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jueves, 5 de febrero de 2009

Revancha y derrota de Luis Parodi

Luis Parodi. Foto de 1945.

Antefuturos

Revancha y derrota de Luis Parodi

De mi abuelo materno Luis Parodi no tengo recuerdos personales. Llegamos a tocarnos, él me conoció, pero se murió cuando yo era muy chico. Lo admiro y amo por lo que luego he averiguado de él: su porfiada adhesión a la vida, pese a los padeceres y las tristezas.

Había nacido en Pontedecimo, un borgo residencial al norte de Génova, en 1887. El lugar se llama así desde hace más de dos mil años, cuando los romanos construyeron un puente, justo en la décima milla contada desde Génova hacia el Norte. El apellido no era muy original: hay cientos de Parodis en esa región, y decenas en la Argentina. En fin, siempre procedemos de alguna tribu.

(En Pontedecimo había estado Juan Bautista Alberdi en 1843, invitado a la casa de sus parientes, los Barabino. El autor de la Constitución y los minués logió la belleza del lugar, el verdor de bosques y plantíos logrado a fuerza de trabajo contra la aridez natural, los caminos parejos y limpios. Los parientes le cebaron mate con una yerba que habían hecho traer desde el Paraguay.)

La familia de Luis era relativamente rica. Vivían envueltos en música. Él tocaba el clarinete en la banda escolar, leía partituras, iba con sus padres en carruaje a la ópera de Génova. Estaba de moda Mascagni (Cavalleria Rusticana), y comenzaban a escucharse las discutidas melodías del joven Giacomo Puccini – un Piazzolla de entonces.

Algo sucedió después que dejó a los Parodi en una pobreza extrema; quizás la catastrófica crisis económica de la década de 1890.
No se trata de esa pobreza en la que yo crecí, en la que Charles Péguy era experto, en la que uno se puede hacer experto, instalarse y vivir momentos de alegría. Sino de esa que sobreviene, como una privación y otra, parecida a una inundación que no deja de crecer y sumir; y frente a la cual sentimos que todavía no hay saber, no hay saber posible.

Lo más triste está en los detalles. No vivimos “la pobreza”, sino los golpes concretos que nos laceran. Una hermana querida de Luis se murió “de tristeza y consunción”. Llamaban consunción al hambre y al sufrimiento por el frío extremo. Uno moría “consumido” por la pobreza. Y la tristeza. Las amigas de la joven habían dejado de tratar con ella.

Luis trajo bellas canciones e historias de Génova. Contaba que en los días de verano, los chicos se zambullían en el mar Ligur, en el puerto. Sacaban a flor de agua y mostraban entre los dientes las monedas que arrojaban los turistas desde los barcos. Él era un buen nadador; quizás alguna vez lo haya hecho. También contaba cómo las mujeres que vivían cerca del mar se lavaban los cabellos en el agua salada y cristalina, una y otra vez. Por eso, decía, las genovesas tienen ese pelo rubio cobrizo.

Pero él se vino a vivir a un lugar sin mar, sin bellos jardines, sin ópera, sin puentes ni ríos ni colinas.

En 1908 emprendió el viaje hacia la Argentina, junto con un hermano menor. Deprimido, este hermano se mató de un escopetazo en Río de Janeiro. Luis, que tenía veinte años, siguió viaje. Desembarcó en Buenos Aires y trabajó en todo lo que se daba, hasta lograr empleo estable como mayoral de tranvía. Un buen día se enteró de que en un pueblito, Juárez, buscaban empleados para un molino. Allá se fue.

Como en otros lugares del interior, en Benito Juárez se hacía la molienda del trigo de la región. Hoy muchos de esos molinos están abandonados. Pero en aquellos años los dueños de la empresa harinera querían comenzar a fabricar fideos; y para eso fue contratado Luis Parodi. Durante el resto de su existencia sería fideero.

Quedan hilachas de memoria de sus inicios en Juárez. Lo invitaron a un asado que terminó en trifulca, y él escribió una crónica versificada de los hechos en su trabajoso castellano. Mi abuela Violante recitaba cuatro de esos versos: “Batifondo y confusión/ por parte de los más bravos./ Yo, parado en un rincón/ hacía el papel del pavo.” Dos generaciones rieron con estos versos.

