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sábado, 13 de diciembre de 2008

Arte y esfuerzo de la galleta, I



En la foto, la bandeja con la masa para las galletas, a punto de ser
puesta en la cámara para leudar



Arte y esfuerzo de la galleta, I


Valga este madrugón que hoy me infligí, y valga este texto, para poner en palabras un arte y un oficio en trance de perderse; y para pensar en lo que significa para quien lo ejerce.

Se trata no sólo o no tanto de sentirse rescatador de algo; sino tan sólo de observar una tarea que, a pesar de su relativa modernización, pareciera seguir teniendo rasgos propios de los trabajos creativos tradicionales (esos que vienen desde el Neolítico). Una labor que supone sentido del tiempo, decisiones individuales, destreza, asignación de forma; y que recoge la herencia de diseños probados en una dilatada tradición.

Un nudo marinero dista de ser lo mismo que un adhesivo vinílico; comporta un acopio particular de antiguos significados, da pie a una especial diversidad de lecturas. Algo parecido, creo, sucede con la elaboración de estas formas de pan tradicionales y con formatos diversificados; nos reitera un mensaje de sentidos que es otro disfrute, aunado al sabor del pan mismo. Y hablando de sabor, no olvidemos que nuestro vocablo “saber” viene del latino “sapere”… que no es ni más ni menos que paladear. ¿Habrá paladar más regalado que el de quien puede disfrutar a la vez de los sabores materiales y también de los otros, los que remiten a una historia de símbolos? ¿Será por eso que el buen vino y las bebidas nobles se disfrutan doblemente?

(Fui esta mañana a observar lo que hacen los panaderos en la cuadra, pensando que acaso este trabajo fuera menos alienante que el común de ellos. Ahora no sé si es tan así. De ahí las idas y vueltas que ocupan los últimos párrafos de la parte II de este texto.)

Ha sido en la panadería Mar y Sol, de Víctor Klein, donde asistí a la gestación de la galleta de campo. Es un fruto de horno cada vez menos frecuente en nuestro país, salvo en zonas de población rural relativamente numerosa. Se la compra para llevar al campo en lugar de pan, porque está hecha de tal modo que al cabo de unos días se transforma en una especie de bizcocho aireado, suave y seco. Los consumidores la llevan en cantidad (una bolsa cada varios días). Para acompañar un trozo de jugosa carne asada, no se ha inventado mejor especie de “empanaje”, como decían antes.

En los pueblos donde se sigue elaborando galleta de campo (que para la Real Academia es “galleta maría”), la gente se pasa el dato acerca del lugar donde mejor la hacen. Aquí en Río Colorado mencionan la panadería de Klein (otros la del vasco Azanza; otros, la de Nito López). Klein logra una masa liviana, aérea y hojaldrada, que resulta irresistible, ya sea calentita, apenas sacada del horno, o cuando se seca y se transforma en leve y crujiente bizcocho.

Hoy a partir de las 4.30 de la mañana pude asistir al secreto de la preparación de esa masa, que culmina en su hojaldrado. Es alquimia. La maravilla reiterada del tiempo, que obra como ingrediente fundamental para las masas.(Esto último suena a pensamiento político; quizás lo sea).

Víctor Klein está acompañado en la tarea por Sergio Wolf. Los movimientos de ambos parecen responder a una partitura silenciosa. Son como pasos de baile cuidadosamente pautados, en los que no se pierde ni un segundo; no se rozan una sola vez, no se superponen gestos ni se entrechocan a la pasada.

Me dice Víctor que la masa básica para la galleta es la misma del pan. Sólo que los tiempos de elaboración son distintos. La protomasa espera unos 45 minutos más en la amasadora, mientras los muchachos se dedican a sobar, dar corte y forma a los flautines y felipes en crudo, hasta que quedan listos, tapados, esperando a que se los introduzca en la cámara de ambiente tibio donde van a leudar, al abrigo de cualquier cambio de aire.

