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lunes, 11 de julio de 2011

Patria de palabras


...

San Martín con poncho. Escultura de Luis Perlotti.




Patria de palabras

a partir de una proclama de José de San Martín, de 1819


Yo lo veo

a José de San Martín

buscando las palabras


escuchando

el hablar de los paisanos


para estamparlo

en su proclama

y ponerle la firma


lo veo

cuando escribe

diciendo

compañeros


diciendo

vienen los gallegos

diciendo

la muerte es mejor

que ser esclavos

de los maturrangos


diciendo

seamos libres

aunque sea en pelota

seamos libres

y lo demás

no importa nada


no eran ilustres

esas palabras

no estaban en la Enciclopedia

ni en los libros de Voltaire

ni en los folios de las actas de los congresos


estaban sólo dichas

en el hablar de los paisanos


él

empezó a escribirlas

palabras

de la patria


patria

quiere decir

lo que nos viene de los padres


entonces

él y sus compañeros

no tenían patria

la estaban engendrando

para sus hijos


esta

futura

patria

de palabras


lo veo

pues

a José de San Martín

escuchando a su pueblo

poniéndole la firma

y el cuerpo

a su palabra


siento

que también esa

fue una batalla decisiva


que él

y sus compañeros

ganaron

hasta hoy

esta patria

de palabras


pero ahora

y de nuevo

cada día

tenemos que ganarla nosotros

compañeros


Ramón Minieri. Julio 2011.

miércoles, 8 de junio de 2011

Palabra en libertad (1)


...
La poesía que quiero

Con motivo de la presentación de “País de la Sal” y “Libro de los Últimos Días” en Río Colorado, el domingo 5 de junio de 2011.


Libros impresentables

Queridos amigos,

No creo en las presentaciones de libros. Ni en los comentarios. Por respeto al libro mismo, prefiero que se presente a sí mismo y tal como es, no disecado ni reducido.

Menos todavía pretendería presentar poesía, criatura de por sí impresentable por autista e invasora, por silvestre y delicada. A ella, cuanto más, uno puede señalarla; avisar “ahí está”, como si estuviéramos ante la fugaz epifanía de un ave infrecuente.

De modo que vengo sólo a avisarles que aquí tienen este volumen nuevo que publiqué, integrado por dos libros puestos espalda contra espalda: “País de la Sal” y “Libro de los Últimos Días”; y les voy a leer algunas de sus páginas.

Opción por la palabra

Fuera del ritual de la presentación, quería decirles algunas cosas sobre mi modo de sentir y hacer la poesía. Cada uno de mis libros es un intento más de ser fiel a esa elección; un paso más en un camino inacabable.

Quiero la poesía como palabra nueva, inusitada. Que venga con un nuevo modo de nombrar. Esto no es cuestión de cronología o de escuela; puede ser novedosa una página del Romancero, puede no serlo una obra de vanguardia contemporánea.

No quiero la repetición. No sé si es válida en otros órdenes de la vida; pero seguramente, no en la poesía. La repetición de la palabra, el confinamiento en lo ya oído, la limita a mercancía de consumo, de uso masivo. Como lo quiso Gottfried Benn “la lírica tiene que ser absolutamente original, o no es lírica.”

¿Qué quiere decir?

Tomo en cuenta la pregunta que muchas veces oigo, también ante mis libros. “¿Qué quiere decir?” Esta pregunta hace a nuestra relación de lector y autor, de manera que no quiero dejarla a un costado, como quien disimula una falta de modales.

Creo que la poesía no tiene que querer decir. Un taiël mapuche, una nana, una vidala, se dicen, no “quieren decir” otra cosa, no apuntan a un significado lógico externo.

Busco la palabra no dirigida hacia un significado, la palabra que rompa con esa obligación del querer decir; palabra que simplemente se presente y se diga; palabra libre.

La ruptura

Romper con lo ya dicho y con el querer decir. En la creación poética, al menos como yo la experimento, es un momento decisivo ese en que se rompe con lo ya dicho, aún lo que uno mismo recién ha dicho; para que allí emerja la desnudez de lo no dicho, y la palabra lo señale. Momento decisivo, episodio difícil y a veces agotador de nuestra tarea.

Ruptura; de ahí, de la ruptura, la originalidad absoluta. Esa palabra dice lo nunca dicho, y lo dice como nunca, porque de entrada no se instaló en el campo de lo significado existente.

En ese punto cero de la palabra cada vez inicial, en esa virginidad fecunda, allí está para mí la poesía. Ese no querer decir la constituye como morada del ser.

Busco entonces la palabra que no narra, no explica, no desenvuelve, no publica, no pretende de antemano convocar.

