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jueves, 23 de octubre de 2008

"Ni centro ni periferia". Tiempo, espacio, escritura, revolución. (2)



(Viene de la parte 1)



Se cree que en algún lugar de Chiloé se esconde la cueva de Quicaví, un secreto "centro del mundo".



4. El centro como metáfora de control. Arcaísmos y permanencias.

La representación del espacio como algo que tiene “centros” se vincula a procesos de simbolización arcaicos, y a los primeros imperios antiguos. De ahí en parte su éxito.

Las grandes capitales, los lugares de especial significación ceremonial, fueron definidas alguna vez como centros del mundo. También se utilizaba la metáfora del ombligo. Ombligos fueron Delfos, Cusco. Quizás preferible esto del ombligo, porque alude a una conexión con una matriz. Pero Pekín, Persépolis, Akkad, Roma, Jerusalem, París, Londres… y Nueva York, se ufanaron o ufanan de ser “centro del mundo”. Un titular de diario hablaba ayer del “hundimiento del centro del mundo”…

Esta metáfora ha funcionado como una estrategia simbólica para instaurar la idea del Imperio, o de la supremacía, en el cacumen de los súbditos.

Veamos otra metáfora, esta vez milenarista. En su viaje por el Asia interior, Fernando Ossendowsky registró la creencia en un oculto Centro del Mundo, Agartha. Allí está esperando el Rey del Mundo, que un día vendrá para imponer la paz y la justicia sobre la tierra. De modo parecido, en algún centro secreto están esperando Barbarroja, y Federico II, y el rey Sebastián de Portugal, y quién sabe cuántos y quiénes más, para venir a resolver con su mandato los problemas del género humano. Esperemos que no se les de por venirse todos juntos. Supo haber sociedades secretas que actuaron en nombre de alguno de ellos. Materialmente más cerca nuestro, está el mito de la Sociedad, la Mayoría o la Brujería, cónclave secreto que todo lo dirige sin que lo sepamos, y que todo lo ve mediante una gigantesca piedra cristalina, el ojo en la cueva de Quicaví, donde el panóptico se une a la fantasmagoría del centro secreto.

La imagen del Sagrado Corazón, que es anterior a su adopción por el cristianismo, se relaciona con estas metáforas espaciales. Estos centros utópicos espacializan al Salvador – Rey del Mundo, reproduciendo y regenerando el esquema del poder del Señor.

La espacialización del control mediante una metáfora, es más exitosa cuando se la internaliza hasta el punto de aplicarla a la propia constitución de la persona. Se ha dicho que en Occidente, al menos desde el cartesianismo, tendemos a sentir y pensar nuestra propia persona como un enanito que, desde una alta cabina ubicada en el cráneo, maneja todos los comandos de una máquina corporal. Como el maquinista de una motoniveladora, digamos. Inútil para entender nuestros procesos somático-mentales, la imagen sirve cuando se trata de poner bajo dominio y administración las energías de las personas con fines laborales y de “ordenamiento” en general. Una estrategia de dominación interna de la persona acompaña a las estrategias de dominación aplicadas mediante las representaciones del espacio externo. Haber detectado esta metáfora enferma tampoco es mérito mío, sino una idea que traigo de un pensador patagónico quizás escasamente aprovechado: Oscar Nudler, filósofo rionegrino al quien le debemos certeros análisis de los modelos de desarrollo.

5. La escritura y las otras prácticas sociales de los escritores.

Edgar Morisoli, en el sagaz documento sobre “Nuestro lugar. Un punto donde hincar la punta del compás”, observa que hay un momento de la escritura en que no existe periferia:

“Cuando el escritor está viviendo la pulsión creadora, labrando pacientemente su texto, sufriendo y gozando la palabra, no existe periferia. Hasta el rincón más lejano, el paraje más olvidado o desvalido en que pueda habitar, la ciudad en que pueda perderse, se transforma, por obra y gracia de la creación, en un centro incandescente. Y esa pulsión puede durar días, meses, años… o un instante; puede involucrar el tiempo de un poema o un cuento aislado, o la arquitectura de una obra integral; puede resistir el aislamiento, el anonimato, el olvido. El poeta crea, siempre, desde el centro de un mundo. Desde el centro del mundo.”