Ahora le toca el turno a la masa que quedó esperando, para que con ella se preparen dos tipos de galleta: la “trincha”, que como su nombre lo indica es un tipo de trenza con ocho orejas infladas; y la que vinimos a homenajear, la clásica “galleta de campo”.

Durante un buen rato la pasta será trabajada por la amasadora, con agua fría (para que la levadura no comience a actuar antes de tiempo); se le agrega otro poco de harina, que ayudará a formar el hojaldre.

Una vez hecha, la masa de las galletas se extrae de la máquina. Víctor la distribuye en cuatro grandes tortones. Sergio los lleva, uno por uno, a la sobadora, donde los hace pasar y repasar. El ritmo de la máquina no permite distracción. Allí se transforman los tortones en una especie de gruesa manta de masa, doblada sobre sí misma, una y otra vez. Cuando el panadero se da por conforme, lleva esa manta blanca a la mesa de trabajo, y recomienza con otra. Así hasta terminar con los tortones.

Acto seguido, el corte. Con un molde pequeño se cortan redondeles de esa gruesa man-ta. Los redondeles se adhieren sin agregado alguno entre sí, en filas de a cuatro; cada una de ellas formará más tarde cada una trincha. Después. con un molde de mayor diámetro se cortan otros redondeles, y se los adosa de dos en dos para formar la galleta de campo.

Hecho esto, se tapan también estas masas con liencillos, como ya se ha tapado a las anteriores. Todas las masas, desde los flautines hasta estas últimas, están aguardando un nuevo paso, que consiste en introducir la torre de bandejas en una cámara cerrada en la que hay un pequeño calefactor encendido. Allí comienza el proceso de leudado.

Mientras eso sucede, nos vamos a casa a tomar un café. Volveremos a la cuadra a eso de las 7.30, para presenciar la puesta en horno de la trincha. Y otra vez a eso de las 9, para la puesta en horno de la galleta de campo.

Panadero de símbolos, durante estos intervalos trato de amasar un texto que acompañe a las fotos, que describa esta especie artística en extinción, para dejarlo leudar y luego ponerlo en el horno – y finalmente para servírselo a los amigos que esto leen, en el lustroso mostrador del blog.

viernes, 12 de diciembre de 2008

El arte de la galleta, II


Espiamos en el horno: la galleta de campo ya se está dorando.


Arte y esfuerzo de la galleta, II

Vuelvo a la cuadra (inmaculada como un quirófano) a las 7.30; los maestros ya están llevando al horno los flautines y felipes. El proceso de cocción dura entre 40 y 45 minutos. La regulación del horno automático es perfecta; comienza humectando la superficie de los panes, para que puedan crecer, sin que se les forme una corteza demasiado dura desde un comienzo. Luego va siguiendo una programación estricta, que permite lograr panes dorados, esponjosos y perfectamente cocinados.

Un rato más tarde, Víctor y Sergio colocan las masas para galletas en otro horno, a medias manual. Las ubican en hilera sobre una larga pala, y allí van al interior del espacio de hornear.

Tanto los flautines, como las trinchas, como las galletas, pasan por un momento fundamental en este proceso artesanal: el corte de piel. Es un tajo en la faz de lo que será cada producto; permite que durante la cocción, cuando la expansión de la masa prosigue y culmina, el pan o la galleta vaya aumentando de manera prolija y armoniosa.

Ese corte ha perdido algo con la modernización. Hasta mediados del siglo XX, se lo solía hacer en cruz o recordando alguna letra. Ahora es una simple incisión recta; la organización para el ahorro del tiempo y del trabajo habrá contribuido a este cambio, desacralizando un gesto antiguo.

Me parece que ha pasado muy poco tiempo cuando Klein me invita a mirar y fotografiar el interior del horno: las galletas de campo ya están dorándose.

