los argentinos había quedado con esa hora. Oficial pero falsa. Y para peor, nadie se acordaba de falsificación.

Contra tanto desconcierto y mentira, él mantenía incólume su adhesión a la hora verdadera (según creo, es la del meridiano de Greenwich menos 4). Y alegaba también: “Por qué la gente le dice mediodía a la una de la tarde? Porque sienten que el verdadero mediodía no es cuando lo marca la hora oficial, m’hijo”.

Nunca modificó la hora de su reloj. A veces la hora oficial se alejaba aún más de él (como en el año 1974, en que hubo dos horas de diferencia; y lo mismo le habría sucedido ahora). Cuando alguna vez le pregunté qué esperaba, respondió estoicamente “Nada, m’hijo. Si se acomodan, vamos a andar de acuerdo. Y si no, yo sigo con la hora verdadera.”
Más de una vez me he sentido el último sostenedor de alguna verdad. Y entonces elijo ser porfiado como Ramoncito, fiel a lo que es válido, aunque todos los relojes por algún tiempo estén marcando lo contrario. Alguien tiene que recordar cuál era la hora buena, por si un día se pretende recuperarla.

Ramón Zubeldía falleció en Tandil un día de 1974, a la hora 9 de su reloj. Me divierte pensar que en el acta de defunción figura seguramente la hora que no es.

Antefuturos. Santos Fontana y la expatriación.

Foto: Estación Vázquez, del FCS en provincia de Buenos Aires.

Relatos que nos hacen ser

Quizás a todos hay relatos que nos constituyen, desde las primeras palabras que escuchamos, o en ciertas historias que nos narran o que presenciamos en la niñez y la juventud. Aquí en "Antefuturos" van algunos de los relatos que me hicieron ser este que soy.
´
Antefuturos

Vengo de un linaje de hombres oscuros. Esta foto de la estación Vázquez, provincia de Buenos Aires, recuerda a uno de esos hombres.

Mi bisabuelo Santos Fontana fue patriota, estudiante agitador, exiliado, empleado y escritor por afición.

Joven aún, en la década de 1870, participó en las actividades de los estudiantes italianos contra los gobernantes austríacos. Lo descubrieron porque en una función de la ópera, a la que asistía como becario, allá arriba en el gallinero, gritó “Viva Italia!” y arrojó unos panfletos. Supo que iban a arrestarlo, y tuvo que escapar cruzando a nado el Adige. A la orilla se despidió con un abrazo de su padre, al que nunca volvería a ver. Y se vino para América.

Había dejado trunca su carrera de derecho. Primero en Buenos Aires y después en el pueblo de Benito Juárez, fue empleado de un estudio jurídico y notarial. Insistía en combatir desde lejos a los tiranos de su tierra, publicando artículos y versos inflamados en los diarios que aquí se editaban en italiano.

Tuvo seis hijos. Cuando las dos menores, mi abuela Violante y su hermanita Julia, tenían tan sólo cinco y dos años de edad, Santos Fontana murió de un ataque al corazón, sentado en un banco de la estación Vázquez, cercana a Juárez, adonde había ido para realizar un trámite del estudio en que trabajaba. Sería en el año 1900.

Sus combates fueron al fin tan sólo esos que libró cada día para dar de comer a los suyos; sus armas, los lenguajes: esa porfía para manejar un idioma extraño y para no dejar de escribir en el de su país natal; su única gloria, la narración de aquella historia a los más chicos, una y otra vez: el grito en la oscuridad de la ópera, el abrazo al padre, la fuga de una patria que tardaba en liberarse. Imagino las caritas anhelantes de aquellas criaturas alrededor de la luz del quinqué. A través de alguno de esos chicos, la fascinación del relato llegó hasta mí. Y vengo pensando y sosteniendo que es propio de hombres luchar por la libertad; que no es desdoro haber sido derrotado; que mediante la palabra también se puede pelear para ser libre. Algo de ese relato de Santos Fontana me hizo este que soy, y quizás se prolongue en otros.

Me trajeron fotos de la Estación hace pocos días. Por el comentario de un amigo vine a enterarme de que una familia del pueblo donde vivo, tan distante de Vázquez, va allí con frecuencia, y acaricia la idea de quedarse a vivir en un lugar tan bello y tranquilo. Les pedí que me trajeran alguna foto del último lugar de mi bisabuelo, pensando que tendrían demasiadas cosas que hacer como para recordar esto. Y a los pocos días vinieron con estas imágenes.

Vázquez, pueblo enclavado en una rica zona agrícola, era un lugar próspero; hasta tenía su propio teatro donde se representaban óperas. Actualmente sólo habitan allí, me dicen, 48 familias.

Poetas, patrias, preguntas

Son preguntas que surgieron pensando en Juan Larrea y en algunos temas de la poesía de Robert Gurney. Sin duda él escribiría esto de modo mucho mejor.






Poetas, patrias, preguntas (en las huellas de Robert Gurney)



En las páginas de ciudades y poblados europeos en internet, suele aparecer una lista de personas destacadas que han nacido o viven allí.

Estuve buscando a mi amigo, el poeta Robert Gurney, en la página de Luton, donde nació; en la de St. Albans, donde vive; en la de Port Eynon, donde pasa algunas temporadas. Aparecen deportistas, cineastas, cantores exitosos y actores de cine, pero no él. Y en general, es raro que aparezca algún poeta.

En esta otra punta del mundo, a veces los poblados y las ciudades ni siquiera tienen una página donde asentar sus nombres. Pero cuando la tienen, es igualmente denso ese olvido.

¿Será que los poetas en estos tiempos tienen que ser necesariamente expatriados? Más que nada en estos tiempos, aunque no sólo en ellos. Homero fue un sin techo, y Dante un prófugo subversivo.

La lista de ejemplos cercanos es demasiado extensa:

Juan Larrea
exiliado en el silencio y en Córdoba

Rafael Alberti
contemplando las aguas de un río que nunca lo llevará de regreso a su tierra
por más que quiera pagarle al barquero con un canto

Héctor Ciocchini
obligado a exiliarse
por ser peligroso para la Argentina
su lápiz

Pizarnik expatriándose de este desvastamiento
definitivamente

Juan Gelman
otra vez recorriendo el camino de los expulsados de Sefarad
sin siquiera la gran llave de la que fue su casa

y Tilo Wenner y Paco Urondo
y todos los que fueron arrancados en flor -

pero qué pasa -
desde hace un tiempo los poetas no pueden tener patria

o estas patrias no quieren tener poetas
aunque les deben su existencia:

porque a ver
quién dijo por primera vez
Argentina –

no fueron las fuerzas vivas
ni las instituciones constituidas -



aunque no queda ni un retrato


de aquel
Martín del Barco Centenera.

domingo, 4 de enero de 2009

Encuentros con Robert Gurney

Encuentros con Robert Gurney
Patagónico, poeta de varios mundos


Van dos años desde mi primer encuentro con Robert Gurney. No sé si alguna vez llegaré a verlo y estrecharle la mano; sin embargo, por el puro camino de la palabra, él se ha instalado en mis días. Es una presencia que llegó a través de la red de computadoras, como para refirmar aquel pensamiento de Rafael Barret: las máquinas no son cosas sino criaturas mixtas, espíritu que aletea en la materia.


El camino para llegar hasta Bob, admirado poeta, lo han trazado tres poetas admirados; como una noria de cangilones, una roldana de cantares nos ha llevado hasta las mismas páginas. Páginas que son personas y lugares habitados.


Juan Larrea


Tres poetas; los citaré por orden de llegada al mundo. El primero, Juan Larrea, nacido en Bilbao en 1895. Cuando apenas orillaba los treinta años, ya Vicente Huidobro lo saludaba como al genio joven que estaba renovando radicalmente la poesía española. Larrea había pasado por el tamiz las estéticas contemporáneas, y estaba proponiendo y haciendo una poética superadora. Lo admiraron Gerardo Diego y Luis Cernuda, para quien fue maestro oculto de Federico García Lorca, Rafael Alberti y Vicente Aleixandre.


Larrea vivió en París desde 1926, y escribió en francés gran parte de su poesía, traducida luego al castellano por él mismo y sus compañeros poetas. Realizó una travesía iniciática por el Perú de su amigo César Vallejo entre 1929 y 1931. De nuevo en Europa, formó el Museo de América de Madrid; hizo donación de sus colecciones de arte incaico al pueblo de la República española, cuya causa apoyó; asistió a la creación del Guernica de Picasso e intervino en su traslado a Londres; y se vino definitivamente a América en 1939. Él había pregonado que “sólo hay un modo de ser, el de la pasión”; y es la pasión, pasión sustentada en un conocimiento sólido, la que nutre sus geniales prosas de crítica cultural, política, estética. Aún en 1977 llama a lo de Guernica “el crimen” y a Franco “el monstruo de los monstruos”.


Desde 1956 y hasta su muerte en 1980 Juan Larrea, verbo de nuestro tiempo, estuvo viviendo, dando clases e investigando en la Universidad, en una Córdoba donde pocos lo percibieron y lo recuerdan. Desde ya que él no buscó la difusión; pero es para preguntarse por qué fue escasamente advertido. ¿Será por esa degradación que sintió Martínez Estrada “cuando al maestro lo transforman en profesor y al discípulo en alumno”, encerrados ambos en puntajes y diplomas? ¿O porque en la ciudad de Genta y Hugo Wast, su persona y su obra no eran del agrado de las fuerzas del orden?


Nicolás Guillén


Tres poetas. El segundo, Nicolás Guillén, nació en Camagüey en 1902. Así como Larrea eligió escribir en francés para hallar esa poesía que luego nos alimenta en español, así Guillén buscó y encontró en la lengua de Cuba otra lengua, hasta entonces inédita: la que estaba en la voz de los negros. Y la trajo para renovar el idioma común, la vida, y la política grande, que es poética. Antes de cumplir sus treinta años, también él había hecho estallar este nuevo lenguaje, con Motivos de son (1930) y Songoro Cosongo (1931). De travesía por América, en 1947 Guillén estuvo en Córdoba, donde dio una conferencia y pasó una temporada en El Retiro; su visita, comentada en uno de los diarios cordobeses, atrajo a los círculos de intelectuales de izquierda; hoy casi nadie la recuerda tampoco. Volvió aquí en 1958, pero tuvo que irse antes de lo previsto hacia La Habana, para su encuentro definitivo con la Revolución, en los primeros días de enero de 1959.