Es un pensamiento para compartir y suscribir. Porque en materia de escribir y en el momento de escribir, no hay presencia de una brecha tecnológica o de productividad. Ninguna tecnología hace que uno escriba, o que escriba mejor. Ni se siente la distancia o la cercanía del “centro”, sea cual fuere. Ni está pesando sobre el escritor la dispar apropiación de excedentes. En este mundo de la palabra, todos nos apropiamos de todo, todos damos todo. Es un modelo natural e integralmente comunista – aunque haya escritores muy individualistas. Tema para otra instancia.

Digo lo mismo con otras palabras, al sostener que la escritura es necesariamente excéntrica y marginal. Veamos los motivos para cada uno de estos calificativos.

Excéntrica, no porque escritoras y escritores seamos raros (aunque bien podemos serlo), sino porque la escritura del escritor, no la del escriba, tiene su propio centro, y por ello no tributa a las acumulaciones de poder o de riqueza. Aún en cercanías del aparente centro, llámese Buenos Aires, Viedma, Nueva York o California, la escritura no está “centrada” para servir a lo específico de ese centro, a la concentración de recursos y decisiones. Una novela de Dos Passos o un ensayo de Scalabrini Ortiz, o el Martín Fierro escrito en una mesita de hotel de Buenos Aires, o el infierno del Dante o el Monipodio de Miguel de Cervantes, son feliz y totalmente excéntricos, y aún más: carcomen toda ilusión de centralidad del poder y la riqueza.

Y la escritura es y no puede sino ser marginal, porque el escritor no está en el parque de las estatuas, sino a orillas del río – cuanto menos, en las márgenes; la mirada sumida en él.

Traigo acá una idea de otro revolucionario pensador argentino, Walter Omar Kohan. Él hace pie (p. 128) en el fragmento 12 de de Heráclito de Éfeso: “Para aquellos que se bañan en los mismos ríos, fluyen aguas distintas y distintas”

“El problema más relevante que traza este fragmento, no es el de un supuesto movimiento o fluir universal, sino el problema del modo de ser de las entidades (en este caso los ríos) que se presentan ante una perspectiva humana como algo uno y al mismo tiempo múltiple, idéntico y también diferente, el problema de entidades que muestran un modo de ser contradictorio. Heráclito afirmará, al mismo tiempo, la identidad de la unidad y la totalidad así como la naturaleza contradictoria y conflictiva de todo lo que es, percibiendo lo real como algo en lucha, una disputa necesaria entre contrarios y, simultáneamente, como la reunión de esos contrarios en la unidad.”

El mismo Kohan apunta:


“En el fragmento 52 Heráclito dice: "El tiempo de la vida es un niño que juega un juego de oposiciones. De un niño su reino" (Kohan p. 147). Asociado al tema del devenir, aparece el de la espera o la actitud humana ante el venir a ser. La infancia simboliza en este fragmento la novedad de un tiempo que no es tiempo de desarrollo, de continuidad, de inicio, de medio y fin sino de una temporalidad de la irrupción, del instante, de lo siempre presente. Infancia sin tiempo, sin cronología, infancia como figura del devenir.


Heráclito ilustra un tipo de pensamiento y una actitud que afirman una lógica que no es la lógica clásica de Occidente, aquélla de los principios de identidad, no-contradicción y tercero excluido sino una lógica que piensa lo ilógico, lo impensable, lo que no se puede o no se debe pensar y que espera lo inesperable. Heráclito se encuentra, desde un punto de vista filosófico, en la infancia del pensamiento. Y esto no lo desmerece.”