Se afilió al Partido Socialista. Tenía sólo dos sillas en su pieza, pero llevó una como donación para el partido.

En 1918 se casó con mi abuela María Angela Violante Fontana, a quien llamaban Viola. Hija del finado Santos Fontana, Viola era muy lectora y amante de la música. Tuvo que dedicarse a la costura desde adolescente (se decía “coser para afuera”), y se quedó con las ganas de ser maestra. Creaba sus propios modelos, diseñaba los moldes de prendas originales y elegantes. Pero añoraba el magisterio, y nos tomó a sus nietos como alumnos, en una escuela universal que funcionaba en la cocina de su casa. Su programa incluía música y recitados de poesía, aunque el chico tuviera sólo cuatro o cinco años. Y también lecciones de cocina, huerta, herboristería, historia de Italia, efemérides argentinas, y cuanto pudiera presentarse.

Don Luis seguía siendo un convencido socialista. Cuando nació su primer hijo, en los épicos tiempos iniciales de la revolución bolchevique, quiso llamarlo Lenin Parodi. El jefe del registro civil de Juárez se negó; y mi tío pasó a llamarse Amílcar. Después sería un porfiado conservador. Me pregunto qué habría hecho de haberse llamado Lenin.

Mi abuelo llegó a ser el maestro fideero de la fábrica, con un buen sueldo. Una decisión suya lo pinta de cuerpo entero: se trajo la primera radio que hubo en Juárez, costosa y enorme como una catedral gótica, para escuchar la ópera del Teatro Colón. Se compró también la primera victrola del pueblo. Y desde siempre tenía su guitarra, con la que se acompañaba para cantar en xeneixe. Fue amigo personal del famoso tenor Beniamino Gigli, que eligió el piano que compraría don Luis para la casa. Si quieren oír cómo cantaba Beniamino...

Sus hijos lo recuerdan trabajando en el patio de la casa que se había construido. Tenía allí un pequeño parque con frutales y flores de toda clase, como los que había descripto Alberdi. Pasaba los ratos libres pintando tutores con prolijas franjas blancas y rojas, plantando y abonando los arbolitos que se hacía traer desde la capital.

Viajaba al menos una vez por año a Buenos Aires para asistir a la temporada lírica. Era amigo de una familia de genovesas que revistaban en los coros del Colón. Sus dos hijas tuvieron nombres vinculados a la ópera y al arte. Lily, la menor, se llamó así por la Pons; Fanny, por la desenfadada Fanny Brice, cantante de temas tan exitosos como My Man (1920) y una de las primeras divas del cine móvil. Mi abuela miraba de reojo estas preferencias de su marido.

Parecía haber ganado una revancha. Había recuperado la música, el verdor, cierta belleza en su vida. En los veranos recuperaba también el mar, cuando iba con familia y parientes en una caravana de dos o tres autos hasta Mar del Plata.

Las preferencias políticas de don Luis cambiaron cuando Mussolini llegó al poder y empezó a realizar obras que resolvían viejos problemas de Italia. Ese Duce tan eficaz, también un antiguo socialista, le devolvía su orgullo de ser italiano.

Esto lo llevó a nuevas decepciones y tristezas. Mussolini se mostró más y más autoritario, se asoció a Hitler, y metió a Italia en una guerra larga y desastrosa. Las noticias de las miserias del fin de la guerra le recordaron a don Luis sus tiempos de joven en Génova. Para colmo, el Mariscal Badoglio y el Rey parecieron retomar el poder; la democracia cristiana, auspiciada por el Papa, se afirmaba como primera fuerza política de Italia; y los norteamericanos se paseaban por Europa como señores. Y don Luis sentía una visceral antipatía hacia los generales, el Rey, la iglesia y los yanquis.

Sobrevivió por poco tiempo. Vendió la casa en Juárez y se mudó a Tandil, en la esquina de Chacabuco y Garibaldi. Allí lo trataron de un cáncer de estómago del que murió cuando tenía 60 años. Había dicho que quería morir a esa edad.

jueves, 15 de enero de 2009

Antefuturos. Vaya a saber quiénes somos.


