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jueves, 2 de abril de 2009

Cosquín, 1. Antes del comienzo: indios, tuberculosos y picapedreros.

¿Por qué Cosquín?


La abeja sabe cosas que el elefante ignora”.
(Proverbio árabe).


Pero, ¿qué cosas sabía Cosquín, ese pueblito, como para iniciar en 1961 el Festival Nacional de Folklore y mantenerlo con vida hasta hoy, cuando renace tras tanta agonía?

En enero de 1961 un grupo de corajudos acompañado por buena parte del pueblo cortó la ruta que pasaba por el pueblo serrano de Cosquín; allí empezaron a construir un escenario de ladrillos y cemento, mientras enviaban invitaciones para un festival de folklore. En ese momento Cosquín parecía apenas un pueblito más, entre tantos otros de las sierras. Tenía unos 5.000 habitantes (hoy superan los 30.000), una sola calle asfaltada, y un casco urbano edificado de unas 70 manzanas. Entre las muchas casitas de familia, se destacaban algunos caserones de los años ‘20. Había dos bancos, quizás cien líneas telefónicas... y un paisaje de serranías verdes y boscajes que se contemplan en un claro río con playas suaves.

La fiesta fue un éxito, por la cantidad de delegaciones y espectadores, y por su repercusión indirecta en toda la Argentina. En cuanto a los espectadores: eran más bien participantes - se diría “premodernos”, no los oyentes pasivos de la modernidad. Es que en la música folklórica, nacida en las mezclas culturales del siglo XVII, siempre se juega el cuerpo; bien lo sabían los jerarcas de la Iglesia católica, que en tiempos de la colonia fulminaron una prohibición de bailar la zamacueca, por licenciosa.

Los coscoínos habían elegido el momento mejor del año: el cálido enero, cuando más turistas recorren el valle de Punilla hacia sus lugares de vacaciones. Cosquín está en el medio de esa corriente y no lejos de Córdoba, la poblada capital provincial.

Así el Festival inició su asombroso desarrollo. Cortando la ruta, y haciendo frente a una historia inmediata que parecía jugarle completamente en contra. Era un doble corte, en los caminos del espacio y del tiempo.

Un hormiguero en las calles

La ciudad venía siendo un hormiguero cultural ya antes de los 60. Los testigos recuerdan el desarrollo de la expresión cultural popular, el florecimiento de tablados callejeros, algunos bordeando la céntrica calle San Martín. Otra vez surge la pregunta: ¿por qué, cómo se dio eso allí?


Pueblo indio y frontera interna

Una mirada a la historia de Cosquín y su comarca acaso brinde pistas para entenderlo. Vamos por orden de antigüedad: Cosquín nació como pueblo indígena antes de la ocupación europea. Una sugestiva tradición local, aunque desmentida por lingüistas, insiste en que el nombre significa “pequeño Cuzco” (por su parecido con la capital incaica, y porque también se lo percibió como “ombligo” de un espacio real y simbólico).



La comunidad indígena con rasgos quichuas persistió hasta fines del siglo XIX.

Otro rasgo de Cosquín, compartido con su región, es su posición de frontera. Pueblo “rayano”, se diría en el interior. En lo cultural y en la historia política, el valle de Punilla es como una falla geológica, de roce entre dos placas tectónicas: área de difracción, de cruce entre las influencias cosmopolitas que vienen de la costa atlántica y las fuerzas sociales y culturales del interior y del país andino. En materia musical, encontramos hoy una fuerte presencia del tango y del rock, con instituciones y encuentros propios, junto a la música y el arte folclóricos. En el primer tercio del siglo XIX, en la región se dirimió el conflicto entre un proyecto nacional centrado en el interior tradicional y otro cosmopolita innovador. Estamos pues, en una zona rica en diversidades, encuentros y mezclas.