…y Raúl Artola


El más recién nacido de los tres, Raúl Artola. Sería injusticia querer dar cuenta de su obra de poeta; sólo me doy permiso para decir que Raúl es capaz de desplegar cada palabra que elige para revelar en ella una riqueza inigualable. Para imaginarlo, hará falta acudir a otro idioma: no ya al francés o al mulato caribeño, sino al japonés. Admiro su “Croquis de un Tatami”; por contagio de tan feliz título, vine a pensar que sus poesías son frutos de origami; universos, aves, bestias y pueblos contenidas en formas, cuadros de Petorutti o de Francis Bacon que hablan, dotadas de innumerables planos y matices. Aquí me extenderé sobre otro de sus afanes. Artola fue en su momento un exiliado interior. Nacido y crecido en los hermosos pagos de Las Flores (no muy lejos de Azul, de Chillar, lugares también de mi infancia) allí padeció persecución y angustia en 1974 y después. Por entonces se acercó definitivamente al oficio de poeta, y luego quiso vivir en la Patagonia. Ha hecho de sí, creo, el más certero y generoso conocedor y pregonero de la poesía y la narrativa de este sur, y de los autores mismos. Todos le debemos el espacio de alguna página, alguna referencia, algún consejo para la publicación de nuestros trabajos. Y esto ya desde mucho antes de que iniciara su revista “El Camarote”, que va por los catorce impecables números ofrecidos sin interrupción.
Desde esa tarea, desde “El Camarote” y desde Viedma, lugar de puentes, Artola hizo de puente para mi encuentro con Bob.
Relato de varios encuentros.

La cosa fue así. En el 2001, viviendo en Córdoba, recordé que por allí había andado Nicolás Guillén. Llegó en 1947 a una ciudad erizada de enfrentamientos, intervenciones y persecuciones. Busqué datos, entrevisté a quienes habían estado cerca de él, y escribí un artículo, que no fue publicado en el diario “grande” al que lo envié. Años después, cuando Raúl leyó este trabajo, le dio espacio en El Camarote.

Al cabo de unos días de la publicación, un mensaje de Artola me anoticiaba de un acontecimiento singular. Desde Inglaterra el poeta Robert Gurney le había enviado una poesía inspirada por ese artículo, escrita en castellano. Me vi citado en versos: frases, nombre y apellido. Fue al mismo tiempo una iluminación: ese hombre al que no conocía, con su varita de rabdomante, había descubierto poesía bajo la prosa de mi artículo.

Mi primera tentación fue agradecerle a Raúl por tan bella y alentadora invención. Luego, cuando accedí a la poesía de Gurney en Internet, creí en la existencia de él, y en los milagros que opera la palabra. Hoy aquella página está en su “Poemas a la Patagonia.”

También Robert está en un cruce de idiomas y de patrias. Nació y reside en Inglaterra; pero en su juventud coincidió con el argentino galés Enyr Jones, con quien aprendió el castellano. Sospecho que Jones, como luego Ferdy Woodward, fueron para Gurney verdaderos maestros.

Es algo más que casualidad que se haya encontrado con Raúl Artola. Bob venía descubriendo las voces y los seres de la Patagonia, como viajero, explorador y lector, capaz de alentar y valorar a un gran poeta de esta tierra, Andrés Bohoslavsky. Acudo a las palabras del propio Bob, mejores que cualquier comentario: "Creo que hay que subrayar la importancia, para mí, de la poesía de Andrés Bohoslavsky. Cuando la leí por primera vez, una puerta se abrió."


La Patagonia, Córdoba, el sapo, la sal.


También creo más que casual mi propia resonancia con Bob Gurney. Coincidimos en ser apasionados patagónicos por adopción, como Artola. Hemos buscado huellas de poetas que anduvieron por Córdoba, y a veces nos hemos planteado preguntas similares en torno a los poetas y al olvido. Bob había abordado la obra de Guillén desde su cátedra. Me comenta: "La poesía de Nicolás Guillén me ayudaba mucho (daba clases sobre él en La Universidad de Middlesex (Londres)." Ha realizado un extenso y pensado estudio de la obra de Juan Larrea, que ha marcado época en el conocimiento del poeta exiliado en Córdoba.
Otras correspondencias me asombran: cómo él menciona más de una vez el juego del sapo, que desde hace años me intriga y apasiona. (Ese invento griego que creció en la Normandía medieval, que entretuvo a Descartes en sus ratos perdidos en los Países Bajos; que extrañamente sigue en vigencia aquí, único país junto a Perú donde presenta la figura gorgónica de “la vieja”.) O su interés por la Trapalanda, que ando buscando, cuyos datos están en algún otro lugar de este blog, y que ocupa algún párrafo hermoso en el libro de Mollie Robertson. Y también, por ser habitante de un país de la sal, me sentí cerca de él al saber que vive parte de su tiempo en Port Eynon, lugar de antiguas salinas.

Saludo en Bob los rasgos más preciados que pueden caracterizar a un amigo, un escritor, un hombre. Esa generosidad de los poetas que están atentos a la palabra dondequiera y en quien se dé (quizás espejo de esa soledad de los poetas a quienes les urge hallar afines). Esa vocación para ponerse en viaje, buscarse en camino. Esa individualidad múltiple, hecha de tantas intersecciones; como la obra de arte en palabras de Ciocchini: insular, pero lugar de llegada de múltiples corrientes y vientos. Esa multiversidad facilita encontrarlo y encontrarse en él.

En su obra, aprendo el motivo de la elección de un lenguaje: no supe muy bien por qué escribo en castellano, hasta conocer los motivos que él da. Aprendí también que la poesía es un idioma que está más allá de los idiomas conocidos, y puede darse en más de uno de ellos a la vez. En sus páginas la presencia del lenguaje y los hechos de cada momento, la vida de las humildades de esta tierra, son transfiguradas por su toque de varita, que allí descubre la poesía. Lo que él señala es esto, pero es precisamente por ello más que esto. Es lo que es; pero cuando él lo dice, adquiere intensidad y se torna memorable.
Agradezco este regalo, haber sido nombrado por Robert Gurney en una de sus poesías. Conociendo su palabra y su persona, qué más, qué mejor podría haber pedido.
Ramón Minieri
Río Colorado, 3 de enero de 2009.


Para leer más poesía de Robert Gurney:

http://www.poeticas.com.ar/ (Poemas a la Patagonia)

http://www.bublegum.net/perebesso/13341/CARA+Y+CELLO+DE+BOB+GURNEY+A+ORILLAS+DEL+LAGO+DE+WARDOWN+.html




Textos de Robert Gurney, poeta patagónico de varios mundos



Textos de Robert Gurney
(para su presentación, ver el post siguiente)


De sus "Poemas a la Patagonia", selección y prólogo de Andrés Bohoslavsky, año 2004.


Larrea

No conoció
a Darío
pero se daba por sabido
que entre su pecho
y el horizonte
apenas cabía
el canto
de un pájaro.

(Adaptado del manifiesto "Presupuesto Vital"de Juan Larrea, Favorables París Poema, 1926)


Elal


Completada su tarea
se convirtió
en pájaro
y voló con el cisne
hacia un punto
en el este
donde el cielo se junta
con el mar.


En el camino
fue arrojando flechas
para crear islas
donde descansar.


Al llegar
al horizonte
subió al cielo
para aguardar
nuestras almas.


El hombre invisible


Más allá
del río
encontré
a un hombre
mirando
el agua.


“¿Ha oído hablar
de Trapalanda? ”
pregunté.


“Sí,
pero no la verá
nunca
hasta que
dejemos
de ser
invisibles.”


La vanguardia


Leí ayer
parte de
la Historia de Olvidos
de Ramón Minieri
y cómo Córdoba olvidó
a Nicolás Guillén.


Habla de Gregorio Bermann
y José Carlos Mariátegui.
Bermann encontró
su propio pensamiento
en unas líneas
de Mariátegui.


Dice:
Somos también
los libros
que hemos leído.

No hay separación
entre la estética
y lo político.

La poesía
es el taller de diseño
de una sociedad mejor.

La vanguardia poética
es eso
vanguardia.

Política y poética
se enlazan
para proyectarse
más allá
de versos
y elecciones.

¿Es por eso que mataron
a Lorca
a Tilo Wenner
y desterraron a Larrea,
a Alberti,
y a no sé cuántos más?


Robert Gurney y el español

Encuentro que las palabras en español tienen un grado de claridad similar a las de origen anglosajón. Muchas son breves y transparentes, y hay pocas dudas acerca de lo que significan. Así como solía descubrir que hablar francés es una experiencia muy liberadora (algo que hoy no tengo muchas oportunidades de hacer), siento que escribir en español es emancipador. Quizás liberación sea una palabra equivocada. Me parece que el español les da a mis palabras una pátina exótica. Por ejemplo, puedo usar imágenes de un pueblo que ha experimentado un desarrollo industrial considerable, Luton, y en español adoptarán un halo surrealista. Logro hacer exótico lo familiar, y familiarizar lo exótico.