El cementerio de Juárez. Imagino conversando allí en las tardecitas a mis ancestros los Parodi, los Fontana, algunos de los Minieri. Los Zubeldía en cambio se reúnen en los subsuelos de los cementerios de Tandil y de María Ignacia - Vela.


Antepasados, antefuturos


Identidades entrecruzadas

Desciendo de hombres oscuros: desconocidos, expatriados, muertos antes de tiempo, algún suicida. Desde chico vi en el mundo a mi alrededor que los hombres casi no estaban; era este un país de mujeres que sostenían el andar cotidiano de las cosas. Una generación después iba a repetirse esto.

Tan oscuro es mi linaje, que ni siquiera puede decirse que Minieri sea el verdadero apellido. Mi bisabuela paterna tuvo un encuentro amoroso con alguien, y de resultas de tales escaramuzas (ojalá gratas) vino al mundo mi abuelo paterno, Roberto. Para evitarle mayor vergüenza a la chica, su padre (o sea, mi tatarabuelo) registró al chico como de él y de su esposa. De ese tatarabuelo que figura como bisabuelo en los papeles, sólo me llegó que era dueño de un negocio de venta de zapatos en Benito Juárez, provincia de Buenos Aires.

Me hubiera gustado conocer a esa bisabuela Minieri, hija de un Minieri y madre de un Minieri, que tramó un nudo tan redundante para iniciar esta rama de la gigantesca enredadera humana. Seguramente habrá tenido sus encantos para atrapar a un caballero andante. Ahora, en cuanto a la discordancia entre el apellido formal y el verdadero, muy posiblemente la mayoría de las familias de la tierra habrá experimentado similares intromisiones, y nadie parece molestarse mucho por ello. Y en fin, a la corta o a la larga, ¿acaso no venimos todos de alguien desconocido?

Lo cierto es que en esta situación, felizmente no puedo ser anti nada. Ni antisemita, ni antinegro, ni siquiera antigermano, por decir algo. Vaya a saber qué sangre lleva uno. Ha sido un condicionamiento que agradezco; me evitó desde el vamos devaneos racistas o fundamentalistas de cualquier índole, en los que sería soberbia no pretender incurrir. Si estuviera de moda hacerse un escudo, pondría en su campo algo que indique el origen no del todo claro. Pongamos, un guante de mano izquierda, para aludir a cosas por zurda.

Sigamos otro paso con el linaje Minieri. El siguiente hombre oscuro fue ese abuelo Minieri nacido de un desconocido. Crecido ya, casado, y cuando habían pasado unos pocos años de su feliz matrimonio con mi abuela Angelita, salió un día de casa y ya no volvió. Muchos años después, cuando la abuela hojeaba las páginas del diario La Nación, prorrumpió en un grito y se deshizo en sollozos. Había encontrado en la sección de fúnebres de un diario tan distinguido la noticia de que su esposo era finado. Lloraría ella su juventud perdida, su única oportunidad de amar, en un tiempo, un lugar y un medio social donde había quedado condenada a una falsa viudez perpetua, vestida íntegramente de negro. (También mi padre se extravió y terminó matándose.)

La abuela Angelita era de la familia Zubeldía Casal, inmigrantes vascos que se habían afincado en las hermosas tierras de María Ignacia - Vela, poblado de nombre esquizoide, cerca de Tandil; allí tenían un campito que recordaba a su Guipúzcoa, con un arroyuelo entre varias grandes peñas. Criaban ovejas y habían alzado una casa que otrora se divisaba desde el tren, “la casa de las catorce ventanas”, siete de ellas visibles en el costado del alto caserón lejano frente a las vías.

La prole del bisabuelo Zubeldía, cuyo nombre desconozco, y de su mujer, estuvo formada por trece hijos. En la familia había un aura de intelectualidad y un toque de divertida locura. De los trece hermanos la mayoría fueron solterones y solteronas. Sólo dos se casaron. Las y los restantes seguían habitando entre la casa solariega de María Ignacia y una que tenían en Tandil, donde alcancé a conocer a algunos.