Palabra que a la vez, precisamente porque se instala en su propia libertad y en su ser, se alza como utopía del ser y de la libertad. Ernst Bloch nos enseñó que cada forma es de por sí utópica; no porque haya o deba haber un “mensaje” al que se refiera, sino porque ella misma es irreductiblemente otra, aún siendo hacia todo y todos nosotros. Esto me orienta hacia la palabra que pretendo.

Se ha dicho que todos estamos en libertad bajo palabra. Con más necesidad entonces, la palabra tendrá que ser libre, tendrá que ser poética; porque de ella dependemos. Las palabras que se pronuncian nos alojan; pueden mantenernos presos o abrirnos el mundo. Las palabras que pronunciamos nos mantienen libres, en tanto los demás confíen en ellas, les crean por un día más. Así entiendo esto de la libertad bajo palabra, y de la necesidad de la palabra libre.

/Sigue./

La poesía que quiero (2)


...
/Sigue/


Juego, expresión, símbolo


Coincido así con lo que plantea Norma Píngaro en su libro: la creación es un juego para des-encontrar la palabra. Juego… vocablo liviano, pero filoso; porque también se juega la vida; también hay inescapables reglas de juego; y el juego que jugamos nos juega: esa precisamente es nuestra relación con la palabra.

Si hay algo válido en la división de funciones del lenguaje, yo elijo la poesía como expresión. Si algo comunica, es porque expresa. Pero pienso que esas funciones no son distintas, sino dos extremos en el mismo arco de la palabra.

Busco la palabra que es símbolo. Si digo “sal”, intensamente y para sí misma, entonces esa sal pasa a concentrar y entrañar muchas otras acepciones. Alcanzo a ver algunas; otras se me escaparán, aún a mí que traje esa palabra, para siempre.

La palabra como símbolo es prismática, un abanico de colores que estaban escondidos. Con un término más técnico, diría que es polisémica. Un símbolo se irradia en multitud de signos y de sentidos, hasta contradictorios.


De contrabando

Algo más sucede con la palabra poética, la palabra símbolo. Es de cuidado, porque es contrabandista. Por su cualidad de símbolo, lleva muchos más sentidos de los que reconocemos cuando la pronunciamos. Y los transmite sin que lo sepamos, a otra gente, a otros lugares, a otros tiempos. Sucede así también con símbolos de otras clases: pensemos cuántos significados y referencias puede haber en una cruz, en una advocación religiosa, en los colores de la bandera…

Para mí, alcanzar esa instancia de la palabra simbólica, polisémica, es el cometido particular de la poesía.

Esta búsqueda no se lleva bien con la tendencia dominante a “adecuar” la producción literatura a las preferencias del mercado. La palabra libre no se presta a la adecuación que la degrada en cosa consumible, inerte. En este oficio nuestro, uno acepta de entrada estar proscripto del mercado.

Tan fuerte es nuestro deseo de esta palabra, que excede y borra la individualidad. Ojalá alguno de estos versos, alguna de estas estrofas o frases llegara más allá de este día, más allá de nosotros. Mejor aún, si llegara libre de nuestro nombre. Como lo sintió González Tuñón, qué mejor distinción que llegar a ser anónimo.

Pero venga la poesía, la dueña de esta jornada. Vamos a leer algunas páginas de cada uno de estos libros. Ojalá desde ahora sean también de ustedes.

Ramón Minieri

(Palabras pronunciadas en la presentación de "País de la Sal" y "Libro de los Últimos Días", el 5 de junio de 2011 en Río Colorado).

...


jueves, 2 de junio de 2011

Versión de un gazal del poeta Ghalib


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El poeta Ghalib




De traducciones y patos




Traducir nos es tan imprescindible como imposible. Imprescindible, pues en efecto, cómo podríamos subsistir, un solo día siquiera, si no intentáramos apropiarnos, en nuestro lenguaje, de aquello que se nos manifiesta en todos los otros lenguajes de los seres. ¿Habría relación, habría amor posible sin el intento constante de traducir, de traducirnos? Pero imposible; porque acaso hay modo de transmitir enteramente y desde la esencia en algún lenguaje, lo que se nos ha dicho en otro? ¿Será que todos los idiomas son traducciones más o menos aproximadas, más o menos descaminadas, de algo que se está diciendo en un idioma que no sabemos?

El Mulá Nasruddin supo opinar también sobre este tema de las traducciones literarias. Un pariente del campo le había traído un pato para compartirlo en una comida, y así se hizo. Pero luego, con el paso de los días entraron a caer visitantes del campo que se quedaban a comer a la mesa del Mulá, con el justificativo de estar vinculados a aquel pariente del pato. Las presentaciones llegaron a ser algo así como: “Buenos días… Yo soy el primo de la suegra del vecino del mejor amigo de Yusuf, el que te trajo el pato”. Hasta que llegó el día en que el Mulá entregó a un visitante un plato con agua caliente para que almorzara. Ante la protesta del comensal, el Mulá aclaró “es que este es el caldo del caldo del caldo de aquel pato”.