Desde esta perspectiva es que digo que la escritura de los escritores es marginal. Está a la margen, está en espera, está ante el venir a ser, la irrupción, el instante, lo siempre presente, lo ilógico, lo que no se deja apresar por el pensamiento formal.

Hay otro ribete conflictivo de esta díscola escritura. Mejor que en mi prosa, lo dirá en versos el poeta peruano Antonio Cisneros. Me parece que su palabra se aplica a las relaciones de la escritura y de la humanidad plena, con todo poder y toda riqueza:

Poema sobre Jonás y los desalienados


Si los hombres viven en la barriga de una ballena
sólo pueden sentir frío y hablar
de las manadas periódicas de peces y de murallas
oscuras como una boca abierta
y de las manadas periódicas de peces y de murallas
oscuras como una boca abierta
y sentir mucho frío.
Pero si los hombres no quieren hablar siempre de lo mismo
tratarán de construir un periscopio para saber
cómo se desordenan las islas y el mar
y las demás ballenas —si es que existe todo eso.
Y el aparato ha de fabricarse con las cosas
que tenemos a la mano y entonces se producen
las molestias, por ejemplo
si a nuestra casa le arrancamos una costilla
perderemos para siempre su amistad
y si el hígado o las barbas
es capaz de matarnos.
Y estoy por creer que vivo en la barriga de alguna ballena
con mi mujer y Diego y todos mis abuelos.
Más pronto que tarde, la poesía y la escritura incomodan. Como lo dijo y lo sufrió Salvatore Quasimodo “la creatividad y la inteligencia son tratadas como contagiosas enfermedades mortales por los poderes constituidos, Iglesias y estados”. Pero allí está precisamente su lucha libertaria, aún con las solas armas líricas de la nostalgia y el dolor.

El “enraizamiento” de la escritura integra este proyecto molesto para los poderes. En el cambio de generaciones de las últimas décadas, hemos visto en Río Negro cómo una literatura signada por la nostalgia y la extrañeza, da paso a formas de escritura más localizadas. Al menos, así leo un cuidadoso estudio realizado recientemente por Silvia Sánchez y Adriana González. Esta localización es a la vez una construcción de resistencias y espacios simbólicos, ajenos a las categorías centro – periferia. Los poetas incluidos en la ya clásica Antología de Raúl Artola y Mónica Larrañaga bastarían para sustentar este juicio.

Pero fundamentalmente en la palabra libre, por el sólo hecho de su libertad, está la crítica a los poderes. Criticamos la palabra servil al poder constituido, simplemente cuando liberamos la palabra.


Volviendo al hilo de estas ideas, retomamos la argumentación de Edgar Morisoli, cuando observa que la diferencia entre espacios privilegiados o postergados se nos torna sensible no en el mismo momento de escribir, sino en otros aspectos que hacen a la escritura: su contorno, sus herramientas.

Nuestro afán por escribir aquí, sin irnos de nuestros pueblitos o ciudades, nos somete a ciertas incomodidades o limitaciones. No tenemos igual acceso a bibliografías, bibliotecas, medios de comunicación o emprendimientos editoriales, que quien vive en alguna de las grandes capitales. Y los más pueblerinos percibimos también diferencias de posibilidades con quienes están en ciudades mayores, o en las capitales de provincia.

Así lo indica Morisoli:

…”la respuesta probablemente será otra –y hasta muy otra-, cuando el creador afronta la instancia de dar a conocer su obra, de publicarla. O cuando desea conocer la literatura que se produce en otras provincias, en otras latitudes de la patria. O cuando necesita consultar determinadas bibliografías, sobre todo si se trata de editoriales no porteñas. Los modernos medios de comunicación electrónica, para quienes tienen acceso a ellos, sin duda han facilitado algunos de estos aspectos, pero no todos ni los esenciales.”