Tuberculosos, bohemios, izquierdistas

Por un lado, el estigma de la tuberculosis. A partir de la fundación de los primeros sanatorios en 1900 en Santa María de Punilla, miles de enfermos pasaron por la zona. Una vida calma, la higiene del entorno y el sol abundante los ayudaban a curarse. La ruta principal desde la capital provincial hacia el Oeste trazada en 1914 sin pasar por Cosquín; esto limitó las opciones de la zona y reforzó su asociación con el mal pulmonar. El “estigma” posaba sobre el territorio una “mancha” simbólica desproporcionada con el real malestar. Pero significó la radicación de intelectuales y artistas, enfermos o sus familiares, en la región. Venían de Buenos Aires y la costa y permanecían aquí luego de curados, pues el regreso y la subsiguiente recaída hubieran sido letales.

Por otra parte, algo tienen que ver los adoquines con el Festival. Porque cuando la recién capitalizada Buenos Aires empezó a ser embellecida con fondos nacionales, Cosquín proveyó los adoquines para su empedrado, iniciado ya antes, en 1870. Esta actividad atrajo a picapedreros del país y del extranjero, de ideas socialistas y anarquistas, promotores de la educación y la cultura popular. Ellos apoyaron la fundación en 1923 de la Biblioteca Popular, un pujante centro cultural.

Los enfermos de Buenos Aires, los adoquines para Buenos Aires… En este cruce de influencias, exportaciones y residuos, se iba definiendo Cosquín, en la frontera interior del país.






Un pueblo de teatreros, titereros y guitarreros.

Entre 1920 y 1940, sobre el suelo de estas mezclas brotaron múltiples iniciativas culturales: un grupo de teatro amateur, dos círculos juveniles de conferencias y discusiones, un tablado popular, un Instituto de Conferencias... algo inigualado en Punilla. En 1943 nace el Retablo del Alma Encantada, teatro de títeres con artistas porteños y locales donde se practicaban efectos de luz y sonido, se llevaban obras a los pueblos de la sierra y se presentaban clásicos del teatro universal. Del retablo nació luego un “Teatro Experimental” que presentó obras de Alejandro Casona, Federico García Lorca, Eduardo Bianchi y la Farce de Pathelin. Había intercambios y una hermandad de espíritu con el Teatro del Pueblo de Leónidas Barletta.

El Teatro Experimental puso en escena una versión realista de Martín Fierro en 1945: un trabajador hirsuto y pobre, sin lujos en su atuendo. Se la consideraba más genuina que las presentaciones pomposas que se producían en Buenos Aires. Los actores fueron albañiles y trabajadores de campo de la zona. Dos años después el público seguía pidiendo nuevas puestas de la obra, presentada además en Buenos Aires y Córdoba. Quedaba instalaba la idea de que todos eran un poco artistas en el vasto tablado de Cosquín.



En medio de la obra se presentaba un “patio criollo” donde guitarreros, bailarines y cantores interpretaban ad libitum una fiesta en el campo. La media hora del patio era insuficiente en el sentir de los artistas, que comenzaron a generar nuevos espacios: tablados hechos en la calle con andamios de albañilería y sobre tambores de petróleo vacíos. Algunos comerciantes empezaron a presentar esos espectáculos en sus negocios; no faltó quien al construir un nuevo local incluyera una marquesina, una garganta de luces y un largo balcón–escenario. Por entonces el arte popular tradicional carecía de espacios propios, y sus intérpretes aparecían como “variedades” en los bailes, o en conciertos. Pero ahora aparecía el “lugar para el género”.

Así el pueblo de Cosquín, situado en una región de cruce cultural, iba sumando aprendizajes que serían importantes para el Festival – cuando ni se soñaba con él.

Los antibióticos y el Festival

A fines de los años ‘50 la tuberculosis comenzó a ser curada con antibióticos. Este adelanto en la salud produjo una crisis regional. Ya no venían más enfermos; y los turistas preferían otros lugares a estas poblaciones cuyos nombres evocaban al bacilo de Koch. Las autoridades y la parroquia organizaron “Quincenas turísticas” en febrero y octubre (época de las fiestas patronales), pero sin éxito.

Luego del fracaso de la Quincena de 1960, se reunieron vecinos relacionados con los clubes, las comunicaciones, el comercio, la salud y la educación, la parroquia... y decidieron hacer una fiesta especial. Ante todo, cambiaron la fecha. Se haría en enero, mes del auge del turismo en Punilla.