Los hombres (mis tíos abuelos) salían temprano a trabajar las majadas y recorrer el campo. He contado en otro lugar cómo Ramón se diferenció cuando joven: buscó trabajo letrado en una escribanía, en el medio intelectual y ácrata del pueblo de Vela. Las mujeres hacían algunas tareas con la preparación de manteca, quesos, el ordeñe, algo de hilado y tejido con la lana de las propias ovejas. Esto hasta que la modernización de la década de 1960 y el envejecimiento hizo que fueran dejando de lado estas labores. Desayunaban, almorzaban, merendaban y cenaban con cordero y mate, acompañados por alguna fruta de los durazneros y perales del patio. En la mesa dejaron durante bastante tiempo un plato con cubiertos para “la finadita Ignacia” que ha de haber sido alguien muy especial, porque su muerte ocupaba años después un lugar enorme en las palabras y los actos de sus hermanos. Terminada la comida, y como un signo de refinamiento en seres que se manifestaban aquejados siempre por alguna migraña, pasaban una bandejita de plata con aspirinas, para que los comensales se sirvieran.

Alcancé a conocer a Ramón, para mí el personaje más interesante de los Zubeldía, y cuyo nombre llevo. En otro lugar de este blog he tratado de juntar lo que de él recuerdo.

Llegué tarde para conocerlo a Manolo, es decir Manuel Zubeldía, hermano y compinche eterno de Ramoncito. Cuando comencé a tratarlo a este último, estaba desolado por la muerte de Manuel, que era el humorista de la familia. Ramón era la viva imagen de la “gravitas”, hasta en su habla, que parecía la página abierta de un clásico; en cambio Manolo había sido jocoso y dicharachero.

Sí pude tratar a mi abuela Angelita, mujer de amores incondicionales, capaz de hacerse escasear la comida para brindarle un regalo a un ser querido. Era menuda, casi no dormía ni comía, parecía aspirar a desencarnarse definitivamente. A sus setenta años, fumaba. Cuando quería vestirse de lujo, se calzaba un vestido largamente abotonado, negro por supuesto, una chaquetilla del mismo color encima, un ancho pañuelo de encaje, y unas altas botitas del mismo color. Tocaba la guitarra de oído interpretando velozmente milongas, valsecitos y serenatas. Sufría periódicamente unas migrañas que la dejaban caída e inerme en su cama. Ella las atribuía al peregrinaje de una aguja por el interior de su cuerpo. En una ocasión, decía, estaba cosiendo, y por distracción apoyó el brazo donde había una fina aguja. Esta se introdujo en alguna de sus venas, y desde entonces andaba por allí.

También traté a su hermana, mi tía abuela Elenita, que siempre había sido la niña terrible de la familia. A los casi setenta años seguía con su regalado tren de vida, consistente en permanecer hasta casi el mediodía en la amplia cama sedeña, donde se maquillaba meticulosamente, leía, conversaba con las visitas y tomaba su mate en bandeja de plata. El rostro de Elenita era un hermoso artificio, como el de las faraonas egipcias coloreadas de albayalde. Habría sido una experiencia inolvidable ver emerger cada mañana sus rasgos de la nada, cuando ella se dibujaba las cejas, se pintaba dos mejillas sonrosadas con colorete, se diseñaba una boca…

Acostumbrado a pensar que nada se olvida en algún lugar de nuestras vísceras, que todo se recuerda en nuestra desmemoria, doy por sentado que algo traigo de cada uno de estos antefuturos. He hablado ya del reloj irreductible de Ramón, y de la herencia de su porfía que creo llevar; quizás otra media faz de mi carácter sea bufonesca como la de Manolo – me permito una broma en los momentos más álgidos. Quizás la aguja en el cuerpo sea una buena metáfora que puedo tomar prestada de Angelita, para justificar ese dolor que a veces precede a sus motivos, los días en que parece desgastado el deseo, la aguijante inquietud que no cesa. Quizás día a día, pero en mi caso con esta caja de maquillajes de la escritura, tenga que hacerme un rostro encima de una superficie donde hay nada. Quizás sigo poniéndole un plato a cada uno de ellos, y no sólo a la finadita Ignacia, en la mesa de mi tiempo. Y quizás soy otro furtivo y fugitivo; y un día voy a ver la noticia de mi óbito en un diario – no creo que sea La Nación -, y me pondré a llorar por todo lo que no me supe acompañar fielmente, rutinariamente, aburridamente, como todo amante que aprende a soportar a la criatura amada a pesar de ella misma. Y de sí mismo.


Enero de 2009.