De suyo que esto de “publicar” no es algo por demás ajeno o distinto de escribir. La palabra es palabra en tanto es proferida, es pro-nunciada. Y así, la cuestión de dónde y cómo publicar no es accesoria sino ínsita a la escritura. He aquí una fecunda contradicción: estamos tratando lo instrumental, pero estamos tocando lo fundamental de la escritura de los escritores. Vamos a ello.

6) Plantearnos la constitución de un “espacio otro”.


La respuesta nace no sólo de la teoría. Don Durito de la Lacandona nos puede orientar nuevamente cuando afirma:

“La diferencia entre lo irremediable y lo necesario, es que para lo primero no hay que prepararse. Y sólo la preparación hace posible determinar lo segundo”.

¿Qué haremos, para superar lo irremediable e instaurar lo necesario? ¿Qué tenemos que preparar, para qué debemos prepararnos?


Propondría como idea orientadora, esta que expresa el subcomandante Marcos, en el encuentro de diciembre de 2007 que venimos espigando:


“Quisiera explicar lo que queremos señalar con el título general, eso de “Ni el centro, ni la periferia”.


Nosotros pensamos que no se trata sólo de evitar las trampas y concepciones, teóricas y analíticas en este caso, que el centro pone e impone a la periferia.


Tampoco se trata de invertir y ahora cambiar el centro gravitacional a la periferia, para de ahí “irradiar” al centro.


Creemos, en cambio, que esa otra teoría, algunos de cuyos trazos generales se han presentado aquí, debe romper también con esa lógica de centros y periferia, anclarse en las realidades que irrumpen, que emergen, y abrir nuevos caminos.”


Contrarrestar el discurso de la periferización, supone reconstituir, con otras prácticas, los espacios sociales. En cuanto escritores, supone que nos pongamos a construir un espacio distinto, otro espacio, ajeno a la disyuntiva centro – periferia. Producir este espacio otro, será una tarea concreta y libertaria. Me quiero salir del lugar del pobre provinciano que debiera ir a Buenos Aires, o a donde sea, para ser “reconocido”. Romper con la imagen que esa definición desde afuera me impone, y encontrarme con los otros en un ámbito ajeno a ella.

De otro modo, aquí estamos diciendo lo que Raúl Artola expresa en su definición “la periferia es nuestro centro”. Allí quedan tamizadas y superadas, en la creación, las categorías inmovilistas del análisis. “La realidad une lo que la analítica separaba”; o mejor que en ese aforismo de Franco Ferrarotti, en la osada enunciación de Artola, es la poética esa realidad que cuestiona y une.

Pero, ¿qué espacio se trataría de producir, qué rupturas, mediante nuestra práctica organizativa, asociativa, técnica – imbuídas de creatividad?

Si el movimiento es el que produce el espacio, ¿qué movimiento debemos darnos?

Como ácrata, me inclino hacia los espacios descentrados, reticulados. Y retomo algo que leí en Rafael Barret: la máquina, más que materia, es humanidad condensada. Por eso tiendo a pensar en propuestas que integren tecnologías nuevas y sentidos libertarios.

Sólo me animo a registrar algunos propósitos y formas que puede tener este movimiento. En todo caso, mucho de él será diseñado desde el movimiento mismo, una vez que se inicie – o se fortalezca, en algunos casos.

Creo que podemos y debiéramos avanzar en el acceso a la información y la bibliografía. Podemos formar una red de trabajo que nos permita acopiar páginas de autores patagónicos y ponerlos a disposición de todos los públicos, en espacios informáticos nuestros. Se trata de levantar textos a la red. Nutrirla con autores nacionales y regionales que no están en ella, en este barajar y dar de nuevo que provoca Internet (como lo provocó la imprenta, y antes el pergamino). Propongámonos transcribir e incluir aunque una página por día, de un autor patagónico. Vayámonos de aquí con un deber para hacer. Comencemos por aquellos que ya no están físicamente, previa clarificación de la cuestión de derechos de autor. Si no es posible colocar el texto completo, al menos ubiquemos una síntesis, algunas páginas elegidas.