La siguiente versión (no me atrevo a llamarla traducción) resulta de un trasiego del urdu al inglés, y de este al castellano: es caldo de caldo del pato. Pero la poesía puede ser capaz de vencer tantas barreras, de modo tal que algo de aquel aroma y de aquella música se insinúe entre los versos traducidos de una traducción.

Sea como fuere, el poeta Ghalib (1796 – 1869) es quien dio ocasión para las líneas que siguen.


Gazal ( Gacela )

del poeta GHALIB (Agra, 1796 – Delhi, 1869)


Hay quienes aman mirar los ramos del mar que aparecen al amanecer,

Ver la caída de la noche de las alas de los ánsares, y escuchar

Las conversaciones que el mar nocturno mantiene con el amanecer.



Si no logramos hallar el cielo, siempre hay golondrinas azules

Ustedes saben que pasé mis veinte años llorando

Es que han de llorar quienes despiertan turbados al amanecer.



A Adán se lo convocó para dar nombre a los Tordos, a los Petirrojos,

a las diamantinas Cascabeles, y a los ositos lavadores de rabo anillado

que lavan a Dios en las corrientes del amanecer.



Siglos después, se mostraron los dioses de la Mesopotamia,

Todos barba y orejas; y tras ellos, los Generales

Con sus hijos de mantos azules que morirían al amanecer.



Aquellos ermitaños que comían saltamontes eran tan buenos

Que permanecían todo el día en su cueva; pero también es grato

Ver los postes de los cercados que aparecen gradualmente al amanecer.



Las personas que se aman hacen bien cuando con las primeras estrellas

Adoran al bebé que huele a establo, pero sabemos

Que aún las estrellas desaparecerán al amanecer.


Versión en español por Ramón Minieri, a partir de la traducción del original urdu al inglés de Robert Bly (2000)


viernes, 20 de mayo de 2011

La lengua de las aves



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El Rey Sabio
dicen los libros
entendía el lenguaje de las aves

también
los libros dicen
el Dios Niño

amasaba
pájaros en el barro
les soplaba
una palabra
y alzaban vuelo

oigan ahora
este murmullo de alas
son los hijos
de los hijos de aquellas aves

será que el barro
estaba esperando nombre
para leudar

será que las palabras
siempre
son para irse

las palabras
no cantan ni procrean
en cautiverio

será que esto
sólo puede entenderlo un sabio

y esto
sólo puede decirlo un niño





Ramón Minieri
(Del libro “La lengua de las aves”)

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Lili Campazzo y “Escrito sobre un vidrio”


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Escribir sobre un vidrio, supone que el cristal esté empañado. Que hace más frío del lado de afuera. Supone que uno acepta de entrada la precariedad, la escasa duración. Supone que, aunque borrosamente, la imagen de quien escribe está en lo escrito, ante o tras lo escrito. Todo eso me dice Lili, ya desde el título, y después en cada página.

Estas poesías de Lili Campazzo me dejan boqueando por su brevedad interna – un destello, una fulguración. Simulan ser pequeñas, son feroces, mordiscos de otra mirada sobre lo que creía ya visto.

Para compartirlas, elijo tan sólo tres, y las más breves, en un volumen que se hace sentir en cada una de sus 47 páginas. La última me impresiona por su música, que se derrumba como un final de cante jondo.


XI

Los vecinos no saben leer estas ventanas.

XII

Que todo el mundo
sea la sombra del silencio.

VIII

Por eso escribo en las ventanas
Para que nada dure
Para que nada.
...

Migas. Homenaje a Lili Campazzo.


...


Migas



no
manuales
acerca
de los pájaros


no palabras
ya dichas

palabras
para siempre

no
de esas que nombran
lo que vino siendo


dame
tus migas
de luz
borrosas


que saben perecerse
alimentando

a los pichones
de los que aún no soy.



A Lili Campazzo, con motivo de su libro "Escrito sobre un vidrio".

jueves, 4 de febrero de 2010

Oficios de las diosas sármatas


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Oficios de las diosas sármatas




Nuestra diosa
Austeia
se ocupa
de instruir a las abejas

nuestra diosa
Kirnis
atenta
a la sazón del tiempo
pinta
las mejillas de las cerezas

nuestra diosa
Kolna
es la casamentera
de las flores

no tenemos
teólogos
ni iglesia

ese gran Dios vuestro
con mayúscula
ese
sin nombre propio

¿a qué se dedica?


(De: Mapas del Viento – Antología sármata).

viernes, 13 de febrero de 2009

“Es el tiempo el que golpea”. Asaltos de la poesía.

“Es el tiempo el que golpea”. Asaltos de la poesía.

La poesía es un faisán que desaparece entre la maleza.
Wallace Stevens.

