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domingo, 4 de enero de 2009

Encuentros con Robert Gurney

Encuentros con Robert Gurney
Patagónico, poeta de varios mundos


Van dos años desde mi primer encuentro con Robert Gurney. No sé si alguna vez llegaré a verlo y estrecharle la mano; sin embargo, por el puro camino de la palabra, él se ha instalado en mis días. Es una presencia que llegó a través de la red de computadoras, como para refirmar aquel pensamiento de Rafael Barret: las máquinas no son cosas sino criaturas mixtas, espíritu que aletea en la materia.


El camino para llegar hasta Bob, admirado poeta, lo han trazado tres poetas admirados; como una noria de cangilones, una roldana de cantares nos ha llevado hasta las mismas páginas. Páginas que son personas y lugares habitados.


Juan Larrea


Tres poetas; los citaré por orden de llegada al mundo. El primero, Juan Larrea, nacido en Bilbao en 1895. Cuando apenas orillaba los treinta años, ya Vicente Huidobro lo saludaba como al genio joven que estaba renovando radicalmente la poesía española. Larrea había pasado por el tamiz las estéticas contemporáneas, y estaba proponiendo y haciendo una poética superadora. Lo admiraron Gerardo Diego y Luis Cernuda, para quien fue maestro oculto de Federico García Lorca, Rafael Alberti y Vicente Aleixandre.


Larrea vivió en París desde 1926, y escribió en francés gran parte de su poesía, traducida luego al castellano por él mismo y sus compañeros poetas. Realizó una travesía iniciática por el Perú de su amigo César Vallejo entre 1929 y 1931. De nuevo en Europa, formó el Museo de América de Madrid; hizo donación de sus colecciones de arte incaico al pueblo de la República española, cuya causa apoyó; asistió a la creación del Guernica de Picasso e intervino en su traslado a Londres; y se vino definitivamente a América en 1939. Él había pregonado que “sólo hay un modo de ser, el de la pasión”; y es la pasión, pasión sustentada en un conocimiento sólido, la que nutre sus geniales prosas de crítica cultural, política, estética. Aún en 1977 llama a lo de Guernica “el crimen” y a Franco “el monstruo de los monstruos”.


Desde 1956 y hasta su muerte en 1980 Juan Larrea, verbo de nuestro tiempo, estuvo viviendo, dando clases e investigando en la Universidad, en una Córdoba donde pocos lo percibieron y lo recuerdan. Desde ya que él no buscó la difusión; pero es para preguntarse por qué fue escasamente advertido. ¿Será por esa degradación que sintió Martínez Estrada “cuando al maestro lo transforman en profesor y al discípulo en alumno”, encerrados ambos en puntajes y diplomas? ¿O porque en la ciudad de Genta y Hugo Wast, su persona y su obra no eran del agrado de las fuerzas del orden?


Nicolás Guillén


Tres poetas. El segundo, Nicolás Guillén, nació en Camagüey en 1902. Así como Larrea eligió escribir en francés para hallar esa poesía que luego nos alimenta en español, así Guillén buscó y encontró en la lengua de Cuba otra lengua, hasta entonces inédita: la que estaba en la voz de los negros. Y la trajo para renovar el idioma común, la vida, y la política grande, que es poética. Antes de cumplir sus treinta años, también él había hecho estallar este nuevo lenguaje, con Motivos de son (1930) y Songoro Cosongo (1931). De travesía por América, en 1947 Guillén estuvo en Córdoba, donde dio una conferencia y pasó una temporada en El Retiro; su visita, comentada en uno de los diarios cordobeses, atrajo a los círculos de intelectuales de izquierda; hoy casi nadie la recuerda tampoco. Volvió aquí en 1958, pero tuvo que irse antes de lo previsto hacia La Habana, para su encuentro definitivo con la Revolución, en los primeros días de enero de 1959.