En cuanto a las bibliotecas, referiré brevemente una experiencia. Durante dos años estuve compartiendo un trabajo en Bahía Blanca. Se trataba de poner las bases para un catálogo colectivo informatizado de las bibliotecas populares de esa ciudad. El objetivo final es que dentro de no mucho tiempo el lector de un barrio cualquiera, mediante la computadora que hay en su biblioteca popular (son veinte, y a todas se les consiguió esta clase de equipos), acceda al catálogo general. Y mediante un sistema de préstamo interbibliotecario, tenga la posibilidad de leer ese material que está en otra institución. Este, creo, es quizás un modo de construir “espacios otros”, ni centro ni periferia.

¿No podemos proponer, apoyar, alentar, proyectos similares a nivel regional? Y hasta hacer algún aporte informativo o bibliográfico para ellos.

Publicar a nuestros escritores requiere, además de la presentación en Internet, la producción de libros. Edgar Morisoli observa en su ponencia, que en la región no estamos huérfanos de imprentas ni faltos de iniciativas editoriales. Creo que podríamos comenzar haciendo un inventario de lo que ya está, y ver la manera en que como colectivo de escritores podemos hacer que sirva para difundir la obra de nuestros creadores. Acaso debiéramos proponer planes editoriales, también a los organismos estatales, para orientar o al menos poner en debate sus políticas de publicación.

También me pregunto cómo podemos enriquecer las iniciativas que ya están en marcha en materia de difusión de informaciones. Hay gente en nuestras provincias que puede ayudarnos a pensar qué clase de sistemas o publicaciones podemos buscar y promover.

No se trata de centro o de periferia, sino de construir nuestros espacios de escritura y de comunicación, ateniéndonos a nuestros fines y necesidades.

Y me parece que en ese mismo movimiento nos constituimos como patagónicos. Más allá de las diversas historias previas, y trayendo todos algo de esas historias, hacemos la casa, la causa común.

Si esta es una lucha de geografías y calendarios, como dijera Elías Contreras, entonces conviene que estemos instalados en otros tiempos y espacios, que no son los de las crisis bursátiles o los grandes negocios – ni siquiera los negocios editoriales.

Quisiera pensarnos en términos de aquel caracol del que habla el apólogo japonés recopilado por Jean Claude Carrière:

“- ¿Adónde vas? - le preguntó una mariposa a un caracol que subía lentamente por el tronco de un cerezo.
- A comer cerezas en la punta del árbol – respondió el lento caminante.
- Pero no hay ninguna cereza allí! –
- Las habrá cuando yo llegue.”

Sólo que en nuestro caso, mejor diríamos: “las habrá porque nosotros llegaremos.”
Gracias!


"Ni centro ni periferia". Tiempo, espacio, escritura, revolución. (1)




Ponencia presentada en el Encuentro de Escritores de la APE, Santa Rosa, 24 de octubre de 2008.


“NI CENTRO NI PERIFERIA”

LA ESCRITURA OREJANA Y EL ESPACIO DE LOS ESCRITORES PATAGONICOS

Queridas amigas y amigos:

Ante todo, un abrazo fraternal para las escritoras y los escritores pampeanos que nos invitan y nos reciben, con la cordialidad que siempre brinda este pueblo. Y la felicitación a los que integran la APE, por nada menos que un cuarto de siglo de existir, de porfiar, de convocar, de publicar… Veinticinco años centrados en la tarea de la escritura, y en el compromiso con el común.

Pensar, escribir, pronunciarse claramente ante todos y por todos… La trayectoria de Osvaldo Bayer, a quien felizmente tenemos presente y saludamos con admiración, corre por el mismo cauce que la de la APE, y con la misma fidelidad indeficiente a los valores humanos y sociales fundamentales.