Un festival… para hacer qué? Se pensó en el básquet, en las cabalgatas… hasta que alguien propuso ofrecer lo que ya tenían: los tablados callejeros. Otro sugirió armar un solo gran tablado, y todos estuvieron de acuerdo. ¿Y el lugar? Discutieron hasta elegir el más llamativo: sobre la ruta, aunque había temor por los posibles problemas con Vialidad Nacional. Y se pusieron a construir un escenario definitivo, con camerinos, cemento, instalaciones de agua... Nacía una mística del Festival: albañiles y técnicos en sonido trabajaron gratis.


¡Cosquín cortaba la ruta! Los medios nacionales comenzaron a mencionarlo con frecuencia. Y más, cuando pocos días antes del Festival, Vialidad Nacional los conminó a despejar el camino, y el intendente Angel Vergese se jugó a fondo: replicó prohibiendo el paso del Gran Premio Nacional de Turismo de Carretera por ser “peligroso para los vecinos”. Era una guerra declarada. Por suerte las cosas se resolvieron pacíficamente. El piloto cordobés Onofre Marimón y otros corredores de autos solicitaron la mediación del Automóvil Club Argentino, y se llegó a un acuerdo con Vialidad: el escenario quedaba donde estaba, y los autos de carrera pasarían alrededor de la plaza central.

Un cartel gigantesco en medio de la ruta anunció: “Aquí se realizará el Festival Nacional de Folklore de Cosquín”. La fiesta se entendió con este título desde un principio. La forma “festival” privativa del cine, pasaba a ser aplicada al folclore; y el alcance nacional estaba justificado por la convocatoria a todas las provincias para el envío de delegaciones. La ciudad misma empezó a llamarse “Capital Nacional del Folklore”.

Cuando el Festival comenzó en 21 de enero, y los vecinos vieron que allí estaban los artistas prometidos, accesibles al aire libre sin pago alguno, “entonces empezaron a creernos” dice uno de los organizadores. No había sillas; la gente se las traía de su casa, y dejaba espacio frente al escenario para las personas mayores y los discapacitados.

Así empezó el Festival de Cosquín.

Queda para el tramo siguiente comentar sus vicisitudes al compás de la historia social argentina.

viernes, 6 de febrero de 2009

Las calles callan. Poesía.

Adoquines grandes en una calle de Buenos Aires.
“Las calles callan”

Durante varios meses estuve sin escribir poesía. Mi último libro, “Ciudad”, había quedado incompleto, y pensé que lo estaría por mucho tiempo. Hasta que en enero de 2009 Robert Gurney me envió un poema suyo en el que recordaba el empedrado de las calles de Luton. Comenzamos a conversar a distancia sobre las calles y sus pavimentos, y escribí “Las calles callan” en prosa. Luego ese texto se convirtió en esta poesía, donde también está el relato de Gabi Nacach y su murga, y la lucha de Lili Bina en Córdoba: sin saberlo, ayudaron a escribir esto.

Poesía

Las calles callan



1

Es tanto
lo que callan las calles.

Bajo el asfalto
están los adoquines
como niños hijos de reyes
ahogados en sus camas

sus rodillas marcadas
por cicatrices de aventuras:

les arrojábamos bulones
a reventar
cargados de potasio y de saña

para espantar al mundo
a los poderes constituidos
a las viejas del barrio.

Eran los tiempos de la resistencia
una señora pulcra se asustaba

- deben ser los peronistas
decía.



2

Los adoquines
ahí abajo
recordarán

el zapateo
de las herraduras

los caballos trotones de los carros
del lechero
el quintero
el panadero

venían
redoblando
desde un alba de potreros y de cuadras

cloqueando
que todo estaba bien
que el mundo
se prestaba a mantenernos
otro día.

Los adoquines festejaban
rompiendo en chispas.


3

Adoquines
de 20
centímetros de arista
hombro con hombro desparejos
de galeotes
en fila

o adoquines pequeños
granitullo
dibujando florones y abanicos
como en las viejas carpetitas de hilo

todos están
bajo el asfalto

con las muescas
que dejaban las mazas de diez kilos
de los presos

- penados
les decían

tallaban el granito
en Sierra Chica

cada uno
cada golpe
irrepetible.