I find that Spanish words have a similar degree of clarity to words of Anglo-Saxon origin. Many are short and transparent. There is little doubt as to what they mean. Just as I used to find speaking French a very liberating experience (I don't have so much opportunity to use it now), I find writing in Spanish emancipating. Perhaps liberation is the wrong word. I find Spanish gives an exotic patina to my images. For example, I can use images from a town that has undergone considerable industrial development, Luton, and, in Spanish, they take on a surrealist glow. I make the familiar exotic, and familiarize the exotic.
Poesía de Robert Gurney en:
www.poeticas.com.ar (Poemas a la Patagonia)

viernes, 2 de enero de 2009

Ponete en el lugar del chancho




Cerdos para el sacrificio

(otra lección de Chuang Tzu acerca del poder y por qué perdura)


El Gran Augur, que sacrificaba cerdos y leía presagios en el sacrificio, apareció vestido con sus largas túnicas oscuras en la pocilga, y se dirigió a los cerdos de la siguiente manera:

-He aquí el consejo que os doy. No os quejéis por tener que morir. Dejad de lado vuestras objeciones. Os alimentaré con granos selectos durante tres meses, y yo mismo tendré que observar una estricta disciplina durante diez días y ayunar durante tres. Después extenderé alfombras de hierba y ofreceré vuestros jamones y paletillas sobre fuentes delicadamente talladas, con gran ceremonia. ¿Qué más queréis?

Después, reflexionando, consideró la cuestión desde el punto de vista de los cerdos:

- Por supuesto, supongo que preferiríais alimentaros de comida grosera y ordinaria, y que os dejaran en paz en vuestras pocilgas.

Pero de nuevo, viéndolo desde su punto de vista, contestó:

- ¡No, definitivamente, no existe un tipo más noble de existencia! Vivir honrado, recibir el mejor de los tratos, montar en una carroza con magníficos ropajes, a pesar de que en cualquier momento uno pueda caer en desgracia y ser ejecutado, ése es el noble aunque incierto destino que he elegido.

De modo que optó en contra del punto de vista de los cerdos y adoptó el suyo propio, tanto para él como para los cerdos.

¡Qué afortunados aquellos cerdos, cuya existencia fue así ennoblecida por alguien que era, a la vez, un autoridad del Estado y un ministro de la Religión!

(De: El camino de Chuang Tzu. Versión de Thomas Merton.)
Te pregunto, me pregunto: ¿Con quién te identificás? ¿Con el cerdo, con el augur, con el estado, con la religión? Y... ¿cuál es la diferencia?

sábado, 27 de diciembre de 2008

Les presento a Héctor Ciocchini


Héctor no solía incluir fotos de sí mismo en sus libros. Aquí aparece, arriba, primero a la izquierda, en un homenaje a su maestro Arturo Marasso.
Les presento a Héctor Ciocchini

Masacres y días alcionios

El universo es un lugar de masacres; pero en todo ese magma, hasta hay días alcionios.

Lugar de masacres, así lo calificaba Carl Sagan; predominan los desiertos gélidos, los huecos lóbregos, los planetas llameantes; y son rarísimos los momentos y sitios donde pueden darse la vida y la conciencia.

Pero hay días alcionios. Así los llamaron los navegantes griegos, reconociendo la certera intuición de las golondrinas costeras. Durante ciertos días y sólo durante ellos, los alciones se cortejan, construyen sus nidos y desovan. Son días de regalada bonanza; los marineros saben que en ellos pueden viajar confiados: los pájaros les han hecho saber que no habrá tormentas.

Por entonces vivíamos días alcionios; un milagro que para mayor disfrute ignorábamos, hasta que el tiempo mostró su calavera bajo la máscara dorada. Estábamos en el ojo del huracán. En el tortuoso siglo XX, el más cruento de la historia, y en el cruento siglo XX argentino, y en Bahía Blanca, la ciudad de silencios y torturas, transcurrían los años calmos 1964, 1965. En un pasillo de la Universidad, todos los días un viejito anarquista abría sus valijas, instalaba sus mesitas, y ponía a nuestro alcance su librería portátil. Parecía que en Bahía Blanca, la pacata ciudad que Payró describió en su Pago Chico, había florecido el desierto. Eran los años ’60, antes de que llegara el onganiato (1966-73), y luego las 3A (1975-76) y la dictadura de 1976 a 1983. (Mientras tanto, Remus Tetu aceitaba el percutor de sus rencores; Rodolfo Ponce escalaba jerarquías y armaba su tropa de matones, con el respaldo del fascismo gremialista; y en la Base Naval y en el Cuerpo de Ejército se afilaban espadas y se urdían capuchas; pero no lo sabíamos. Tampoco sabíamos, y hay quienes no saben o no quieren saberlo hasta hoy, que en esos días del gobierno de Arturo U. Illia seguían existiendo presos y perseguidos políticos.)
Presentación del maestro

Es una abusiva convención verbal decir que uno ha conocido a alguien. Todavía lo estoy conociendo a Héctor Ciocchini. Por entonces me lo presentaron; él tendría poco más de cuarenta años de edad. Era un hombre sosegado y esplendoroso. Si a partir de los cuarenta uno es responsable de su propia cara, entonces los rasgos de este hombre decían que su vida era la belleza; esa que está aliada a lo verdadero y lo bueno.

Francisco Maffei, maestro de filosofía ya mayor, había traído a los jóvenes humanistas que dieron su tono a la nueva Universidad Nacional del Sur, fundada en los años 50: a Antonio Camarero (quien tradujo del griego “República” de Platón para la edición de Eudeba); y a Carlos Astrada, y a Rodolfo Agoglia, y al poeta peruano Alcides Spelucín Vega, y a Yole Vázquez Presedo, y a Exequiel Ortega, y a Jaime Rest, y al prehistoriador Antonio Austral. Y a Héctor Ciocchini, con quien Maffei cultivaba una relación como la de un padrino mayor y cariñoso con su ahijado. La mayoría de estas personas venían de La Plata. Hasta poco antes de mi ingreso, la Universidad había tenido como Rector a Vicente Fatone, historiador de las religiones, budista, traductor de Arnold Toynbee.

Cuando Maffei me presentó a Ciocchini, este era el Director del Instituto de Humanidades, cuya formación él mismo había orientado. Había sido alumno de Arturo Marasso, al igual que Julio Cortázar. La foto nos lo muestra en un homenaje a su maestro. Y allí en Bahía Blanca, oh milagro también, en un piso bajo de Colón 80, estaba a nuestro alcance la biblioteca de don Arturo, ese gran poeta y sabio humanista.

Yo sabía que Ciocchini había publicado varios libros de poesía. Y él tenía noticias de ese tímido lector que lo escuchaba: ese Minieri del que, por indiscreción de un común amigo, había sabido que a los diez años de edad leía la Ilíada. Pero la poesía de Héctor estaba afianzada sobre columnas de sabiduría, entonces empecé a saberlo un poco. En aquella charla nos describió la biblioteca de Amy Warburg, su curioso ordenamiento, las correlaciones entre libros que parecían de temas remotos, esa conexión que se expresaba en la obra de uno de sus lectores, Ernest Cassirer, sobre los símbolos. Y habló con sereno entusiasmo de los emblemas, de la iconografía, de sus pesquisas de imágenes. Y todo parecía tan alto y tan hermoso, y gracias a él tan claro y accesible, que daban ganas de ponerse a leer, ponerse a indagar, a escribir, a vivir.

Nos cruzábamos a diario con estos seres excepcionales. A nuestra vista estaban sus vidas cotidianas, sus familias. Vivían en el Barrio Universitario, en casitas iguales a las de los estudiantes becados, separadas tan sólo por el espacio de un camino interior o un jardín. Los veíamos jugando a la pelota, al cricket; algún estudiante participaba en el juego. Escuchábamos sus risotadas cuando los miércoles iban, como nosotros, a un cine barato que ofrecía episodios y dibujos animados. Veíamos pasar a “las nenas de Ciocchini”, bellísimas criaturas amadas por todos, cuando salían a jugar o pasaban para la escuela. Alguna vez nos animamos a festejarle un cumpleaños a Antonio Camarero, y le entregamos un pergamino escrito en nuestro macarrónico latín.

Transmito estas anécdotas para dar cuenta de un clima de época, de una vida universitaria de cercanía, de cálidas y cordiales relaciones entre discípulos y maestros. También esto fue deliberadamente agredido y cercenado por las dictaduras y las 3A.

Hubo quienes podían escuchar a Ciocchini casi a diario, en las clases de Estilística, la última y consagratoria materia de la carrera de Letras. Yo que había optado por la Historia me desquitaba leyendo sus trabajos en Cuadernos del Sur, o Los Trabajos de Anfión. Atesoraba sus palabras, dondequiera las encontrara. Un alma generosa se define aún en sus gestos más pequeños; recuerdo una dedicatoria suya en el libro que obsequió a un amigo común: "al caro amico e fraterno discussore". En esa frase estaba él, como amigo y como guía en el camino. Lo escuchaba en una reunión, o en la feliz casualidad de una conversación de pasillo.

Frases memorables

Recuerdo tres de esas conversaciones. La primera, ya narrada, cuando fuimos presentados. Otra en su casa, donde reunió a varios discípulos para formar un equipo de investigación, e indagar sobre algunos cruces entre la historia, los símbolos y las letras. (Ahora me pregunto si he estado haciendo otra cosa, aunque mi intento es a fuerza de martillo y escoplo, mientras que Ciocchini trabajaba con cinceles y balanzas de joyería.) En aquella reunión y compartiendo el café estuvieron Panofsky y Riegl, y otra vez Cassirer y Warburg y Sedlmair; y también Góngora y Gerard de Nerval. Una obra de arte es insular, nos decía. Está aislada en medio de un mar, pero le llegan todas las corrientes del agua y del aire.

Me sentí absolutamente ignorante, como todavía me siento ante este hombre; apenas estuve en casa me hice un programa de lecturas que siempre estoy empezando. He ahí otra cualidad del maestro: la de mostrar vastos paisajes de saber, suscitando un deseo que no iba a cesar.