Wallace Stevens (1879 – 1955) nació, pasó su vida y murió en Nueva Inglaterra, la región fundacional de los Estados Unidos. Se recibió de abogado en Harvard y trabajó al servicio de empresas aseguradoras. Cuando le ofrecieron una cátedra de literatura en Harvard, la rechazó. Alguna vez, en tren de urdir la solapa de uno de sus libros, previno al redactor:

“Evíteme, por favor, contar los datos biográficos. Soy abogado y vivo en Hartford. Estos hechos no son divertidos ni reveladores”.

Pero mentía; estaban corriendo muchos torrentes bajo esa superficie espejada.

En 1923, cuando Stevens tenía cuarenta y cuatro años de edad, se editaron dos poemarios suyos, Harmonium y El clavel del búho. (Suyos… hasta donde es posible decir que la poesía pertenece a alguien). En ese mismo año nacía su única hija.

Desde cuándo estaba bullendo tanta poesía bajo esa vida rutinaria, esmerilada, no lo sabemos. Él mismo no quiso relatarlo. Por el momento las cosas quedaron así. Recién varios años más tarde, cuando ya tenía 57 de edad, Stevens comenzaría a publicar otros libros, hasta seis, en una sierie que interrumpió su muerte en 1955. Coherente con estos ritmos y disritmias, su manera de concebir la poesía, a la que considera presente en el preciso momento en que nos elude y evade (como ese faisán entre la maleza), reclama alguna página venidera en este blog.

Wallace Stevens me recuerda a Rumí, aquel notario del siglo XIII de Konia, que cuando estaba muy instalado en sus funciones de intelectual y jurista, fue asaltado por la poesía (bajo la figura de su visitante, el linyera místico Shams de Tabriz), y desde entonces no pudo dejar de estar enamorado, de cantar y escribir dísticos.

Hubo algún puente invisible entre Wallace Stevens y la poesía del mundo islámico. Para entender esa relación que parece remota e inesperada, quizás baste aceptar la lógica del asalto. El asalto es total; te asalta toda la poesía, y no un capítulo de ella. Y también te arrebata todo. El asalto es incontable e ilimitable.
En un hermoso sitio de Internet dedicado a los poemas de Ghalib, encuentro que Frances W. Pritchett, estudiosa de la obra en urdu de este poeta, nos señala una página de Stevens que es también un ghazal, al menos en sus primeras estrofas en la que repite la incantación “es el tiempo el que”…

No he hallado traducciones al castellano de esta poesía de Wallace Stevens, de modo que les ofrezco la que yo he intentado. Precaria como es, me parece que un poco trasluce el ritmo obsesionante del golpeteo del tiempo que golpetea en las palabras de la poesía de Stevens. Agrego en nota al pie (1) el original en inglés.

Todos los preludios a la felicidad (En: El puro bien de la teoría.)

Es el tiempo el que golpetea en el pecho y es el tiempo
El que pega contra la mente silenciosa y ufana,
La mente que sabe que es destruida por el tiempo.

El tiempo es un caballo que corre en el corazón, un caballo
Sin jinete por una carretera a la noche.
La mente se sienta a escuchar y lo oye pasar.

Es alguien que camina velozmente en la calle.
El lector junto a la ventana ha terminado su libro
Y mide la hora por lo tardío de los sonidos.

Aún en la respiración está el golpeteo del tiempo, a modo de
Un retardo en sus golpes,
Un caballo grotescamente tenso, un caminante como

Una sombra en mitad de la tierra. Si imaginamos
Una persona platónica, una gran escultura libre del tiempo,
Y suponemos en ella el habla que no puede hablar,

Una forma, entonces, protegida del golpeteo, puede
Madurar. Un ser capaz puede reemplazar

Al caballo oscuro y al caminante que camina rápidamente.

¡Ah, la felicidad! El tiempo es un enemigo encapuchado,
La música enemiga, el espacio hechizado
En el que tienen lugar los preludios encantados.


Esta es la poesía que asaltaba a ese abogado de las aseguradoras de Nueva Inglaterra, contenido en su traje bien planchado. ¿Cómo hubiera podido resistírsele?

De esta vera historia quiero extraer una inmoraleja: hasta bajo el chaleco más gris puede estar desapareciendo un faisán.

Ramón
13 de febrero de 2009.

(1) All the Preludes to Felicity (De: The Pure Good of Theory.)
It is time that beats in the breast and it is time
That batters against the mind, silent and proud,
The mind that knows it is destroyed by time.

Time is a horse that runs in the heart, a horse
Without a rider on a road at night.
The mind sits listening and hears it pass.
It is someone walking rapidly in the street.
The reader by the window has finished his book
And tells the hour by the lateness of the sounds.
Even breathing is the beating of time, in kind:
A retardation of its battering,
A horse grotesquely taut, a walker like
A shadow in mid-earth . . . If we propose
A large-sculptured, platonic person, free from time,
And imagine for him the speech he cannot speak,
A form, then, protected from the battering, may
Mature: A capable being may replace
Dark horse and walker walking rapidly.