Tanto
callan las calles.


4

Ni tampoco el asfalto
es inocente

su sombra coagulada
silencia bosques de helechos
derretidos

fétida
carne de dinosaurios

alas de libélulas

debieran poner letreros:
pisar con mucho cuidado.


5

El barrio donde viví
en Córdoba
antes se llamó Pueblo
General Paz

lo planeó un arquitecto
francés

calles y plazas como calmos gobelinos
soforas y lapachos de ademán cortesano

y rejas de balcones Segundo Imperio
segundo
imperio
con testas de leones en llamas
floreciendo
en el centro de un sol.

Una ciudad francesa
una alfombra de lujo

tendida sobre los campos de monte
donde en tiempos crecían
yeguadas y entreveros.

6

Ahí
en General Paz
me decían
hubo
una laguna
y un tala gigantesco
en la calle Deheza

- esto no lo vi escrito
en ningún libro.

En ese lugar
habían peleado
caballos y moharras
de cordobeses contra cordobeses
de federales contra liberales

la última batalla
(las batallas
siempre son las últimas).

Ganaron los liberales.

7

En 1940
descuajaron el tala
secaron la laguna
para facilitar el tránsito

ahora la gente
camino del mercado
pisa el campo de batalla
y no lo sabe

a comienzos de cada primavera
una bandada de pájaros da vueltas
buscan el agua
los juncos
donde anidaban sus ancestros
hace treinta generaciones.

Los viejos
cuando charlan en las noches de verano
de silla a silla
en la vereda

remojan su memoria
en aquella laguna sin nombre.


8

Cuando alguien sabe algo
con certeza
dice

me lo sé de memoria.

Yo me lo sé de memoria
a Agustín Tosco
en marcha
por las calles de Córdoba

por más que esas calles
ahora callen.


9

Lo veo
Agustín Tosco
erguido
dando un primer paso
de una marcha de mil millas

aplomado
como una efigie

rampante
como el obrero que viene marchando
desde 1936
desde un cartel
de la República Española

pero de medio perfil
está escuchando
a un compañero
que le dice algo.


10

Camina
Agustín Tosco
junto a Atilio López
el obrero
el que será elegido
vicegobernador
el que será asesinado
por el terror blanco

camina
por Vélez Sársfield

un paso y cae
el general Onganía
un paso y cae
el gobernador Uriburu
tan parecido al bicho que lleva su apellido
un paso y cae
el general Levingston

cuando camina
Agustín Tosco
junto a la muchedumbre.


11

Lo veo
de memoria

Agustín Tosco
el hombre de Luz y Fuerza
hombre de luz
hombre de fuerza

camina
con la muchedumbre
camina
por Vélez Sársfield
hasta la esquina de San Juan
camina
hacia el presidio de Trelew

(sus compañeros
van a marchar
hasta que él salga libre)

camina
hacia el hospital
donde va a morir
demasiado pronto.

Tantas calles caminó
y ahora ninguna lo nombra

tan firme fue
frente a los tiempos
y ahora
en una ciudad de tantas estatuas
no hay una
que imite su firmeza.


12

De tanto en tanto
una nueva multitud
camina
por el centro de Córdoba
van por Colón y luego
por Vélez Sársfield
hasta San Juan
donde ahora hay un shopping

y nada cae –

pareciera
que la multitud camina
del mismo modo que los pájaros
sobrevuelan
en círculos
el lugar donde estuvo la laguna.

Pero
quién sabe.


13

Gabi Nacach
es antropóloga
y murguera

me dice
elegí aprender y enseñar
con el cuerpo y el alma
bailando carnavales.

Han nacido 700 murgas
en los últimos diez años
y en este mes son 105
sólo
en el carnaval de Buenos Aires.

Los gobiernos militares
las habían prohibido

ahora
en este país célebremente triste
tenemos
más comparsas que regimientos
más murgueros que curas.
14

Tres veces por día
los noticieros de Buenos Aires
les avisan
a los automovilistas

tal avenida está cortada
por una marcha
por un piquete.

A este paso
entre murgas y reclamos
van a gastar el asfalto

a este paso
van a aflorar
los adoquines

van a contar
lo que las calles
callaban.