Otra vez, él se detuvo a conversar conmigo en la Universidad; en el salón de entrada al edificio de Colón 80, donde todavía funcionaba el Instituto de Humanidades. Como yo había andado medio perdido, me sentí privilegiado por su atención, por su escucha, distendido él, apoyado contra la pared, sus ojos contemplándome tras los gruesos vidrios ambarinos de los lentes. Yo había terminado el servicio militar, y ahora era empleado administrativo en la biblioteca. Le conté de mis demorados estudios. En un momento, me preguntó si yo escribía. Y… sí, lo intentaba, pero, confesé “soy un poco jansenista.” Si un texto no salía perfecto, no lo aceptaba. Y ahí estaba detenido, ante una hoja en blanco y sobre la altura de un montón de papeles estrujados y rotos.

Me escuchó con atención, y después me dio una lección perenne. Habló, no de mis dificultades, sino de las suyas. Cada año, al aproximarse el fin del cursado, sentía las limitaciones de sus esfuerzos con gran parte de los estudiantes. Le habían inventado una imagen de tipo abstruso, inaccesible. Sin embargo, lo que les proponía era tan elemental… Una de las primeras experiencias era hacer un recorrido por las calles de la ciudad. Quizás ir en un colectivo, uno de esos rojos de la 500, hasta el puerto de Ingeniero White. A la vuelta, en el aula, silencio. Por el tiempo que fuera menester. Cinco, diez minutos… hacer silencio, decía. Lea “El mundo del silencio”, de Max Picard. Allí, en el silencio, iba a nacer una impresión. Luego se trataba de escribir a partir de esa impresión. Periódicamente, volver a ella, a esa aparición primera.

“En realidad es tan simple. Todo esto se aprende cuando uno se pone a escribir. Y para aprender a escribir, hay que ponerse a escribir. Luego, reflexionar sobre qué hacemos y cómo lo hacemos. Pero, ponerse a escribir. Es como para conocer el sabor del pan: ningún libro puede darnos el sabor del pan. Hay que comerlo.”

Si algo escribí luego, fue gracias al impulso y el ánimo que me dieron estas palabras.
…

Crímenes y dolores. Una lección de valor ciudadano.

Después de aquellos días alcionios, había llegado la dictadura de Onganía; ya no nos reuníamos a conversar, escuchar música y tomar un vino con amigos como el luminoso Mario Merlino (quien luego del 76 se exilió y se quedó en España), como Guillermo Quartucci, refinado poeta y crítico (que se exilió y se quedó en México, tras padecer una ordalía de cárcel, tortura y huída); como Nora Esperguín (que se exilió y se quedó en Francia, donde es conservadora en el Museo de Grenoble); como Lucía Gallay (que un día de 1975 fue a trabajar en su cátedra de la Universidad y encontró que el departamento de Humanidades estaba cerrado definitivamente con llave… y sólo quedaba irse). Y ya estamos mezclando evocaciones de los otros regímenes criminosos: primero las 3A, luego los asesinos de 1976 a 1983, militares y civiles.

Una de las hijas de mi maestro, una de aquellas nenas de Ciocchini, fue apresada en la Noche de los Lápices y torturada hasta la muerte. Llorábamos por él, pensando que no hallaría modo de salir de tanto dolor. Amenazado de muerte, él tuvo que exiliarse.

En 1983, cuando ya había regresado, le envié mi primer libro de poesías. Me lo agradeció de la mejor manera: sin elogios, señalando qué versos le gustaban y cuáles no habría incluído él. Ese mismo año publicó “Herbolario”.

En 1984 nos dio otra lección. Estábamos mirando en la tele el inicio del juicio a las juntas militares; un testigo al que veíamos de espaldas daba sus datos personales. Era él, que se había animado a testimoniar, en tiempos en que todo parecía aún muy inseguro. Nos enseñaba también que la poesía y el humanismo se hermanan con el valor cívico.

Algunas de sus páginas de esa época tienen un tono de invectiva contra esta patria de maltratos. (Habría que recordar que también Dante, amante de su patria, es no sólo el autor del dulce estilo; también escribió invectivas contra asesinos y tiranos.) Me llegó también la noticia de que en algún momento se había dedicado a la pintura.

Ahora tengo a la vista, regalo preciado, su antología “Como Espejo de Enigmas”. Y puedo leer sus escritos últimos, de los que transcribiré algunos en este blog. Y veo cómo este hombre afrontó el dolor. Sin desconocerlo, sin negarlo. Como la ostra perlífera, transformó el recuerdo de la herida en belleza, en poesía. Poesía que igualmente es dolor; pero más, mucho más, es triunfo de vida.

Pueden parecer endebles las palabras frente a la fuerza de las armas. Sin embargo, las palabras de Héctor Ciocchini siguen vivas y encendidas, mientras la obra de los asesinos que lo hostigaron se va desvaneciendo en la execración. Los que mataron y quemaron libros son y vuelven a ser derrotados por los que engendraron vida, escribieron libros, reunieron bibliotecas.

Río Colorado, 27 de diciembre de 2008.

(Escrito en base a recuerdos personales, a relatos de amigas y amigos aquí citados, a datos aportados por Cuca Andía y por la Introducción a su Antología, a cargo de María Fernanda Santiago Bolaños.)

Héctor Ciocchini. Textos de su última época.



Ilustración: tapa de la Antología de HEC, Linteo Poesía, 1999.








Héctor Ciocchini en dos textos de su última época

Egina


(De: Fragmentos de un Diario. 1995).
…

Marasso siempre decía: “Me combaten y me niegan como poeta por mi culto a Grecia.” No lo comprendía hace más de treinta años. Ahora lo veo claramente. Todo está dado para que la intolerancia en todos sus aspectos haya prosperado en la Argentina.
Pero, en mi viaje, varios acontecimientos prepararon lo que para mí fue una revelación. En el pequeño centro de la ciudad había varias librerías. Mirando en los atriles, vi la obra de Jean Roy, La nuit c’est le manteau des pauvres.
Venía de recorrer los espléndidos restos del templo de Afaia, Coré o Proserpina, la que desaparece. Vi a varios muchachos desnudos en una actitud casi de adoración. El sol de la siesta era tibio como una dulce caricia. Pedí allí por mi hija María Clara.
Luego, al volver a pasar por aquella librería vi la tapa del libro de Jean Roy. Era una niña blanca como una estatua. Era un cuadro de René Magritte. De la sien de aquella niña goteaba la sangre provocada por una herida de bala. Su nombre era Souvenir. El presagio era certero. Desesperado no pude moverme.
Simone Weil decía que la única manera de consolar a los sobrevivientes de los campos de concentración era mostrarles objetos de belleza. Quizá el destino me deparaba esa verdad terrible en un lugar como Grecia. Durante años sufrí en mi cuerpo las torturas que se le infligían. Y luego, el saber de las complicidades que se tramaron para tales hechos fue un motivo desolador. /…/
Sabía que yo no pertenecía a ningún sitio. Que era un ser marginado de la vida, y que pocos podían entenderlo. La hermandad en el dolor es fuerte y rara. El consuelo es animal, pero la herida continúa abierta y sin consuelo. Era inútil decirlo, explicarlo. /…/
Recordaba una frase de una carta de Nietzsche: “¿Qué se ha hecho de las almas grandes y tiernas?” El solitario de Alta Engadina, el lector de Hölderlin daba su respuesta lúcida, aunque no consoladora.



Preparación del Viaje



(De “Los usos de la tierra”, 1999)

Alivia mis dolores, dulce noche,
tierna madre que traes el reparador sueño;
tú preparas mi viaje, esa encendida
llama de amor que me devuelve
a mi origen primero.
Liviano y distraído, fui como un niño
entre sombras y dudas,
en la tierna candidez que creaba
sus dioses y sus héroes.
Como una adolescente, mi alma se despoja
de su túnica, y en su otra mano lleva
el fruto que le entregó la vida.
En semisueño velas por un tránsito
que fue dolor e intenso gozo,
equivocado y solo,
por la selva
que odio y amor estrechan
en durísima fronda.
Unos ojos dulcísimos me aguardan,
los ojos que consuelan y apaciguan,
que el trovador y el místico entrevieron
nimbados de alegría más que humana.
Será dulce dormir en la mirada
de una justicia que es consuelo y gracia.

21-VI-1995.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Héctor Ciocchini en dos poesías

Héctor Ciocchini, en dos de sus poesías

Fue un noble hombre, un maestro afable y certero, un dignísimo poeta. Podía hacerte romper el cascarón tan sólo con una frase que después seguirías pensando durante años – me sucede a mí, que lo veo ahora, presente, que oigo su palabra al pie de la letra, cuarenta años después. Y fue un ciudadano valiente, que se atrevió a testificar contra los asesinos de una generación. .

Hay muchos motivos para recordar a Héctor, y muchos de sus mundos que esperan ser recorridos. Quiero volver un día de estos a hablar de él, como él lo hizo para rendir homenaje a su maestro Arturo Marasso, y como a su vez Marasso lo había hecho con Joaquín V. González. Lo haré, cuando supere la vergüenza, cuando me resigne a dejar de manifiesto lo poco que sé de hombre tan excelente, lo poco que mi ignorancia me permitió comprender de él. Con lucidez, Carlos Penelas me señala un camino en este empeño; él ha retratado al hombre y al poeta con trazos claros y luminosos.

Por hoy, les presento a Héctor Eduardo Ciocchini (La Plata, 1922 – Buenos Aires, 2005) en dos de sus poesías.

Las orillas desiertas
I


Reposa tu cabeza
torturada de sombras y tormentas:
sea la lluvia un saludable olvido
en su morosa destilación
sobre las piedras inmemoriales.
Después de cada viaje
en los recintos ardientes del amor,
en su azaroso olvido,
vuelvo a reconocer mi soledad
como un ciego las piedras de su casa.
Y así en la gruta del deseo,
en donde se repiten los sueños de los padres,
vuelve a llorar una sabiduría
en que sólo se atisba la corriente
de un mar brutal y sordo
que renueva incesante su pasión.

(De: Herbolario, 1982).


A María Clara

Sálvame, martirizada,
de la crueldad del amor, de los seres humanos,
de su feroz herida. Llévame
a la serenidad del canto.
Que mi plegaria sea ponderada, un bálsamo
para mi inquieto corazón.