…y Raúl Artola


El más recién nacido de los tres, Raúl Artola. Sería injusticia querer dar cuenta de su obra de poeta; sólo me doy permiso para decir que Raúl es capaz de desplegar cada palabra que elige para revelar en ella una riqueza inigualable. Para imaginarlo, hará falta acudir a otro idioma: no ya al francés o al mulato caribeño, sino al japonés. Admiro su “Croquis de un Tatami”; por contagio de tan feliz título, vine a pensar que sus poesías son frutos de origami; universos, aves, bestias y pueblos contenidas en formas, cuadros de Petorutti o de Francis Bacon que hablan, dotadas de innumerables planos y matices. Aquí me extenderé sobre otro de sus afanes. Artola fue en su momento un exiliado interior. Nacido y crecido en los hermosos pagos de Las Flores (no muy lejos de Azul, de Chillar, lugares también de mi infancia) allí padeció persecución y angustia en 1974 y después. Por entonces se acercó definitivamente al oficio de poeta, y luego quiso vivir en la Patagonia. Ha hecho de sí, creo, el más certero y generoso conocedor y pregonero de la poesía y la narrativa de este sur, y de los autores mismos. Todos le debemos el espacio de alguna página, alguna referencia, algún consejo para la publicación de nuestros trabajos. Y esto ya desde mucho antes de que iniciara su revista “El Camarote”, que va por los catorce impecables números ofrecidos sin interrupción.
Desde esa tarea, desde “El Camarote” y desde Viedma, lugar de puentes, Artola hizo de puente para mi encuentro con Bob.
Relato de varios encuentros.

La cosa fue así. En el 2001, viviendo en Córdoba, recordé que por allí había andado Nicolás Guillén. Llegó en 1947 a una ciudad erizada de enfrentamientos, intervenciones y persecuciones. Busqué datos, entrevisté a quienes habían estado cerca de él, y escribí un artículo, que no fue publicado en el diario “grande” al que lo envié. Años después, cuando Raúl leyó este trabajo, le dio espacio en El Camarote.

Al cabo de unos días de la publicación, un mensaje de Artola me anoticiaba de un acontecimiento singular. Desde Inglaterra el poeta Robert Gurney le había enviado una poesía inspirada por ese artículo, escrita en castellano. Me vi citado en versos: frases, nombre y apellido. Fue al mismo tiempo una iluminación: ese hombre al que no conocía, con su varita de rabdomante, había descubierto poesía bajo la prosa de mi artículo.

Mi primera tentación fue agradecerle a Raúl por tan bella y alentadora invención. Luego, cuando accedí a la poesía de Gurney en Internet, creí en la existencia de él, y en los milagros que opera la palabra. Hoy aquella página está en su “Poemas a la Patagonia.”

También Robert está en un cruce de idiomas y de patrias. Nació y reside en Inglaterra; pero en su juventud coincidió con el argentino galés Enyr Jones, con quien aprendió el castellano. Sospecho que Jones, como luego Ferdy Woodward, fueron para Gurney verdaderos maestros.

Es algo más que casualidad que se haya encontrado con Raúl Artola. Bob venía descubriendo las voces y los seres de la Patagonia, como viajero, explorador y lector, capaz de alentar y valorar a un gran poeta de esta tierra, Andrés Bohoslavsky. Acudo a las palabras del propio Bob, mejores que cualquier comentario: "Creo que hay que subrayar la importancia, para mí, de la poesía de Andrés Bohoslavsky. Cuando la leí por primera vez, una puerta se abrió."


La Patagonia, Córdoba, el sapo, la sal.


También creo más que casual mi propia resonancia con Bob Gurney. Coincidimos en ser apasionados patagónicos por adopción, como Artola. Hemos buscado huellas de poetas que anduvieron por Córdoba, y a veces nos hemos planteado preguntas similares en torno a los poetas y al olvido. Bob había abordado la obra de Guillén desde su cátedra. Me comenta: "La poesía de Nicolás Guillén me ayudaba mucho (daba clases sobre él en La Universidad de Middlesex (Londres)." Ha realizado un extenso y pensado estudio de la obra de Juan Larrea, que ha marcado época en el conocimiento del poeta exiliado en Córdoba.
Otras correspondencias me asombran: cómo él menciona más de una vez el juego del sapo, que desde hace años me intriga y apasiona. (Ese invento griego que creció en la Normandía medieval, que entretuvo a Descartes en sus ratos perdidos en los Países Bajos; que extrañamente sigue en vigencia aquí, único país junto a Perú donde presenta la figura gorgónica de “la vieja”.) O su interés por la Trapalanda, que ando buscando, cuyos datos están en algún otro lugar de este blog, y que ocupa algún párrafo hermoso en el libro de Mollie Robertson. Y también, por ser habitante de un país de la sal, me sentí cerca de él al saber que vive parte de su tiempo en Port Eynon, lugar de antiguas salinas.