Río Colorado, febrero de 2009.


A Gabi Nacach, murguera en las calles de Buenos Aires.
A Lili Bina, luchadora en Córdoba.
A Bob Gurney, quien me enseñó palabras que destapan las piedras.

jueves, 22 de enero de 2009

Las calles callan. Héroes, poetas, batallas. Y adoquines.

LAS CALLES CALLAN

Héroes, poetas, batallas. Y adoquines.

Las calles callan tanto…

En una esquina de la cuadra donde viví en Córdoba, había habido tiempo antes una laguna; y a sus orillas, un gigantesco tala. Durante las noches tórridas del verano, en la charla con los vecinos nacidos allí añorábamos el reflejo de la luna sobre las ondas de esa laguna perdida, y sentíamos la ausencia del árbol campestre y enorme. Algunos pájaros daban vueltas sobre el lugar a comienzos de la primavera, como buscando las aguas y la sombra que ya no estaban.

A la orilla de esa laguna se había peleado una de las batallas de la guerra civil. En 1861 las tropas cordobesas que respondían al presidente Derqui, federal y hombre del interior, fueron derrotadas por las tropas cordobesas que respondían al general Mitre, liberal centralista y porteño. Fue un entrevero de caballerías, sin tiros ni huellas de hombres.

Después, en 1869, sobre esas mismas tierras se proyectaron, trazaron y vendieron los solares de un pueblo nuevo. Un arquitecto francés diseñó una plácida ciudad europea, con calles anchas, una plaza amplia, árboles extendidos, lugares para silencios y pasos lentos. La laguna quedó tapada por el pavimento, y el árbol fue talado.

A veces los sucesos, de tan intensos, se tornan metáforas. Esto de tapar un campo de batalla y el recuerdo de la batalla misma con una ciudad europeizante es también una imagen de nuestra peripecia nacional.

La historia siguió haciendo lo suyo. Ese nuevo Pueblo General Paz, así se llamaba, era independiente de la ciudad antigua. Recibía mercancías sin cobrar impuestos de ingreso. Hubo entonces una guerra aduanera y jurídicamente cordobesa, hasta que se zanjó la contienda incorporando a General Paz a la ciudad de Córdoba. Para prolongar la metáfora, hoy por hoy la antigua ciudad europea, enloquecida por los negocios inmobiliarios y los martillos neumáticos, es otro barrio, igual en su condición de tal a la Villa El Náilon o a Los Cuarenta Guasos.

Cuando andaba por Córdoba, la amada Córdoba, sentía que dos por tres, bajo un solado, en una cripta por descubrir o tras una pared, había una presencia como la del cuento del amontillado o la del gato amurado de Poe. Córdoba debe ser la ciudad argentina con más fantasmas reconocidos y oficializados por metro cuadrado, sea en criptas, en antiguos palacetes o al aire libre. Le hubiera encantado a Baudelaire, para quien los fantasmas eran la población más significativa de París. Azor Grimaut, el escritor de Córdoba, habría conversado gustosamente con Baudelaire, y le habría presentado a los fantasmas de su ciudad: los conocía personalmente, a todos.

Juan Larrea, Agustín Tosco

Después supe que uno de esos fantasmas se llama Juan Larrea (esto lo aprendí del poeta inglés y patagónico Robert Gurney). Por ahí anda un hombre que encarnó el verbo; sé que enseñaba en la universidad. ¿Dónde habrá vivido? ¿Qué caminata hacía diariamente por esa ciudad de su exilio?