Insisto, esto es un milagro. Tan reiterado, que hemos dejado de percibirlo. De un montoncito de harina y agua, hemos llegado a esta forma esférica, esta pompa de buen alimento, tan dorada y leve. Quién descubrió esta misteriosa operación de la levadura; quién estableció esta forma, esta esfera dorada en la que concluye una cocción…

Víctor me cuenta que llegó a Río Colorado con su familia cuando era chico. Que en la Escuela 91 tuvo que soportar esas agresiones racistas con que se vejaba, entre otros, a los “rusitos”. Que un buen día se cansó y decidió buscar trabajo. Y lo encontró – primero en la Cooperativa de Panificación de Villa Mitre, y después, durante muchos años, en la panadería de Azanza. Hasta que un día pudo tener su propia empresa, y se despidió de esta última panadería, sin pretender siquiera una indemnización.

En un tiempo fui empleado de banco. Esa actividad me permitió conocer a distintas personas en distintos trabajos. Entonces vi cómo cada trabajo produce a quien lo practica, genera una actitud particular. Los panaderos que conozco son por lo general de conducta límpida, sin trampas; cuidadosos y mesurados. Por lo general, no se enriquecen con su actividad. Van viviendo y logrando lo necesario, nada más. Estas personas con quienes hoy estuve confirman esa apreciación.

En cuanto al grado de alienación o de placer que conlleva este trabajo, pude observar por una parte ese ritmo exigido, que no deja espacio para un instante de distracción. Para cada minuto hay una tarea que hacer. Y las máquinas contribuyen a marcar ese compás. Como ya lo observaba Georges Navel "más que la insistencia de jefes o gerentes, el tom tom de las máquinas acelera nuestros movimientos." Sólo que en su libro "Trabajos", él se refería a la fábrica Citröen; en cambio nosotros estamos en un ámbito que supuestamente guarda aún algo de artesanal, de pequeño taller. La presión no pareciera ser menor, sin embargo.

De todos modos, se nota en algunos momentos la satisfacción por la tarea. Volviendo a Georges Navel, "el oficio no es tonto ni embrutecedor. Hay que trabajar en flexibilidad, vigilar los movimientos"... Él se refería al trabajo de pala y pico, y concluía "no hay cavador que no se regocije al arrojar una buena palada."

Entre la fatiga y el control extremado de los movimientos, entre la disciplina de la tarea y el placer de ejecutarla, está lo tópico y lo utópico de este trabajo.

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Vayan algunos datos para concluir esta comunicación. El significado originario de “galleta” habría sido “guijarro” – algo así como un canto rodado. La relación se debe a la forma redondeada del producto.

El término apareció en la España del siglo XVIII: provenía del francés “galett”. Pero la galette francesa es un pastel redondo de poco espesor, o una crêpe hecha con trigo sarraceno. Nuestro guijarro es en cambio monumental, un globo de aire y hojaldre. En cuanto a la palabra misma, galette es diminutivo de un diminutivo: galette <<>cal piedra.
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En trabajos como el de artesano panadero, en el manejo de los nudos, en los juegos tradicionales y la literatura oral, hay quizás más de lo que se ve, más de lo que puede narrarse en un manual o puede hacer un aparato. Cuántos sentidos y misterios transmite la rayuela, o insinúa y vela una ronda tradicional, un cuento folklórico “infantil”… De todos modos, espero que más pronto que tarde alguien esté demostrando que los juegos de computadora, o los juegos en red, o ciertas películas y series, reiteran las estructuras simbólicas de los juegos iniciáticos y de los cuentos de desvelamiento.

Mientras tanto, sirva esto como un alegato para fomentar el consumo de galleta de campo. Me dice Víctor que, debido la sequía que se ha producido en esta región, con la consiguiente liquidación de vacunos y el abandono de campos, el consumo ha disminuido a la mitad.

Mientras miro al interior del horno, donde se están dorando las enormes galletas, escuchamos el cantar de una lluvia abundante, que por fin se decidió a venir. Buen presagio.
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