Saludo en Bob los rasgos más preciados que pueden caracterizar a un amigo, un escritor, un hombre. Esa generosidad de los poetas que están atentos a la palabra dondequiera y en quien se dé (quizás espejo de esa soledad de los poetas a quienes les urge hallar afines). Esa vocación para ponerse en viaje, buscarse en camino. Esa individualidad múltiple, hecha de tantas intersecciones; como la obra de arte en palabras de Ciocchini: insular, pero lugar de llegada de múltiples corrientes y vientos. Esa multiversidad facilita encontrarlo y encontrarse en él.

En su obra, aprendo el motivo de la elección de un lenguaje: no supe muy bien por qué escribo en castellano, hasta conocer los motivos que él da. Aprendí también que la poesía es un idioma que está más allá de los idiomas conocidos, y puede darse en más de uno de ellos a la vez. En sus páginas la presencia del lenguaje y los hechos de cada momento, la vida de las humildades de esta tierra, son transfiguradas por su toque de varita, que allí descubre la poesía. Lo que él señala es esto, pero es precisamente por ello más que esto. Es lo que es; pero cuando él lo dice, adquiere intensidad y se torna memorable.
Agradezco este regalo, haber sido nombrado por Robert Gurney en una de sus poesías. Conociendo su palabra y su persona, qué más, qué mejor podría haber pedido.
Ramón Minieri
Río Colorado, 3 de enero de 2009.


Para leer más poesía de Robert Gurney:

http://www.poeticas.com.ar/ (Poemas a la Patagonia)

http://www.bublegum.net/perebesso/13341/CARA+Y+CELLO+DE+BOB+GURNEY+A+ORILLAS+DEL+LAGO+DE+WARDOWN+.html




martes, 7 de octubre de 2008

Poesía contra interventores. Olvido cordobés de Nicolás Guillén.

Poesía contra interventores
Olvido cordobés de Nicolás Guillén



Nada sé, nada se sabe,

ni nada sabré jamás,

nada han dicho los periódicos,

nada pude averiguar . . .

Era una mañana hermosa, en la primavera de un año terrible.

En la estación del Mitre esperaban los tres. Hablaban de las cosas del momento: los muchachos muertos en el mitin atacado por la derechista Legión Cívica; las cesantías en la Normal Garzón Agulla, que derruían la reforma del secundario de Luz Vieira Méndez; y más, más cesantías, en la Universidad y las escuelas.

Hay palabras típicas de cada tiempo. Algunas de la Argentina de 1947 son: intervención; cesantías (en plural); prohibición. En el correo detienen un libro de Waldo Frank, por ser de izquierda. A un alumno de la Jerónimo Luis de Cabrera le vedan pronunciar su discurso, pese a que es el mejor egresado. El Consejo de Educación prohíbe leer “El crimen de la guerra” de Juan B. Alberdi - inspirador de la Constitución Nacional.

Los tres hombres que están en la estación ferroviaria saben de estas cosas. Uno estuvo preso. Otro ha atendido a víctimas de una guerra civil, baleadas por pensar distinto. El tercero ha visto fraudes y asesinatos políticos. Quizás por eso están juntos aquí.

La locomotora negra entró resollando en la estación. El tren se detuvo y ellos se acercaron a los vagones dormitorios. La colecta había permitido pagarle al visitante un viaje cómodo.

Allí estaba él en la escalerilla, cargando su maleta. Moreno y rechoncho, de boca generosa y nariz “como nudo de corbata”, reconoció a uno de los tres:

- Amigo Gregorio, qué alegría...

Y el doctor Bermann hizo las presentaciones:

- Nicolás Guillén... El amigo David Kahn. El amigo Fantini.

Así llegó a Córdoba el poeta, el 10 de setiembre de 1947.

“Aquí están los que codo con codo
todo lo arriesgan; todo
lo dan con generosas manos;
aquí están los que se sienten hermanos” ...

Gregorio Bermann, cordobés, orador en actos mordidos por tiros y cachiporras, fue uno de nuestros primeros psicoterapeutas. Una paciente le dió el título que él más valoró: “el doctor que ayuda a vivir”. Sembró sus cartas por todo el país: en un arrinconado archivo de Bahía Blanca supe de su amor de lector por el ensayista peruano José Carlos Mariátegui.

Somos los libros que leímos. En una línea de Mariátegui encontró Bermann su propio pensar: “no hay separación entre la estética y lo político”. Para estos luchadores la poesía era el taller de diseño de una sociedad mejor. “La vanguardia poética es eso: vanguardia.” Política y poética se enlazaban para proyectarse más allá de versos y elecciones.

Bermann conoció a Nicolás Guillén durante la Guerra Civil española, y promovió su venida a Córdoba.