Otro hombre me sale al paso, siempre, en la esquina de Colón y Vélez Sársfield, donde todavía está el mismo pavimento que él pisó. Allí debiera estar su efigie: la estatua de Agustín Tosco, caminando, avanzando un paso, con su noble mameluco, junto a otros. Tosco fue un gran poeta del siglo XX, por lo que escribió y por lo que hizo; y uno de los grandes autores del inmortal cordobazo, obra histórica y ópera colectiva inigualada. Desde esa esquina comenzó el tramo decisivo de su marcha, compartida con muchos. ¿Cómo una ciudad que tantas cosas recuerda no le ha dedicado esa estatua? Todo ese recorrido por la Vélez Sarsfield hasta el cruce con San Juan, fue una Vía de la Revolución o de la Rebelión, para la ciudad y para la Argentina. Pero en esa última esquina han erigido un shopping, el Patio Olmos. Por ahí suelen andar una chica y un joven remedando estatuas vivas, empolvados de blanco, a cambio de unas monedas. Esas estatuas no tienen aire cordobés ni mameluco – son impostada y vagamente clásicas, como el antiguo Pueblo General Paz. El sudor y el cansancio les corroen también a ellas la corteza marmórea y el ademán augusto. Más estatuarias siguen siendo las fotos de aquel Tosco en cuyo cuerpo y ropa revivían los carteles de la República Española.

Los adoquines de Bahía Blanca

Dicen que hay algún fantasma clásico en Bahía Blanca. Que alguien dejó un grabador encendido durante la noche en el Teatro Municipal vacío, y que allí quedaron registrados los aplausos de una concurrencia paqueta que anda por entre esas sombras. Pero en todo caso se trata de una población escasa. Los fantasmas que de veras claman y no se resignan a dormirse son otros, los que fueron sembrados entre 1975 y 1983.

Cuando camino por las calles de Bahía Blanca, entreveo en mi memoria los adoquines. Eran unos cubos grises, grandes y desparejos. Las tortuosas calles adoquinadas parecían una larga serie de jorobitas, que hacían resonar las ruedas de los carros y de los autos. Por la mañana se escuchaba el rítmico son de los cascos de los caballos. Tiempo después oí algo parecido, pero ejecutado por zapatos; era una música tradicional canadiense que trajo el amigo Gabriel Bendersky, musicólogo cordobés. Por entonces el lechero, el panadero, el carnicero y el pescadero venían en carros, y el clop clop los anunciaba con un matiz de alegría, de frescor matutino; un sonido que pregonaba que el mundo estaba funcionando, que los trabajadores de los tambos y las panaderías habían estado desde el alba preparando los alimentos para todos, que los pescadores habían regresado con sus lanchitas de las aguas de la bahía, que ciertas cosas andaban bien. Las herraduras sacaban chispas de los adoquines, y a veces quedaba en el aire un momentáneo aroma que recordaba al de la pólvora.

Eran los años que siguieron al golpe de 1955. Ignorantes de algunos aspectos de esa historia contemporánea, los chicos traviesos del barrio (es decir, todos) conseguíamos grandes bulones para un juego explosivo. Rellenábamos la rosca del bulón con carburo de potasio, o con potasio nomás, y luego apretábamos fuertemente la tuerca. El paso siguiente era arrojar el bulón con todas las fuerzas sobre un adoquín… y sentir que los tímpanos hacían ruido de papel roto cuando estallaba la carga explosiva. Quise decir que eran los tiempos de la resistencia peronista, y solía haber algún atentado. De modo que al escuchar nuestros bulonazos, las señoras del barrio salían a retarnos, y alguna, asustada, nos decía que basta, que había creído que eran los peronistas. Las demás callaban. Seguramente habrá adoquines a los que les falte alguna esquirla, ahí donde pegó y estalló un proyectil.

En otros lugares como Tandil había adoquines menudos, de diseño perfecto. Habrían hecho falta cuatro de esos adoquines mignon para equilibrar uno de los toscos cubos bahienses. A esos pequeños se los disponía con más arte, componiendo formas de palmeras abiertas en el pavimento; era todo un desafío pensar cómo los obreros armonizaban una palmera con otra en los bordes.

Unos y otros, adoquines mayores o menores, rutinarios o elegantes, fueron sustituidos en la década de 1960 por la uniformidad del asfalto. Los dueños de autos bendijeron el cambio en nombre de sus carrocerías. Se sabe que es muy fuerte la identificación del ser humano con el auto, con sus padecimientos y alegrías. Así el auto pasa a ser la víscera más importante de una persona.
No sólo recuerdo los adoquines de Bahía Blanca. Cuando muchachos sostuvimos alguna vez un idilio en la hermosa plaza Moreno (sobre la calle de este nombre, al 900). Una plaza de formato antiguo, con casuarinas, pérgolas de flores, y el suelo tapizado con conchilla blanca que traían de la costa de Punta Alta. Un día supimos que bajo esa plaza había un cementerio. Fue cerrado a fines del siglo XIX porque ya estaba repleto, con tantas víctimas de las pestes, y se creó uno nuevo en las afueras. Nuestros amores habían transcurrido, con sus penas y alegrías, sobre las constancias de la muerte. Quizás sea así siempre, pero no nos damos cuenta.