Felicity, ah! Time is the hooded enemy,
The inimical music, the enchantered space
In which the enchanted preludes have their place.


jueves, 29 de enero de 2009

La escritura y el mar vacío


Foto de Alberto Malva, "El mar en el atardecer".


La escritura y el mar vacío

Entonces, será que uno escribe para esto.

Aparte de todos los otros fines que uno dice y que se hace creer, uno escribe para llegar no sé si a un fin, a un simulacro de fin, un punto en el que se detenga la escritura.

Punto en el que no hay por ahora necesidad de decir, por un momento. Sólo se escucha la hueca resonancia de un mar de silencio, sin criaturas.

Tanto es lo ignorado... Homenaje a Martín Gil.


El árbol de nombre desconocido en la esquina de mi casa.

Tanto es lo ignorado. Homenaje a Martín Gil (1868 – 1955)

Nos rodea lo ignorado, y así nos dejamos vivir.

-¿Ese árbol? Usted sabe cuánta gente me pregunta el nombre… No sé – me dice mi vecina ante ese magnífico ejemplar plantado desde hace treinta años frente a la puerta de su casa; ese que todos los veranos se prodiga en extraños frutos tejidos con prietos hilos de seda resinosa en su interior. – Alguien habrá traído una semilla del norte – aventura ella. Tampoco yo sé el nombre de ese árbol, cuya foto incluyo aquí.

Ignoramos también el nombre de muchas de las estrellas que admiramos cada noche. Desconocemos cómo vive el insecto que anda por el patio, y cómo va a obrar nuestro perro o nuestro gato. No sabemos cómo se hacen la sal, el azúcar, el pan, nuestros alimentos elementales. Las más y los más desconocemos el significado de nuestros nombres, el origen de nuestros apellidos. Se nos escapa el motivo y la intención de algo tan íntimo como nuestros sueños –su alambique está en un cuarto cerrado para nosotros. Ignoramos el nombre de esa flor silvestre, tanto como el día y la hora en que hará eclosión la crisálida dormida de nuestra muerte, por ahora plegada en algún lugar secreto de nuestro cuerpo.

Vamos como el minero con su lámpara sorda sobre la cabeza, iluminando apenas y mal, el menguado espacio que van a hollar nuestros pies. La desmemoria atrás, la imposibilidad de prever adelante, nos cierran el espacio.

Por eso es tan liberador que de vez en cuanto encontremos algún sabio. Alguien que haya querido ocuparse de ver un poco más, y un poco más lejos. Alguien que haya querido ofrecer lumbre gratis, sin otro goce que el del propio conocimiento y el servicio a los demás – aunque a veces los beneficiarios se resistan de mala manera a recibir el servicio gratuito.

Por eso es tan valioso un hombre como Martín Gil, al que quiero rendir homenaje en este artículo y en el siguiente. Un sabio nuestro, escasamente reconocido. Porque en fin, parte de este asedio de lo desconocido es que también ignoremos a nuestros sabios.

domingo, 4 de enero de 2009

Textos de Robert Gurney, poeta patagónico de varios mundos



Textos de Robert Gurney
(para su presentación, ver el post siguiente)


De sus "Poemas a la Patagonia", selección y prólogo de Andrés Bohoslavsky, año 2004.


Larrea

No conoció
a Darío
pero se daba por sabido
que entre su pecho
y el horizonte
apenas cabía
el canto
de un pájaro.

(Adaptado del manifiesto "Presupuesto Vital"de Juan Larrea, Favorables París Poema, 1926)


Elal


Completada su tarea
se convirtió
en pájaro
y voló con el cisne
hacia un punto
en el este
donde el cielo se junta
con el mar.


En el camino
fue arrojando flechas
para crear islas
donde descansar.


Al llegar
al horizonte
subió al cielo
para aguardar
nuestras almas.


El hombre invisible


Más allá
del río
encontré
a un hombre
mirando
el agua.


“¿Ha oído hablar
de Trapalanda? ”
pregunté.


“Sí,
pero no la verá
nunca
hasta que
dejemos
de ser
invisibles.”


La vanguardia


Leí ayer
parte de
la Historia de Olvidos
de Ramón Minieri
y cómo Córdoba olvidó
a Nicolás Guillén.


Habla de Gregorio Bermann
y José Carlos Mariátegui.
Bermann encontró
su propio pensamiento
en unas líneas
de Mariátegui.


Dice:
Somos también
los libros
que hemos leído.

No hay separación
entre la estética
y lo político.

La poesía
es el taller de diseño
de una sociedad mejor.

La vanguardia poética
es eso
vanguardia.

Política y poética
se enlazan
para proyectarse
más allá
de versos
y elecciones.