Centro, periferia, margen, escritura: algunas ideas

Estuve intentando juntar algunas ideas sobre el tema de este Encuentro; la mayoría de ellas han sido tomadas de pensadores y activistas sociales que iré mencionando. Como cuando uno junta leña para un fuego: cada tronquito es el regalo de algún árbol o arbusto generoso.

Por empezar, el título ha sido copiado de una conferencia del subcomandante Marcos de diciembre de 2007.

En un primer resumen de lo que pude acopiar, anotaría que:

- el esquema conceptual centro – periferia sólo sirve de modo limitado para pensar la realidad y la posibilidad de cambio de los espacios sociales; en ocasiones puede servir al ocultamiento de la realidad y para desalentar la acción;

- cuando se vuelve imagen internalizada, el esquema centro / periferia es una metáfora que instaura el control y la tendencia a la reproducción, aún en los intentos o proyectos de cambio o revolución; y esto en varias escalas (desde el país o el mundo, hasta la interioridad de la persona);

- la escritura es ineludiblemente “excéntrica” (no condice con las acumulaciones de poder) y necesariamente “marginal”(porque está en la margen del río de Heráclito). Jonás no puede vivir cómodo indefinidamente; la palabra es molesta para los poderes constituidos;

- para los escritores, la diferencia de oportunidades y posibilidades según los espacios, no se plantea en relación con el escribir mismo, sino en relación con el entorno instrumental y con la difusión de la escritura. Pero la difusión es constitutiva del acto de escritura, y no un agregado final; porque no hay palabra antes o por fuera de ser pronunciada (lección que le debemos a la oralidad, pero que no sólo se aplica a ella);

- en la escritura misma, en el posicionamiento, en el “enradicamento”, los escritores fundamos con la palabra espacios “ni centro ni periferia”, o como los llama Edgar Morisoli, centros de sí mismos;

- la palabra es de por sí crítica hacia los poderes constituidos, hacia toda pretensión de centro;

- para acompañar la tarea de escribir, los escritores podemos producir espacios “ni centro ni periferia” de información, publicación, de soportes bibliográficos;

- este será un modo de reconstituir un espacio social no centro / no periferia desde nuestra propia práctica – intentando superar la hemiplejía teórica. Los movimientos construyen espacios; espacios otros. La reconstitución pasa por el movimiento de los escritores.


1. Brevísima historia del esquema centro - periferia

Comencé buscando algunas pistas sobre la historia de estos conceptos, pensando que ningún espacio es neutral o indiferente; tampoco el de las ideas y los vocablos. Como supo decir Henri Lefebvre. “El espacio ha sido formado y modelado por elementos históricos y naturales; pero esto ha sido un proceso político. El espacio es político e ideológico. Es un producto literalmente lleno de ideologías.” Que las palabras no son inocentes ni neutrales, lo sabemos – más aún por ser lectores y escritores. Entonces pensemos de dónde provienen, en qué circunstancias se generaron y con qué finalidades se utilizaron los términos “centro” y “periferia”. Para despegarnos de estas palabras, que a la vez son categorías, marcos del pensar, y poder así verlas, anverso y reverso.

Este modelo espacial centro – periferia nos viene del desarrollismo contemporáneo. En un reciente libro de los patagónicos Guido Galafassi y Andrés Dimitriu la geógrafa cuyana Ruth Eliana Gabay repasa el trazado de esa historia, vinculada a la CEPAL y al economista Raúl Prebisch, a partir de 1948.

Pobres y ricos, de eso se trataba. Y de una propuesta reformista frente a esa contradicción.