Tú que sufriste todos los martirios
calma este agudo dolor, la soledad de la edad y de la muerte
asomando sus pies debajo de mis pasos.

Amor que me das muerte
retira la crueldad de tus armas,
cede tu paso al sueño y al reposo.

(De: Homenaje a John Keats y Fragmentos de un Diario, 1995).

martes, 16 de diciembre de 2008

Georges Navel, I. Les presento a un compañero.

Georges Navel, 1904 - 1993.


“El hombre vive de sus manos. La vida es lo que se toca.”(*)

Santos de ninguna iglesia
Georges Navel. Manos, huídas, presencias, trabajos.


Lo nombré días pasados, al comentar el trabajo de los panaderos. Desde ese momento les debo a quienes no lo conozcan una presentación del compañero Georges Navel.

Confesaré un sesgo que es una limitación: no logro ponerme en lector de Navel - frente o contra una página suya. Me siento hermanado con él desde que abrí su libro “Trabajos”. Hermanado en esa cuota de suerte que da la pobreza, cuando la necesidad refuerza la curiosidad, y desde chicos aprendemos oficios y tareas hasta alcanzar una “pobreza experta”.

Obrero y campesino

Navel se presentaba como obrero matricero, aún en tiempos en que ya había motivos para considerarlo escritor. En el trabajo fabril, fue esa la calificación mayor que obtuvo.

Había nacido en 1904, último entre trece hermanos de los que cinco habían muerto al nacer. En su familia lorenesa de campesinos proletarizados los chicos salían pronto a buscar trabajo, y la mamá hacía tareas en el campo.

“Mi madre me tuvo a sus cuarenta y siete años. Siempre la conocí como una madre, como una mujer cuya belleza no cuenta, sino la bondad, el calor, la mano que te alcanza panes con manteca.”…“No sabía leer, pero tenía las manos de todas las madres”. (*) La recordaba en sus encuentros con las otras mujeres, puesta a compartir dolores y a buscar palabras, palabras de ánimo o de resignación. Ella le transmitió saberes campesinos, gestos, amor a la naturaleza.

“Me esforzaba por conocer el lenguaje secreto de la naturaleza. Con los ojos cerrados y el aliento detenido, trataba de unirme al silencio de la piedra, de la savia de los árboles, esperando una iluminación: el conocimiento de la más alta felicidad.” (**)

La búsqueda de la felicidad sería una clave de la persona de Navel y de su trabajo de escritor, anudando vida, política, poética y revolución. Se lucha por un futuro, pero se debe ser feliz hoy.

Su papá, un “patriota, republicano y anticlerical”, fue obrero de un alto horno; terminó viendo su fábrica quebrada, su República amenazada, y sus hijos agotados. “Tenía más de sesenta años. De ellos, cuarenta en la fábrica. Le habían dado una medalla por los 30 años de buenos servicios, pero el capataz todavía le gritaba. Cuando ya no pudo trabajar más, le dieron una pensión que equivalía al precio de un litro de vino o de un atado de cigarrillos por día.” (*)

La niñez de Georges “no fue desafortunada; jamás pasé hambre. Que yo recuerde, ni mi madre ni mi padre me castigaron nunca. Yo sólo sufría verdaderamente en la escuela./…/ Como todos los chicos, tenía tantas cuestiones que debatir, que resolver interiormente… preocupaciones que no estaban en la gramática, la geografía, el cálculo. Los he olvidado, lamentablemente. Habría podido aprender todo eso y aún más, de haber sido de una manera diferente.” (*)

Escuela, fábrica, milicia

Primera huída: a los doce años Navel escapa de esa escuela que siente como un encierro; es una resistencia por la vía de la deserción.

Se emplea a los catorce años en Lyon, como obrero de fábrica. Para entonces “ya tenía mucho leído.” Charlando con los soldados, había aprendido que “la guerra no era problema de Alemania, sino de unos señores gordos que fumaban cigarros, los capitalistas.” (***) En Lyon, con sus hermanos mayores y con los compañeros, conoció el sindicalismo anarquista. Era entre 1918 y 1920: Europa vivía un despertar revolucionario. Asistía a cursos vespertinos, a la Universidad Popular, al Nido Rojo (donde se elaboraban poesías y canciones revolucionarias).

“Fue una iluminación: comprender que el saber y la inteligencia no eran privilegio de los ricos, los bien nacidos. Adherí a esta sociedad de hombres libres y a la causa de la emancipación del género humano.”/…/“El poco dormir, las comidas fugaces, las discusiones y las lecturas me tenían en un estado febril. Estrechaba las manos de compañeros en los mitines, en las reuniones; la mayor cantidad de manos posible. Cada mano, una certidumbre. Fue un invierno sin tristeza. Yo no tenía abrigo, pero si a veces temblaba, era sólo de exaltación.”
(***) La revolución rusa concitaba esperanzas; “todavía no sabíamos lo que empezaban a hacer el gobierno bolchevique y la Checa, también con los anarquistas.”

Luego de 1920, esas noticias, más las diferencias entre vanguardias y los fracasos políticos y gremiales, generan un clima de pesimismo entre los compañeros de Navel.

“Dejé de creer posible la transformación de la sociedad burguesa en una libertaria. Uno se sentía en un mundo sin pies ni cabeza; como si el hombre hubiera sido arrojado a la vida como a un pantano, donde sólo podía subsistir castrando su conciencia y escalpelando su razón.” (*)

En la fábrica, vivió una experiencia de doble faz. Por un lado, descubrió un placer del cuerpo en el esfuerzo: placer que se adquiere con la maestría, con el logro de movimientos perfectos. Como contracara estaba lo que él llamó “la tristeza obrera”: “la tristeza fatal de la gran industria. La marcha matinal de batallones que van hacia la fábrica, contra su muro, hacia su portal.”…“La idea de que vivir es una serie de trabajos alineados, cada mañana lo mismo. Los hombres son los que hacen el trabajo, no debieran ser hechos o deshechos por él.” (**)

Segunda huída de Navel. A los dieciocho años, deja la fábrica. Se propone “ver el país, como un modo de hacer mi bachillerato.”(*)…“Buscaba una vida más plena, en la que dependiera de mis fuerzas y viviera físicamente, en la que todo fuera acción directa, creación.” (**) Por entonces ya “había descubierto, algo tarde, que hay un principio de felicidad en el pensamiento, la meditación, la ensoñación, la reflexión… haga uno lo que haga, si se halla solo y marcha tranquilo.” (*) De modo que “vivía dos vidas a la vez, la vida interior y la vida práctica.”

En su andar por toda Francia, se desempeña como terraplenero en los Alpes, jardinero en Niza, pintor de obra, cosechador de lavanda, de heno, de tilo, de cerezas en el Mediodía; es peón de salina; alterna con temporadas como obrero ajustador en París y Lyon, en las fábricas de autos. Y a la par de todos estos trabajos, va desarrollando su pensamiento, en conversaciones con los compañeros y consigo mismo.

Tercera huída: cuando en 1927 lo declaran apto para el servicio militar, Navel salta los muros del cuartel. Durante cinco años vivirá bajo una falsa identificación. Y como ha empezado a escribir, publica poesías y críticas literarias bajo su nombre ficticio.

Otros compañeros que son hombres de letras (Emile Malespine, Bernard Groethuysen, Jean Paulhan) lo han animado a este nuevo trabajo, y le brindan páginas en sus revistas. En su libro “Pasajes”, Navel va a recordar la primera vez que cada uno de ellos le dio físicamente la mano.

En 1932 asume su identidad, se presenta a las autoridades, y lo sancionan con diez años de cárcel. Luego lo alistan en un regimiento; y después de cinco meses, lo dejan en libertad. Desde entonces iba a vivir en el campo, dedicado a escribir como tarea habitual, que combina con la siembra de papas, la plantación de viñas y nogales, la cría de pollos y conejos, la apicultura. Colabora con diarios y revistas de izquierda; como corrector de imprenta, adquiere un vasto saber gramatical y literario. Ha formado pareja con Marie Ferrari y tiene una hija, Claire “de temperamento feliz.”.

No todas son fugas. En 1936, aunque la República Española todavía no convocaba a voluntarios de otros países, cruza los Pirineos y se une a las milicias anarquistas contra los fascistas en el frente de Aragón. Percibió las limitaciones de estas fuerzas, y previó su derrota militar.

No todas son fugas, no. Bajo la ocupación alemana, trabajó para la Resistencia francesa. Años después, durante la guerra de Argelia, firmó el Manifiesto de los 121, que convocaba a la insumisión frente al gobierno francés: una sola e inolvidable carilla. Cada firmante de ella se arriesgaba al cadalso (1961).

Desde 1942 Navel había retomado lo que llamó “el trabajo de la pluma”, que también le costó fatigas pero con el que logró establecer los hábitos que llevan a sentirse feliz trabajando. En 1945 publicaba su primer libro, “Travaux”, también el más conocido. Por entonces encontró a su pareja definitiva, Denise. Y siguió escribiendo, publicando, enviando cartas que iluminan la tarea del poeta, hasta el día de su muerte en 1993.

Alabado seas, Georges Navel, por tus fugas; alabado seas por tus actos de presencia; alabado seas por tus manos; alabado seas por todos tus trabajos.

(*)Travaux
(**) Chacun son royaume
(***) Passages

Georges Navel, II. Textos, o el trabajo de escribir.


Algunos textos de Georges Navel


Manos

“El hombre vive de sus manos. La vida es lo que se toca.” (*)

La fábrica

“Fue con temor que entré por primera vez en la gran nave de la fábrica Citröen de Saint Ouen. Al entrar en este barullo formidable, me decía: Viejo, vas a sufrir acá. ¿Cómo vas a aguantar en este estrépito?