¿Es por eso que mataron
a Lorca
a Tilo Wenner
y desterraron a Larrea,
a Alberti,
y a no sé cuántos más?


Robert Gurney y el español

Encuentro que las palabras en español tienen un grado de claridad similar a las de origen anglosajón. Muchas son breves y transparentes, y hay pocas dudas acerca de lo que significan. Así como solía descubrir que hablar francés es una experiencia muy liberadora (algo que hoy no tengo muchas oportunidades de hacer), siento que escribir en español es emancipador. Quizás liberación sea una palabra equivocada. Me parece que el español les da a mis palabras una pátina exótica. Por ejemplo, puedo usar imágenes de un pueblo que ha experimentado un desarrollo industrial considerable, Luton, y en español adoptarán un halo surrealista. Logro hacer exótico lo familiar, y familiarizar lo exótico.

I find that Spanish words have a similar degree of clarity to words of Anglo-Saxon origin. Many are short and transparent. There is little doubt as to what they mean. Just as I used to find speaking French a very liberating experience (I don't have so much opportunity to use it now), I find writing in Spanish emancipating. Perhaps liberation is the wrong word. I find Spanish gives an exotic patina to my images. For example, I can use images from a town that has undergone considerable industrial development, Luton, and, in Spanish, they take on a surrealist glow. I make the familiar exotic, and familiarize the exotic.
Poesía de Robert Gurney en:
www.poeticas.com.ar (Poemas a la Patagonia)

sábado, 27 de diciembre de 2008

Les presento a Héctor Ciocchini


Héctor no solía incluir fotos de sí mismo en sus libros. Aquí aparece, arriba, primero a la izquierda, en un homenaje a su maestro Arturo Marasso.
Les presento a Héctor Ciocchini

Masacres y días alcionios

El universo es un lugar de masacres; pero en todo ese magma, hasta hay días alcionios.

Lugar de masacres, así lo calificaba Carl Sagan; predominan los desiertos gélidos, los huecos lóbregos, los planetas llameantes; y son rarísimos los momentos y sitios donde pueden darse la vida y la conciencia.

Pero hay días alcionios. Así los llamaron los navegantes griegos, reconociendo la certera intuición de las golondrinas costeras. Durante ciertos días y sólo durante ellos, los alciones se cortejan, construyen sus nidos y desovan. Son días de regalada bonanza; los marineros saben que en ellos pueden viajar confiados: los pájaros les han hecho saber que no habrá tormentas.

Por entonces vivíamos días alcionios; un milagro que para mayor disfrute ignorábamos, hasta que el tiempo mostró su calavera bajo la máscara dorada. Estábamos en el ojo del huracán. En el tortuoso siglo XX, el más cruento de la historia, y en el cruento siglo XX argentino, y en Bahía Blanca, la ciudad de silencios y torturas, transcurrían los años calmos 1964, 1965. En un pasillo de la Universidad, todos los días un viejito anarquista abría sus valijas, instalaba sus mesitas, y ponía a nuestro alcance su librería portátil. Parecía que en Bahía Blanca, la pacata ciudad que Payró describió en su Pago Chico, había florecido el desierto. Eran los años ’60, antes de que llegara el onganiato (1966-73), y luego las 3A (1975-76) y la dictadura de 1976 a 1983. (Mientras tanto, Remus Tetu aceitaba el percutor de sus rencores; Rodolfo Ponce escalaba jerarquías y armaba su tropa de matones, con el respaldo del fascismo gremialista; y en la Base Naval y en el Cuerpo de Ejército se afilaban espadas y se urdían capuchas; pero no lo sabíamos. Tampoco sabíamos, y hay quienes no saben o no quieren saberlo hasta hoy, que en esos días del gobierno de Arturo U. Illia seguían existiendo presos y perseguidos políticos.)
Presentación del maestro

Es una abusiva convención verbal decir que uno ha conocido a alguien. Todavía lo estoy conociendo a Héctor Ciocchini. Por entonces me lo presentaron; él tendría poco más de cuarenta años de edad. Era un hombre sosegado y esplendoroso. Si a partir de los cuarenta uno es responsable de su propia cara, entonces los rasgos de este hombre decían que su vida era la belleza; esa que está aliada a lo verdadero y lo bueno.

Francisco Maffei, maestro de filosofía ya mayor, había traído a los jóvenes humanistas que dieron su tono a la nueva Universidad Nacional del Sur, fundada en los años 50: a Antonio Camarero (quien tradujo del griego “República” de Platón para la edición de Eudeba); y a Carlos Astrada, y a Rodolfo Agoglia, y al poeta peruano Alcides Spelucín Vega, y a Yole Vázquez Presedo, y a Exequiel Ortega, y a Jaime Rest, y al prehistoriador Antonio Austral. Y a Héctor Ciocchini, con quien Maffei cultivaba una relación como la de un padrino mayor y cariñoso con su ahijado. La mayoría de estas personas venían de La Plata. Hasta poco antes de mi ingreso, la Universidad había tenido como Rector a Vicente Fatone, historiador de las religiones, budista, traductor de Arnold Toynbee.