Prebisch trataba de explicar la evidente diferencia entre países pobres (periferia) y países ricos (economías centrales, centros). Para él, esa diferencia se debía a la brecha de productividad; y esta, a los ritmos dispares de apropiación de las innovaciones tecnológicas. El deterioro de los términos de intercambio se sumaba a esos factores de retraso de las periferias. Frente a esto la CEPAL alentaba en un primer momento la planificación, y a partir de los ‘60 el cambio en el perfil exportador de nuestras economías periféricas: estas debían comenzar a exportar manufacturas hacia las economías centrales. Este autor y su grupo postulaban un desarrollo equilibrado del centro y la periferia, mediante un replanteo de sus relaciones. Ideas reformistas por cierto, pero distantes de la visión ricardiana de las “ventajas comparativas” (caramelos versus acero en la nefasta versión de Martínez de Hoz).

Era una visión propia de los tiempos en que se creía en una “burguesía nacional” que podía comprometerse con un proyecto de desarrollo al que apostaría sus esfuerzos y sus propiedades. La idea tras el cortinado era: esto puede modificarse sin necesidad de una revolución o sin mayor trastorno social, mediante una alianza entre empresarios “nacionales” (es decir, capitales supuestamente nacionales), un Estado progresista, y una población que acompañe el proyecto. Con el tiempo, la periferia adoptaría rasgos de centro, y se atenuarían las diferencias entre economías pobres y ricas.

Este diseño espacial iba unido al mito del “crecimiento”: no se proponía redistribuir la torta, sino aumentarla indefinidamente, confiando que sólo con su aumento se lograría que todos pudieran llegar a comer algo de ella.

2. Las desigualdades en el espacio social. Otros conceptos.

Hoy ese esquema hace agua por todos lados. Pero me pareció también que cuando ahora decimos “centro” y “periferia”, tenemos de algún modo presentes otros bagajes conceptuales, y no sólo el del reformismo desarrollista.

Uno de ellos, el de la Geografía radical o crítica, que ya en la década de 1960 invitaba a que percibamos las contradicciones sociales en el espacio. Célebre es la observación de uno de los fundadores de esta corriente, Pierre George: “la mayor injusticia está dada por el lugar de nacimiento”; en efecto, esa localización inicial significa posibilidades de subsistencia y de calidad de vida muy distintas. Bastará un ejemplo entre muchos posibles: quien nace en algunos parajes de la Línea Sur rionegrina tiene un 60% más de posibilidades de morir sin asistencia médica que el nacido en Viedma o en General Roca.

Los geógrafos críticos marcaron así las diferencias entre espacios de riqueza y pobreza. Entendieron que su papel como científicos estaba en ese señalamiento, y no en la pretensión de formular un programa para superar las contradicciones.

En tiempos más recientes, el análisis del espacio instaló como tema central el estudio de los excedentes: para entender las disparidades, hay que detectar dónde se acumulan. Allí donde se da esa acumulación de excedentes, hay un centro. Y la periferia lo alimenta, proveyéndole esos excedentes. El mismo esquema se reproduce en otras escalas (centros de la periferia; centros que quedan como periferia ante centros de mayor concentración y jerarquía). Así lo marca Juan Carlos Moisés en los tramos iniciales de su reflexión, publicada en “El Camarote” y reproducida para este Encuentro.

3. Usos y limitaciones de estos esquemas.

En una primera aproximación, estos esquemas parecen ayudarnos a entender el espacio en que desarrollamos nuestras prácticas. En este caso, nuestras prácticas como escritores (que abarcan no sólo el momento de escribir).

Por cierto vivimos en un espacio desigual. Porque desigual es el reparto de los bienes en nuestra sociedad; y el espacio es un producto social. De modo que en él son desiguales las oportunidades de alcanzar ciertos bienes o servicios, desiguales las posibilidades de acceso a los medios de comunicación… Como decimos en criollo, “Dios atiende en Buenos Aires”. Linda frase para desarmar, que junta la divinidad, la capital y el poder.

También es una verdad de a puño que la riqueza de los ricos se debe a la pobreza de los pobres; generación a dos puntas. Y esto se da asimismo en la relación entre espacios.