Veía a los demás, ante todo los matriceros, cuyo trabajo exige calma y concentración. Ante grandes mármoles, posaban el trusquín, trazaban una línea, luego se hacían un poco atrás para mirar de nuevo los diseños en las grandes hojas azules, una línea nueva para trasladar. Hacer esto en medio del estruendo me parecía un desafío, me asombraba que una nave tan bullente, tan agitada, pudiese ser un taller. ¿Cómo hacían los matriceros, los torneros, los rectificadores, para no perder el norte? /…/

Todo el espacio, desde el suelo hasta el techo de la galería, estaba cortajeado, surcado, ocupado por el movimiento de las máquinas. Los puentes rodantes corrían por sobre los fijos. En el piso, sobre caminos estrechos, circulaban en congestión carritos eléctricos. No había lugar para fumar. En el fondo de la nave, prensas colosales daban forma a los largueros, los capots, los costados, con un sonido de explosiones. /…/

Los coches de un modelo nuevo no habían salido en la fecha prevista. Esto suponía una gran pérdida para la Citröen. /…/ Se ganaba tiempo, pero se lo perdía para esperar la amoladora, la perforadora, el puente rodante. Estos huecos en la organización de una fábrica que pasaba por funcionar a la americana, para nosotros significaban fatiga.

Más que la insistencia de los jefes, el enorme tam tam de las máquinas aceleraba nuestros movimientos, tensionaba nuestros movimientos, tensionaba nuestra voluntad de ser rápidos. /…/ Afuera, la fábrica me seguía; había entrado en mí; en mis sueños, yo era máquina. Toda la tierra no era sino una inmensa máquina, y yo me había transformado en un engranaje.” (*)

Apicultura

“Hablan de que en la colmena hay una reina; pero nadie ha sabido que esa abeja esté dando órdenes o estableciendo leyes. En realidad, debiera decirse la Abeja Madre.” (**)

La tierra canta

“No hay terraplenero que no se regocije cuando lanza la palada. De la repetición del mismo esfuerzo nace un ritmo, una cadencia en la que el cuerpo encuentra su plenitud. Antes de la fatiga, si la tierra es buena se desliza bien, canta sobre la pala; hay por lo menos una hora en la jornada durante la que el cuerpo es feliz.”… “Se trata de que uno esté siempre conciente: del momento, de las cosas, del gesto.” (*)

Otra tierra

“La tierra de París no tiene olor.” (*)

El tiempo de las cerezas

“¿Por qué uno viene a la cosecha? Pagan poco en la cereza. Fidelidad a la estación… Es un encuentro con antiguas felicidades: un olor de heno, la luz de mayo, ensoñaciones. Conocí a un viejo panadero que, desde hacía veinticinco años, cuando llegaba la temporada dejaba la artesa y venía a fin de abril. Uno se siente cambiado, la piel se endurece, no es tan sensible, sufre menos el clima. Después se siente un nuevo toque de frescura, alcanzado por gracia. Un año yo volví por un aroma de retama, o por haber visto en un camino a un campesino bajo un gran paraguas azul, una mañana de lluvia fina de mayo. No se sabe por qué se vuelve. Comer cerezas hasta hartarse… Se cuentan los años, uno sabe que ha vivido una primavera más, se ha sentido sobre la tierra cuando retornó el mes de mayo. Es una fiesta que se da el trabajador temporario, cosechando primavera durante un buen mes. No se siente en ningún lado tan bien como encaramado a un cerezo, con los pies descalzos sobre las ramas, la espalda desnuda al viento, un hombro al sol y otro a la sombra, realmente en Provenza. Las escaleras le dan al cosechero una flexibilidad de gimnasta. Posado en tierra para cosechar las ramas bajas, siente la hierba en los pies desnudos. El invierno había dejado en los grandes zapatos un cadáver, un hombre blanco que andaba sin placer. En las cerezas uno se vuelve negro, gitano, con los riñones felices al caminar. Y no sólo los riñones: cada fibra, cada músculo hace su juego. Hacía tiempo que no se respiraba sino de un modo neutro, como cuando uno duerme. Nuevamente se respira con nariz de perro; no se respira, se bebe el aire en pequeñas copas y a grandes tragos por las fosas nasales. Son tantos los momentos en que uno se siente vivo, despierto al mundo…” (*)

(Será quizás por pensamientos como este que la canción de la izquierda francesa es "Le temps des cerises"?)

Programa

“Me propuse eliminar la imagen vaga que se tenía del obrero.”

Inspiración, método, escritura. Estado estético, locura a voluntad.

“No sé si esta pequeña iluminación de un breve retorno de la memoria de lo más vívidamente vivido reencontrará su camino o su encrucijada. He encontrado o practicado una especie de método favorable a una especie de permanencia del estado o de los poderes de la inspiración, estado fugitivo que conozco, pero raramente, por instantes, de tanto en tanto. A diferencia de la mínima inspiración fugitiva, o estado de vivo despertar, que luego demanda trabajar en frío de manera más o menos prolongada, busco un flujo constante que no me plantee esa exigencia. No lo consigo siempre, pero no hay trabajo en frío. Lo torrencial de ese flujo me incomoda, me siento diferente de como soy por lo común, demasiado invadido por la abundancia de recursos interiores de los que hasta ese momento venía sintiendo la carencia, salvo por breves momentos. Es demasiado, demasiado. En el momento mismo en que me ponía a plantar unas papas, tuve que dejar la tarea para venir a la mesa. Remitido a un momento de la infancia, creía vivir el tiempo como lo vivía mi madre, nos confundíamos, yo estaba allá. Escribí algunas pequeñas simplezas, poemas cortos, expresiones del momento. La fiesta se prolongaba, la ola no se retiraba sin dejar nada. Lo muy vívido no tenía aún voz. Había alcanzado ese estado en una mañana /…/ sin droga, sin alcohol, sin movimiento /… / sino bajo el efecto de los medios probados de pequeña felicidad. Esta atención absoluta, maníaca, voluntaria a los gestos y las percepciones, este poder de evocación y comprensión… Pareciera que este género de fenómeno se llama “estado estético” … Un estado de dulce locura, nada inquietante, que yo había esperado y provocado.”/ …/Confiaba hallar una maestría de los recursos del espíritu tal que me permitiera volverme loco a voluntad. /…/ Sin este pasaje por la experimentación de un retorno al mundo como cosa nueva, sin la parte de chifladura que entraba en esta experiencia, jamás habría escritos ciertas páginas sobre las cosas del trabajo. La prosa, la escritura recitante, no moviliza la inspiración de la misma manera o con la misma intensidad que lo que llaman poesía, eso otro indefinible.” (***)

Poesía y cancionero popular

“Como hacen los editores grandes, que de vez en cuando publican una obra excelente que no tiene muchos lectores, debieran hacer los editores de discos exitosos, de canciones, asumiendo la publicación de colecciones de poesía. No lo diría con total certeza, pero me atrevo a imaginar que sin la “poesía grande”, la canción popular que hasta el menos lumbrera escucha, sería casi muda o muy inferior. Aunque desconozco al autor, cuando escucho la canción “Llueve sobre la ruta”, diría que la canción y el tema hallan su origen en Verlaine: “Llora mi corazón como llueve sobre la ciudad”. (****)

(*) Travaux, Paris, 1946.
(**) De sus cuadernos de apicultura.
(***) Cartas al poeta Claude Kotelanne. Pág. 2, Meudon, 9 de mayo de 1967. En: A contretemps, nro. 14-15, décembre 2003.
(****) Ibid. Laval d’Aix, 28 février 1972. pág. 8.

sábado, 13 de diciembre de 2008

Arte y esfuerzo de la galleta, I



En la foto, la bandeja con la masa para las galletas, a punto de ser
puesta en la cámara para leudar



Arte y esfuerzo de la galleta, I


Valga este madrugón que hoy me infligí, y valga este texto, para poner en palabras un arte y un oficio en trance de perderse; y para pensar en lo que significa para quien lo ejerce.

Se trata no sólo o no tanto de sentirse rescatador de algo; sino tan sólo de observar una tarea que, a pesar de su relativa modernización, pareciera seguir teniendo rasgos propios de los trabajos creativos tradicionales (esos que vienen desde el Neolítico). Una labor que supone sentido del tiempo, decisiones individuales, destreza, asignación de forma; y que recoge la herencia de diseños probados en una dilatada tradición.

Un nudo marinero dista de ser lo mismo que un adhesivo vinílico; comporta un acopio particular de antiguos significados, da pie a una especial diversidad de lecturas. Algo parecido, creo, sucede con la elaboración de estas formas de pan tradicionales y con formatos diversificados; nos reitera un mensaje de sentidos que es otro disfrute, aunado al sabor del pan mismo. Y hablando de sabor, no olvidemos que nuestro vocablo “saber” viene del latino “sapere”… que no es ni más ni menos que paladear. ¿Habrá paladar más regalado que el de quien puede disfrutar a la vez de los sabores materiales y también de los otros, los que remiten a una historia de símbolos? ¿Será por eso que el buen vino y las bebidas nobles se disfrutan doblemente?

(Fui esta mañana a observar lo que hacen los panaderos en la cuadra, pensando que acaso este trabajo fuera menos alienante que el común de ellos. Ahora no sé si es tan así. De ahí las idas y vueltas que ocupan los últimos párrafos de la parte II de este texto.)

Ha sido en la panadería Mar y Sol, de Víctor Klein, donde asistí a la gestación de la galleta de campo. Es un fruto de horno cada vez menos frecuente en nuestro país, salvo en zonas de población rural relativamente numerosa. Se la compra para llevar al campo en lugar de pan, porque está hecha de tal modo que al cabo de unos días se transforma en una especie de bizcocho aireado, suave y seco. Los consumidores la llevan en cantidad (una bolsa cada varios días). Para acompañar un trozo de jugosa carne asada, no se ha inventado mejor especie de “empanaje”, como decían antes.

En los pueblos donde se sigue elaborando galleta de campo (que para la Real Academia es “galleta maría”), la gente se pasa el dato acerca del lugar donde mejor la hacen. Aquí en Río Colorado mencionan la panadería de Klein (otros la del vasco Azanza; otros, la de Nito López). Klein logra una masa liviana, aérea y hojaldrada, que resulta irresistible, ya sea calentita, apenas sacada del horno, o cuando se seca y se transforma en leve y crujiente bizcocho.