Cuando Maffei me presentó a Ciocchini, este era el Director del Instituto de Humanidades, cuya formación él mismo había orientado. Había sido alumno de Arturo Marasso, al igual que Julio Cortázar. La foto nos lo muestra en un homenaje a su maestro. Y allí en Bahía Blanca, oh milagro también, en un piso bajo de Colón 80, estaba a nuestro alcance la biblioteca de don Arturo, ese gran poeta y sabio humanista.

Yo sabía que Ciocchini había publicado varios libros de poesía. Y él tenía noticias de ese tímido lector que lo escuchaba: ese Minieri del que, por indiscreción de un común amigo, había sabido que a los diez años de edad leía la Ilíada. Pero la poesía de Héctor estaba afianzada sobre columnas de sabiduría, entonces empecé a saberlo un poco. En aquella charla nos describió la biblioteca de Amy Warburg, su curioso ordenamiento, las correlaciones entre libros que parecían de temas remotos, esa conexión que se expresaba en la obra de uno de sus lectores, Ernest Cassirer, sobre los símbolos. Y habló con sereno entusiasmo de los emblemas, de la iconografía, de sus pesquisas de imágenes. Y todo parecía tan alto y tan hermoso, y gracias a él tan claro y accesible, que daban ganas de ponerse a leer, ponerse a indagar, a escribir, a vivir.

Nos cruzábamos a diario con estos seres excepcionales. A nuestra vista estaban sus vidas cotidianas, sus familias. Vivían en el Barrio Universitario, en casitas iguales a las de los estudiantes becados, separadas tan sólo por el espacio de un camino interior o un jardín. Los veíamos jugando a la pelota, al cricket; algún estudiante participaba en el juego. Escuchábamos sus risotadas cuando los miércoles iban, como nosotros, a un cine barato que ofrecía episodios y dibujos animados. Veíamos pasar a “las nenas de Ciocchini”, bellísimas criaturas amadas por todos, cuando salían a jugar o pasaban para la escuela. Alguna vez nos animamos a festejarle un cumpleaños a Antonio Camarero, y le entregamos un pergamino escrito en nuestro macarrónico latín.

Transmito estas anécdotas para dar cuenta de un clima de época, de una vida universitaria de cercanía, de cálidas y cordiales relaciones entre discípulos y maestros. También esto fue deliberadamente agredido y cercenado por las dictaduras y las 3A.

Hubo quienes podían escuchar a Ciocchini casi a diario, en las clases de Estilística, la última y consagratoria materia de la carrera de Letras. Yo que había optado por la Historia me desquitaba leyendo sus trabajos en Cuadernos del Sur, o Los Trabajos de Anfión. Atesoraba sus palabras, dondequiera las encontrara. Un alma generosa se define aún en sus gestos más pequeños; recuerdo una dedicatoria suya en el libro que obsequió a un amigo común: "al caro amico e fraterno discussore". En esa frase estaba él, como amigo y como guía en el camino. Lo escuchaba en una reunión, o en la feliz casualidad de una conversación de pasillo.

Frases memorables

Recuerdo tres de esas conversaciones. La primera, ya narrada, cuando fuimos presentados. Otra en su casa, donde reunió a varios discípulos para formar un equipo de investigación, e indagar sobre algunos cruces entre la historia, los símbolos y las letras. (Ahora me pregunto si he estado haciendo otra cosa, aunque mi intento es a fuerza de martillo y escoplo, mientras que Ciocchini trabajaba con cinceles y balanzas de joyería.) En aquella reunión y compartiendo el café estuvieron Panofsky y Riegl, y otra vez Cassirer y Warburg y Sedlmair; y también Góngora y Gerard de Nerval. Una obra de arte es insular, nos decía. Está aislada en medio de un mar, pero le llegan todas las corrientes del agua y del aire.

Me sentí absolutamente ignorante, como todavía me siento ante este hombre; apenas estuve en casa me hice un programa de lecturas que siempre estoy empezando. He ahí otra cualidad del maestro: la de mostrar vastos paisajes de saber, suscitando un deseo que no iba a cesar.

Otra vez, él se detuvo a conversar conmigo en la Universidad; en el salón de entrada al edificio de Colón 80, donde todavía funcionaba el Instituto de Humanidades. Como yo había andado medio perdido, me sentí privilegiado por su atención, por su escucha, distendido él, apoyado contra la pared, sus ojos contemplándome tras los gruesos vidrios ambarinos de los lentes. Yo había terminado el servicio militar, y ahora era empleado administrativo en la biblioteca. Le conté de mis demorados estudios. En un momento, me preguntó si yo escribía. Y… sí, lo intentaba, pero, confesé “soy un poco jansenista.” Si un texto no salía perfecto, no lo aceptaba. Y ahí estaba detenido, ante una hoja en blanco y sobre la altura de un montón de papeles estrujados y rotos.