El Dr. Carlos Fantini tendrá apenas treinta años de edad y se dice radical: en pleno auge peronista, es una osadía. Y en los años ’30 y ’40, un marbete dudoso. Radical, de cuáles. Algunos pelearon contra el fraude autoritario, hasta la prisión y la muerte. Pero otros compartieron una fórmula con los fraudulentos. Algunos enfrentaron la corrupción; otros cobraron coimas. Pero este joven viene con gente de izquierda a recibir a Nicolás Guillén, el “hombre de seis mil versos” – ninguno de ellos complaciente o prosaico.

“No sé por qué piensas tú,
soldado, que te odio yo,
si somos la misma cosa
yo,
tú.” ...


El otro es el doctor David Kahn. Hijo de un inmigrante ucraniano que fue peón de campo, desempeñó mil oficios para poder estudiar. En 1943 lo detuvieron en una manifestación contra la dictadura. El gobierno militar llenó trenes de presos. Allí arracimados discutían y se ayudaban socialistas, comunistas, radicales. Kahn fue a parar a Devoto. Un preso dejó caer un papelito en una estación, para informar el rumbo del tren; y al punto de destino acudieron los amigos, con comida y pedidos de habeas corpus.

Kahn es un destacado alergólogo. Como Bermann, está abriendo rumbos en la medicina. Pero sabe que la salud, antes que en los consultorios, se gana en las luchas de la sociedad – o se pierde. Y él está donde haya una marcha, visible o invisible, por las causas de todos.

Los cuatro bromean mientras van hacia las grandes puertas de la estación: el visitante sabrá disculpar la ausencia de los interventores de la provincia y de la Universidad, ironizan…

Se estrechan las manos y quedan en verse al otro día. El poeta se aloja en “El Refugio”, la casa de Bermann y su esposa Leonilda.

Esa vez Guillén estuvo diez días en Córdoba. Gozó del abigarramiento, las charlas, la tonada, en esta ciudad donde la vida callejea. Fue a Villa del Totoral (donde también recalaba Pablo Neruda) donde paró en casa de Rodolfo Aráoz Alfaro y su esposa, la cuentista chilena Margarita Aguirre. Anduvo por Río Cuarto, y de allí volvió a la capital provincial.

La Alianza Francesa y el partido Comunista lo agasajan. Pero no lo nombran las revistas literarias o académicas. Quizás incomoda su afiliación al comunismo.

Sólo encuentro su huella en La Voz del Interior del 11 de setiembre:

“Nicolás Guillén visitó nuestra Casa. Desde ayer es huésped de nuestra ciudad el famoso poeta cubano”...“Su visita responde a la iniciativa de un grupo de intelectuales del medio, interesados en brindar a las gentes de esta ciudad la oportunidad de escuchar al poeta en la interpretación de sus propios versos. Hombre de vasta cultura y nobles inquietudes, ofrece el poderoso atractivo de una recia personalidad que hemos podido apreciar en su visita a nuestra casa”

En la foto están él, Bermann, Kahn y el redactor Manuel Herrera. Se anuncia que va a leer y comentar sus poesías en rueda de amigos, “en un local de Avenida Olmos 165”; firmará ejemplares de sus obras en la Librería de Miguel Molina en pasaje Muñoz, y dará una conferencia en la Asociación Española.

Al otro día, el diario trae palabras de Guillén:

“Hemos mirado siempre hacia Europa, despreocupándonos de lo americano. Para lograr nuestra emancipación del tutelaje espiritual, debemos conocernos y entendernos mejor”…“liberarnos de Europa para abarcar mejor las cosas nuestras.” ...
La poesía debe ser fundamentalmente poesía; pero no deben faltarle los indispensables elementos de rebeldía, de carácter revolucionario social y humano, para que tenga realmente dimensión lírica” …

Guillén se sacó una foto ante una cámara de cajón en la Plaza San Martín. El niño de entonces que hoy me confía la foto, recuerda una discusión con él. Al chico le parecía injurioso llamarlo “negro”. El poeta, que usaba con ufanía esta palabra para referirse a sí mismo, le dijo a Osvaldo Kahn que injuriosa no es la negritud sino la esclavitud, cualquiera sea su forma.

A fines de setiembre Guillén partió de Córdoba, y poco después de la Argentina. En su despedida dejó un mensaje a los poetas: “bajen de la torre de marfil quienes aún no lo han hecho, y aprendan que el derecho a la rosa no está nunca antes que el derecho a la vida “.