Hoy a partir de las 4.30 de la mañana pude asistir al secreto de la preparación de esa masa, que culmina en su hojaldrado. Es alquimia. La maravilla reiterada del tiempo, que obra como ingrediente fundamental para las masas.(Esto último suena a pensamiento político; quizás lo sea).

Víctor Klein está acompañado en la tarea por Sergio Wolf. Los movimientos de ambos parecen responder a una partitura silenciosa. Son como pasos de baile cuidadosamente pautados, en los que no se pierde ni un segundo; no se rozan una sola vez, no se superponen gestos ni se entrechocan a la pasada.

Me dice Víctor que la masa básica para la galleta es la misma del pan. Sólo que los tiempos de elaboración son distintos. La protomasa espera unos 45 minutos más en la amasadora, mientras los muchachos se dedican a sobar, dar corte y forma a los flautines y felipes en crudo, hasta que quedan listos, tapados, esperando a que se los introduzca en la cámara de ambiente tibio donde van a leudar, al abrigo de cualquier cambio de aire.

Ahora le toca el turno a la masa que quedó esperando, para que con ella se preparen dos tipos de galleta: la “trincha”, que como su nombre lo indica es un tipo de trenza con ocho orejas infladas; y la que vinimos a homenajear, la clásica “galleta de campo”.

Durante un buen rato la pasta será trabajada por la amasadora, con agua fría (para que la levadura no comience a actuar antes de tiempo); se le agrega otro poco de harina, que ayudará a formar el hojaldre.

Una vez hecha, la masa de las galletas se extrae de la máquina. Víctor la distribuye en cuatro grandes tortones. Sergio los lleva, uno por uno, a la sobadora, donde los hace pasar y repasar. El ritmo de la máquina no permite distracción. Allí se transforman los tortones en una especie de gruesa manta de masa, doblada sobre sí misma, una y otra vez. Cuando el panadero se da por conforme, lleva esa manta blanca a la mesa de trabajo, y recomienza con otra. Así hasta terminar con los tortones.

Acto seguido, el corte. Con un molde pequeño se cortan redondeles de esa gruesa man-ta. Los redondeles se adhieren sin agregado alguno entre sí, en filas de a cuatro; cada una de ellas formará más tarde cada una trincha. Después. con un molde de mayor diámetro se cortan otros redondeles, y se los adosa de dos en dos para formar la galleta de campo.

Hecho esto, se tapan también estas masas con liencillos, como ya se ha tapado a las anteriores. Todas las masas, desde los flautines hasta estas últimas, están aguardando un nuevo paso, que consiste en introducir la torre de bandejas en una cámara cerrada en la que hay un pequeño calefactor encendido. Allí comienza el proceso de leudado.

Mientras eso sucede, nos vamos a casa a tomar un café. Volveremos a la cuadra a eso de las 7.30, para presenciar la puesta en horno de la trincha. Y otra vez a eso de las 9, para la puesta en horno de la galleta de campo.

Panadero de símbolos, durante estos intervalos trato de amasar un texto que acompañe a las fotos, que describa esta especie artística en extinción, para dejarlo leudar y luego ponerlo en el horno – y finalmente para servírselo a los amigos que esto leen, en el lustroso mostrador del blog.

viernes, 12 de diciembre de 2008

El arte de la galleta, II


Espiamos en el horno: la galleta de campo ya se está dorando.


Arte y esfuerzo de la galleta, II

Vuelvo a la cuadra (inmaculada como un quirófano) a las 7.30; los maestros ya están llevando al horno los flautines y felipes. El proceso de cocción dura entre 40 y 45 minutos. La regulación del horno automático es perfecta; comienza humectando la superficie de los panes, para que puedan crecer, sin que se les forme una corteza demasiado dura desde un comienzo. Luego va siguiendo una programación estricta, que permite lograr panes dorados, esponjosos y perfectamente cocinados.

Un rato más tarde, Víctor y Sergio colocan las masas para galletas en otro horno, a medias manual. Las ubican en hilera sobre una larga pala, y allí van al interior del espacio de hornear.

Tanto los flautines, como las trinchas, como las galletas, pasan por un momento fundamental en este proceso artesanal: el corte de piel. Es un tajo en la faz de lo que será cada producto; permite que durante la cocción, cuando la expansión de la masa prosigue y culmina, el pan o la galleta vaya aumentando de manera prolija y armoniosa.

Ese corte ha perdido algo con la modernización. Hasta mediados del siglo XX, se lo solía hacer en cruz o recordando alguna letra. Ahora es una simple incisión recta; la organización para el ahorro del tiempo y del trabajo habrá contribuido a este cambio, desacralizando un gesto antiguo.

Me parece que ha pasado muy poco tiempo cuando Klein me invita a mirar y fotografiar el interior del horno: las galletas de campo ya están dorándose.

Insisto, esto es un milagro. Tan reiterado, que hemos dejado de percibirlo. De un montoncito de harina y agua, hemos llegado a esta forma esférica, esta pompa de buen alimento, tan dorada y leve. Quién descubrió esta misteriosa operación de la levadura; quién estableció esta forma, esta esfera dorada en la que concluye una cocción…

Víctor me cuenta que llegó a Río Colorado con su familia cuando era chico. Que en la Escuela 91 tuvo que soportar esas agresiones racistas con que se vejaba, entre otros, a los “rusitos”. Que un buen día se cansó y decidió buscar trabajo. Y lo encontró – primero en la Cooperativa de Panificación de Villa Mitre, y después, durante muchos años, en la panadería de Azanza. Hasta que un día pudo tener su propia empresa, y se despidió de esta última panadería, sin pretender siquiera una indemnización.

En un tiempo fui empleado de banco. Esa actividad me permitió conocer a distintas personas en distintos trabajos. Entonces vi cómo cada trabajo produce a quien lo practica, genera una actitud particular. Los panaderos que conozco son por lo general de conducta límpida, sin trampas; cuidadosos y mesurados. Por lo general, no se enriquecen con su actividad. Van viviendo y logrando lo necesario, nada más. Estas personas con quienes hoy estuve confirman esa apreciación.

En cuanto al grado de alienación o de placer que conlleva este trabajo, pude observar por una parte ese ritmo exigido, que no deja espacio para un instante de distracción. Para cada minuto hay una tarea que hacer. Y las máquinas contribuyen a marcar ese compás. Como ya lo observaba Georges Navel "más que la insistencia de jefes o gerentes, el tom tom de las máquinas acelera nuestros movimientos." Sólo que en su libro "Trabajos", él se refería a la fábrica Citröen; en cambio nosotros estamos en un ámbito que supuestamente guarda aún algo de artesanal, de pequeño taller. La presión no pareciera ser menor, sin embargo.

De todos modos, se nota en algunos momentos la satisfacción por la tarea. Volviendo a Georges Navel, "el oficio no es tonto ni embrutecedor. Hay que trabajar en flexibilidad, vigilar los movimientos"... Él se refería al trabajo de pala y pico, y concluía "no hay cavador que no se regocije al arrojar una buena palada."

Entre la fatiga y el control extremado de los movimientos, entre la disciplina de la tarea y el placer de ejecutarla, está lo tópico y lo utópico de este trabajo.

...

Vayan algunos datos para concluir esta comunicación. El significado originario de “galleta” habría sido “guijarro” – algo así como un canto rodado. La relación se debe a la forma redondeada del producto.

El término apareció en la España del siglo XVIII: provenía del francés “galett”. Pero la galette francesa es un pastel redondo de poco espesor, o una crêpe hecha con trigo sarraceno. Nuestro guijarro es en cambio monumental, un globo de aire y hojaldre. En cuanto a la palabra misma, galette es diminutivo de un diminutivo: galette <<>cal piedra.
...
En trabajos como el de artesano panadero, en el manejo de los nudos, en los juegos tradicionales y la literatura oral, hay quizás más de lo que se ve, más de lo que puede narrarse en un manual o puede hacer un aparato. Cuántos sentidos y misterios transmite la rayuela, o insinúa y vela una ronda tradicional, un cuento folklórico “infantil”… De todos modos, espero que más pronto que tarde alguien esté demostrando que los juegos de computadora, o los juegos en red, o ciertas películas y series, reiteran las estructuras simbólicas de los juegos iniciáticos y de los cuentos de desvelamiento.

Mientras tanto, sirva esto como un alegato para fomentar el consumo de galleta de campo. Me dice Víctor que, debido la sequía que se ha producido en esta región, con la consiguiente liquidación de vacunos y el abandono de campos, el consumo ha disminuido a la mitad.

Mientras miro al interior del horno, donde se están dorando las enormes galletas, escuchamos el cantar de una lluvia abundante, que por fin se decidió a venir. Buen presagio.
...



martes, 9 de diciembre de 2008

Palabras de amor. La última carta de Nicola Sacco contra algunas mentiras.


(Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti durante la parodia de juicio.)



Palabras de amor. La última carta de Nicola Sacco a su hijo Dante.

Karol Woijtyla, llamado luego Juan Pablo II, postuló en alguno de sus documentos una “civilización del amor”. Bella consigna por cierto, que a uno le suena a trovador provenzal – alguno de aquellos cantores de un país que fue asolado por una Cruzada ordenada por un Papa antecesor del propio Woijtyla, genocidio y culturicidio del cual nadie en la Iglesia Católica se ha arrepentido hasta hoy.

Este cura Woijtyla mentía, en un intento de hallar una coartada para encubrir la complicidad de la dominación de la Iglesia con las demás dominaciones. La verdadera y férrea consigna es “Ama a tu patrón más que a ti mismo, pero no ames al compañero que viene a proponerte rebeldía”.