Me escuchó con atención, y después me dio una lección perenne. Habló, no de mis dificultades, sino de las suyas. Cada año, al aproximarse el fin del cursado, sentía las limitaciones de sus esfuerzos con gran parte de los estudiantes. Le habían inventado una imagen de tipo abstruso, inaccesible. Sin embargo, lo que les proponía era tan elemental… Una de las primeras experiencias era hacer un recorrido por las calles de la ciudad. Quizás ir en un colectivo, uno de esos rojos de la 500, hasta el puerto de Ingeniero White. A la vuelta, en el aula, silencio. Por el tiempo que fuera menester. Cinco, diez minutos… hacer silencio, decía. Lea “El mundo del silencio”, de Max Picard. Allí, en el silencio, iba a nacer una impresión. Luego se trataba de escribir a partir de esa impresión. Periódicamente, volver a ella, a esa aparición primera.

“En realidad es tan simple. Todo esto se aprende cuando uno se pone a escribir. Y para aprender a escribir, hay que ponerse a escribir. Luego, reflexionar sobre qué hacemos y cómo lo hacemos. Pero, ponerse a escribir. Es como para conocer el sabor del pan: ningún libro puede darnos el sabor del pan. Hay que comerlo.”

Si algo escribí luego, fue gracias al impulso y el ánimo que me dieron estas palabras.

Crímenes y dolores. Una lección de valor ciudadano.

Después de aquellos días alcionios, había llegado la dictadura de Onganía; ya no nos reuníamos a conversar, escuchar música y tomar un vino con amigos como el luminoso Mario Merlino (quien luego del 76 se exilió y se quedó en España), como Guillermo Quartucci, refinado poeta y crítico (que se exilió y se quedó en México, tras padecer una ordalía de cárcel, tortura y huída); como Nora Esperguín (que se exilió y se quedó en Francia, donde es conservadora en el Museo de Grenoble); como Lucía Gallay (que un día de 1975 fue a trabajar en su cátedra de la Universidad y encontró que el departamento de Humanidades estaba cerrado definitivamente con llave… y sólo quedaba irse). Y ya estamos mezclando evocaciones de los otros regímenes criminosos: primero las 3A, luego los asesinos de 1976 a 1983, militares y civiles.

Una de las hijas de mi maestro, una de aquellas nenas de Ciocchini, fue apresada en la Noche de los Lápices y torturada hasta la muerte. Llorábamos por él, pensando que no hallaría modo de salir de tanto dolor. Amenazado de muerte, él tuvo que exiliarse.

En 1983, cuando ya había regresado, le envié mi primer libro de poesías. Me lo agradeció de la mejor manera: sin elogios, señalando qué versos le gustaban y cuáles no habría incluído él. Ese mismo año publicó “Herbolario”.

En 1984 nos dio otra lección. Estábamos mirando en la tele el inicio del juicio a las juntas militares; un testigo al que veíamos de espaldas daba sus datos personales. Era él, que se había animado a testimoniar, en tiempos en que todo parecía aún muy inseguro. Nos enseñaba también que la poesía y el humanismo se hermanan con el valor cívico.

Algunas de sus páginas de esa época tienen un tono de invectiva contra esta patria de maltratos. (Habría que recordar que también Dante, amante de su patria, es no sólo el autor del dulce estilo; también escribió invectivas contra asesinos y tiranos.) Me llegó también la noticia de que en algún momento se había dedicado a la pintura.

Ahora tengo a la vista, regalo preciado, su antología “Como Espejo de Enigmas”. Y puedo leer sus escritos últimos, de los que transcribiré algunos en este blog. Y veo cómo este hombre afrontó el dolor. Sin desconocerlo, sin negarlo. Como la ostra perlífera, transformó el recuerdo de la herida en belleza, en poesía. Poesía que igualmente es dolor; pero más, mucho más, es triunfo de vida.

Pueden parecer endebles las palabras frente a la fuerza de las armas. Sin embargo, las palabras de Héctor Ciocchini siguen vivas y encendidas, mientras la obra de los asesinos que lo hostigaron se va desvaneciendo en la execración. Los que mataron y quemaron libros son y vuelven a ser derrotados por los que engendraron vida, escribieron libros, reunieron bibliotecas.

Río Colorado, 27 de diciembre de 2008.

(Escrito en base a recuerdos personales, a relatos de amigas y amigos aquí citados, a datos aportados por Cuca Andía y por la Introducción a su Antología, a cargo de María Fernanda Santiago Bolaños.)