Una poesía de Robert Gurney

Bob Gurney es un hermano que me ha nacido en los últimos meses. Mientras esto escribo, sé que él sentirá como propios esos párrafos relacionados con Córdoba y con su Juan Larrea. También he venido a descubrir que él creció en Luton, donde había calles adoquinadas como las de mi infancia bahiense. Con elegancia y concisión que multiplican la carga emotiva, él expresa este modo de sentir las piedras, las calles, y lo que está oculto bajo lo visible:


Rhythms

The first poem I wrote
was triggered by the sound of high heels
striking the pavement
outside our house
in Luton.

I was fifteen.

A friend of mine,
who lives in Río Colorado,
remembers the clip-clop, clip-clop
of horse-shoes
hitting the cobble stones
outside his home
in Bahía Blanca.

He can still hear the echo.

Grey stones, flecked with quartz,
hacked out by convicts
from the quarries of Olavarría,
they are probably still there,
buried under the tarmac.

He can still picture
the tracks of the baker’s,
the milkman’s and the butcher’s carts
left in the dew.

Robert Gurney

En la traducción de Verónica Minieri:
Ritmos

El primer poema que escribí
lo desató el sonido de tacos altos
golpeando la vereda
fuera de nuestra casa
en Luton.

Tenía quince años.

Un amigo mío
que vive en Río Colorado
recuerda el clip-clop, clip-clop
de las herraduras
retumbando en los adoquines
fuera de su casa
en Bahia Blanca.

Todavía puede oír el eco.

Piedras grises, moteadas con cuarzo
partidas por convictos
en las canteras de Olavarría,
es probable que todavía estén ahí
sepultadas bajo el asfalto

Todavía puede ver en su mente
las huellas del carro del panadero
del lechero y del carnicero
que quedaron en el rocío.


... y otros ecos

En algunas calles los adoquines no fueron arrancados de su lecho de arena, sino simplemente tapados por el asfalto. A veces una rotura en el pavimento más moderno permite distinguir los hombros fuertes, intactos, de las viejas piedras que parían cantos y chispas. Esos cubos de granito venían de Sierra Chica, donde los labraban los presos. Cuánto esfuerzo, cuántas manos y cinturas fatigadas, cuánta maldición y quizás también cuánto de olvido, de distracción y hasta de risa ocasional en la cantera, ha sido tapiado con los adoquines de Bahía Blanca. Penurias, desgracias, maltratos y compañerismos que mutaron en caminos compartidos, cantarines, luminosos.
Este que llamamos "el mundo" es apenas uno entre los muchos mundos que conviven, se traslapan y se entrelazan. Siento que habitamos en niveles, como los infiernos y cielos del Dante, o quizás más certeramente, como los varios mundos superiores e inferiores que se conectan a través del rehue, el árbol mágico que es eje de universos. En cada calle de ciudad y en cada callejuela de nuestra entidad personal está el mundo de los presos, el de los soldados derrotados o vencedores, el de la laguna y el tala perdidos, el de los héroes que deciden caminarlas de modo irreversible, el de los poetas, el del tambo y la panadería con sus carros de reparto. Con todos esos personajes y con todos esos mundos me gustaría que nos encontremos. Y que estos renglones sirvan como una precaria guía para recorrer algo de lo que las calles callan.
También me quedo pensando en el modo de hacer que las calles vuelvan a decir lo suyo. Ponerles pies, canciones y estribillos que las hagan hablar. Algo así he compartido en una marcha contra un fraude electoral. Y también en un festejo de Carnaval, cuando las ciudades recobraron murgas y comparsas que habían estado prohibidas por los gobernantes del período oscuro.
Ramón
Río Colorado, enero de 2009.