La bella consigna de "la civilización del amor", poco tiene que ver con la ideología y la práctica del propio Woijtyla y de su inmediato sucesor, el ex integrante de las Juventudes Hitlerianas, a las que nunca renunció, Joseph Ratzinger, llamado Benedicto XVI. (¿Alguien vio la carta de renuncia? ¿Alguien ha escuchado que este blanquísimo cura haya dicho que le erró y haya pedido disculpas? Sólo nos quedan las fotos de él levantando la mano derecha. ¿Era para pedir una hostia?)

Una muy buena idea, esa de la civilización del amor. Como para preguntarse: ¿quiénes constituyen y forman la verdadera civilización del amor, civilización a la vez utópica y venidera? ¿En qué actos, en qué palabras la fundan?

Mi parecer es que sólo aquella/aquel que juega su cuerpo, su nombre y su recuerdo a la revolución, es capaz de pronunciar verdaderas palabras de amor. No son pues palabras de amor las de Ratzinger, ni las de quienes lo adoptan como guía. “Un ciego sólo puede guiar a los otros ciegos al abismo.” No son palabras de amor las que se pronuncian en las telenovelas, ni las de estos falsos profetas. Todas ellas están tasadas, a tantos pesos por vocablo exitoso, por punto de rating, o por colecta conseguida.
…

El 23 de agosto de 1927, el obrero inmigrante italiano Nicola Sacco y su compañero Bartolomeo Vanzetti fueron electrocutados en la prisión estatal de Charlestown, en el Estado muy blanco anglosajón, garantista, progre y demás, de Massachussets. Se los había acusado de haber asesinado a un pagador y a un sereno para robar la caja de sueldos de una empresa en ese mismo Estado.

Ya por entonces habían aparecido muchos indicios de que los dos condenados no eran autores de esos asesinatos. Se comprobó que jamás habían matado a nadie. Pero se los juzgaba y condenaba, en realidad, por ser activistas de un movimiento de trabajadores contestatario, y por haber luchado contra las patronales explotadoras.

Para ver de qué lado están las letras del amor, y si es del mismo lado que las letras de la verdadera justicia, los invito a leer algunos textos contrapuestos: un considerando de la sentencia que dictó el inicuo juez Thayer en 1926 contra la vida de estos hombres (una frase en la que el juez establece dónde está la moral, y cómo, para él y su clase, lo revolucionario es inmoral); el mensaje de este mismo juez a uno de sus amigos; la única frase que nos queda de Celestino Madeiros, ejecutado por crímenes comunes junto a Sacco y Vanzetti; las palabras de Bartolomeo Vanzetti en los instantes anteriores a su ejecución en la silla eléctrica; y el texto de la última carta de Nicola Sacco, dirigida a su hijo Dante.


Un considerando de la sentencia dictada por el juez Thayer


“Aunque el reo pueda no haber cometido el crimen que se le imputa, es culpable sin duda desde un punto de vista moral, porque es enemigo de las instituciones vigentes.”


El mismo juez Thayer le comenta su sentencia a un amigo


“¿Viste lo que les hice a esos cabrones anarquistas el otro día?”



Habla el “delincuente común” Celestino Madeiros


Esto dice, luego de auto inculparse por los asesinatos falsamente atribuidos a Sacco y Vanzetti

“¿No ven que estos no pueden haber matado a nadie? Vi venir a la mujer de Sacco con los chicos, y me dio pena por los chicos.”


Ultimas palabras de Bartolomeo Vanzetti, al pie de la silla eléctrica.


“Quiero deciros que soy un hombre inocente. Nunca he cometido un delito, aunque sí a veces algún pecado. Soy inocente de todo delito. No sólo de este, sino de todos. Soy un hombre inocente. Quiero perdonar a algunas personas por lo que ahora me están haciendo.” (Bartolomeo Vanzetti tenía 49 años de edad).


Carta de Nicola Sacco a su hijo Dante
(18 de agosto de 1927).

Mi querido hijo y compañero:

“He tenido siempre la idea de escribirte esta carta, pero la huelga de hambre y el pensamiento de que tal vez no lograra explicarme bien me han hecho retrasarla todo este tiempo. /…/

Si no ocurre nada entre el viernes y el lunes, nos electrocutarán el 22 de agosto… Por lo tanto, aquí estoy contigo lleno de cariño y con el corazón abierto, como he estado siempre en el pasado. /…/

Creo que nuestro afecto recíproco es hoy más profundo que en cualquier otro momento, pues no sólo es muy grande, sino que se puede comprobar el amor fraterno no solamente en la alegría, sino también en la lucha y en el sufrimiento. Recuerda esto, Dante. Hemos demostrado esto y, modestia aparte, estamos orgullosos de ello. /…/

Lo que voy a decirte ahora te va a conmover, pero no llores, Dante, porque se han derramado muchas lágrimas en vano, y tu madre ha llorado durante siete años sin que sirviera para nada. Así que, hijo mío, en lugar de llorar, sé fuerte para poder consolar a tu madre, y cuando quieras distraerla de su desaliento, te diré lo que yo solía hacer. La llevaba a dar un largo paseo por el campo, a recoger flores silvestres de aquí y de allá, y a descansar a la sombra de los árboles, en medio de la armonía de los riachuelos alegres y la suave tranquilidad de la madre naturaleza, y estoy seguro de que a ella le gustará mucho que lo hagas, y tú te sentirás feliz con ello.

Pero recuerda siempre, Dante, que en el juego de la felicidad no tienes que usarla para ti solo, sino mirar un paso detrás de ti. Ayuda a los débiles que piden ayuda, ayuda a los perseguidos y a las víctimas, porque ellos son tus mejores amigos; son los camaradas que luchan y caen, como cayeron ayer tu padre y Bartolo por la conquista de la alegría, de la libertad para todos los pobres trabajadores. En esta lucha por la vida encontrarás más amor y serás amado.

Lo que tu madre me ha contado que decías durante esos días terribles en que estaba en la celda de los condenados, en ese lugar inicuo, me ha dado una gran alegría, porque me demostraba que serás el muchacho querido con el que siempre he soñado.

Por lo tanto, suceda lo qué suceda mañana, cosa que nadie sabe, si nos matan no debes olvidar mirar a tus amigos y camaradas con la misma sonrisa de gratitud con que miras a los seres queridos, pues ellos te quieren del mismo modo que quieren a todo camarada perseguido que ha caído. Y esto te lo dice tu padre, que te ha dado la vida, tu padre que te ha querido y los ha visto y que conoce la nobleza de su fe (que es la mía) y el gran sacrificio que siguen haciendo por nuestra libertad; pues he luchado con ellos y son los que tienen aún nuestra última esperanza y hoy pueden todavía salvarnos de la silla eléctrica; es la última lucha entre los ricos y los pobres por la seguridad y la libertad. Hijo, quiero que comprendas en el futuro esta inquietud y esta lucha a vida o muerte.

/…/ Dante, pueden crucificar hoy nuestros cuerpos, como lo están haciendo, pero no pueden destruir nuestras ideas, que servirán para los jóvenes que vengan después.

Dante, cuando antes he dicho tres seres humanos enterrados, quise decir que con nosotros hay otro joven que se llama Celestino Madeiros, al que van a electrocutar al mismo tiempo que a nosotros. Ha estado ya dos veces antes en esa horrible celda de los condenados, que deberían destruir las piquetas del verdadero progreso, esa horrible celda que será para siempre la vergüenza de los ciudadanos de Massachusetts. Deberían destruir el edificio y levantar una fábrica o una escuela para enseñar a muchos de los cientos de huérfanos pobres del mundo.

Te pido una vez más que quieras a tu madre y estés cerca de ella y de los seres queridos en estos días; estoy seguro de que con la ayuda de tu valor y de tu bondad sentirán menos la pena. Y tampoco olvidarás, hijito mío, quererme a mi también un poco, puesto que pienso tanto y tan a menudo en ti.

Saludos fraternales a todos los seres queridos; muchos besos a tu pequeña Inés y a tu madre. Para ti, un abrazo de todo corazón.

Tu padre y compañero

(Al escribir esta carta, Nicola Sacco tenía 36 años de edad).
…


Nota (1): a pesar de múltiples pedidos, reclamos y presentaciones probatorias, el Estado de Massachussets tardó 50 años, hasta 1977, para revisar los veredictos contra Sacco y Vanzetti. Quizás los que deciden estas cosas siguieran creyendo que se había hecho lo correcto. El gobernador George Dukakis (aquel demócrata que según Al Gore era“demasiado partidario de las libertades”; aquel mismo que perdió la presidencial de 1988 frente a Bush padre) exculpó a Nicola y Bartolomeo precisamente el 23 de agosto de 1977. Nótese que el autor de la medida fue el Gobernador, y no algún tribunal de aquel Estado.


Crímenes de Estado y de sistema, como este, ayudan a entender por qué palabras como activista, anarquista, comunista, socialista, son tabú en los Estados Unidos, y suscitan tanto rechazo como aprensión. Es que el látigo instruye.

Pero se comienza a vencer al látigo a partir del momento en que nos autorizamos todas las palabras. Más aún si son palabras de amor. Es decir, palabras de revolución.

Nota (2): Hermoso modo de dirigirse a un hijo o a un padre, ese de llamarlo también "compañero". Hermosa palabra esa, que no debiéramos dejar que nos expropien para usarla mal: compañero, el que comparte con nosotros el pan. No utiliza ese vocablo ninguno de los Papas que se han mencionado aquí. Es otra pista para detectar dónde se construye de veras la Civilización del Amor.




martes, 2 de diciembre de 2008

Poesía. Las Piedras, el Agua.


Con esta poesía se inicia el libro "Las Piedras, el Agua". Está completo en el blog http://laspiedraselagua.blogspot.com/


El agua es piedra


Maduras
las montañas se desgarran
prorrumpen
en historias y espumas:

una hecatombe de corderos blancos
sucede en los raudales
sin retorno.

Fastos
del parricidio
del comienzo:

castrados cesan
los dioses de lo Mismo.


Por eso
el agua es piedra
que eligió transcurrir,

por eso
canta.