En La Voz del Interior, Gregorio Bermann le dedicó un artículo:

“Gracias a Guillén tocamos el milagroso cuerpo de un verdadero poeta” … “De esta poesía que está tan distante de la subpoesía, como la ciencia de los sabios de verdad, de la de los mercaderes del conocimiento que pululan por nuestras universidades y comisiones culturales. Ojalá Córdoba, tan falta de poetas como sobrada de doctores y versificadores, encuentre en el claro y alto ejemplo de Nicolás Guillén, una de sus fuentes de superior inspiración.”

En un libro póstumo, Guillén recordaría a Córdoba:

“lo criollo gana en hondura a medida que se aleja de la calle Florida.”... Las ciudades del interior “crecen no como Buenos Aires, de afuera hacia adentro, sino como los árboles, de la raíz hacia el sol.”...”Córdoba, con su famosa universidad tres veces centenaria, con su alma inconfundible, viva hasta en el acento con que suena el español en la voz de sus habitantes, nos transmite una ambición cosmopolita.”...

...Estos son los que sueñan despiertos,
los que en el fondo de la mina luchan
y allí la voz escuchan
con que gritan los vivos y los muertos


Córdoba tiene para Guillén el rostro de sus huéspedes

“amigos de las artes y las letras en perpetua vigilia”... "No llega a la Capital figura de algún conocimiento a quien falte su invitación para visitar el interior: tales heroicos amigos afrontan los gastos de traslado y residencia y retribuyen de manera generosa la actividad intelectual del visitante, agasajado y atendido con una discreción, con una fineza que en nada desmerecen del ámbito porteño.”

Pero a la vez señala un punto de fractura:

“En manos del Gral. Perón la cultura oficial ha devenido mediocre, por el afán “centralizador” del gobierno. Muchas grandes figuras de la enseñanza fueron desplazadas y sustituidas en universidades y liceos por una burocracia de aluvión. Pero la cultura “oficial” no es la cultura argentina, que vibra en el aire rebelde, y en los núcleos amantes de ella, diseminados por el territorio nacional.”

El triunfo de los interventores

Aquellos interventores han sido olvidados. Casi tanto como aquel “moderno calientapies eléctrico Gignoli”. Y mucho más que don Fulgencio, Mandrake, el Toddy o la pomada Sloan.

Pero ganaron la batalla. Porque la presencia de Nicolás Guillén y la obra de sus amigos siguen excluidas de la memoria colectiva. Ningún nombre de calle recuerda a Bermann, Kahn, Juan Zanetti. Y no hay otros hitos que nos inviten a preguntarnos quiénes fueron y qué hicieron esas personas.

Es mucho lo que se olvida con esa visita, que atravesó una encrucijada de nuestra historia reciente, un momento en que el control del estado buscaba ocupar y controlar espacios generados y gestionados por una sociedad llena de vitalidad, en asociaciones y grupos independientes. En medio de esa batalla que la sociedad perdió, y mientras llovían intervenciones, cesantías y prohibiciones, algunos cordobeses se empeñaron en seguir generando actividades culturales y educativas autónomas.

¿Será por eso que quisieron olvidarlos?


(Esta crónica es parte de "Historia de Olvidos".)

Textos de N. Guillén tomados de Motivos de son (1930), Cantos para soldados... (1937), Páginas vueltas (1989) y Prosa de prisa (1961). Datos brindados por la Dra. Silvia Bermann y el Dr. Osvaldo Kahn, y de la obra de Luis V. Sommi.

P.S.:

El querido amigo a distancia Robert Gurney, a quien conozco indirectamente gracias a la compartida amistad de Raúl Artola, me hizo llegar esta poesía de la que es autor:


La vanguardia


Leí ayer
parte de
la Historia de Olvidos
de Ramón Minieri
y cómo Córdoba olvidó
a Nicolás Guillén.

Habla de Gregorio Bermann
y José Carlos Mariátegui.

Bermann encontró
su propio pensamiento
en unas líneas
de Mariategui.

Dice:
Somos también
los libros
que hemos leído.

No hay separación
entre la estética
y lo político.

La poesía
es el taller de diseño
de una sociedad mejor.

La vanguardia poética
es eso
vanguardia.

Política y poética
se enlazan
para proyectarse
más allá
de versos
y elecciones.

¿Es por eso que mataron
a Lorca
a Tilo Wenner
y desterraron a Larrea,
a Alberti,
y a no sé cuántos más?





Gracias, Robert.