Pero me parece necesario que nos hagamos más de una pregunta, partiendo de algo que también señalaba Lefebvre: las representaciones del espacio están cargadas de ideología, vinculadas al poder dominante:

“Son visiones y representaciones normalizadas presentes en las estructuras estatales, en la economía, y en la sociedad civil. Esta legibilidad produce efectivamente una simplificación del espacio, como si se tratara de una superficie transparente. De esta manera se produce una visión particular normalizada que ignora luchas, ambigüedades, y otras formas de ver, percibir e imaginar el mundo.”

Una primera pregunta: pasado el momento de reconocimiento de las diferencias en el espacio, estas representaciones esquemáticas ¿realmente dan cuenta de lo que sucede con nosotros, y entre nosotros y el espacio social? Y esta forma de representación, ¿sirve para dominar, para mantener el dominio, o sirve para libertar? ¿Alienta o desalienta la acción, el movimiento?

Ante todo pareciera que está faltando algo en la visión cepaliana de centro – periferia: la cuestión del poder. ¿Es posible plantearse como problema las relaciones centro – periferia, sin aludir a la cuestión del poder? Poder militar, poder político y poder simbólico ¿no son acaso los que permiten y sostienen las desigualdades en el espacio social? Pero si introducimos la cuestión del poder, entonces aceptaremos que pueden desarrollarse acciones que generen poder por fuera de este esquema espacial.

Por otra parte, diría que no sólo en el esquema de Prebisch sino también en los otros que he mencionado, la visión rígida “esto es centro, esto es periferia”, omite las transformaciones y mezclas que pueden darse y de hecho se dan en esos espacios. Hay espacios periféricos muy mezclados con los centrales, y por otro lado aparecen movimientos y sentidos nada periféricos en la llamada periferia.

Para decirlo con algunos ejemplos concretos: ¿están en el centro las personas que duermen entre cartones y trapos en los vestíbulos de bancos y negocios en el sector de las finanzas, la “city” de Buenos Aires? ¿Lo están las 600.000 familias a las que por estos días les cortaron la luz por falta de pago en los distritos de pequeña burguesía de Nueva York y Nueva Jersey? ¿Es periferia la Cutral Có que ha creado los piquetes? Cuando en el INVAP inventan un satélite, un radar o un reactor ¿eso sucede en el centro o en la periferia? ¿En qué centro estaba David Foster Wallace cuando se ahorcó hace tres semanas en California? ¿Están en la periferia Vuelta del Río, donde la comunidad Curiñanco Nahuelquir, junto a jóvenes universitarios y profesionales, recupera sus tierras frente a los Benetton; y la Selva Lacandona, donde en diciembre del 2007 se reúnen para tamizar pensamientos y prácticas don Pablo y John Berger, el señor Búho e Immanuel Wallerstein, la Magdalena y Naomí Klein y Elías Contreras y el Señor Durito? ¿Y los obreros de Zanón o de la Cooperativa de Trabajo de J.J. Gómez, que recuperó Fricader?

Viene a colación la sentencia de Don Durito de Lacandona, en el texto de Marcos ya citado: “El problema con la realidad, es que no sabe nada de teoría.”

Por otro lado, es para preguntarse si la insistencia en el esquema centro – periferia como “espacios que están ahí”, ya definidos (lo que llaman pensamiento esencialista, eso que Ernest Bloch calificaba como “transformar el devenir en estatua”), si esa esencialización no resulta en trampa, en tanto supone un espacio estático y sin rupturas. Así como el tiempo del evolucionismo socialdemócrata es un tiempo sin interrupciones revolucionarias, este espacio del desarrollismo es algo ya dado, inmóvil en sus rangos.

En el tiempo no sólo hay duración; se da la dimensión del kairos, irrupción que es reviviscencia y salto; y aquí me limito a aludir a Walter Benjamin y a Immanuel Wallerstein, a Rosa Luxemburgo con sus “tiempos interesantes”, al Jauretche de Paso de los Libres… Asimismo en el espacio surgen lugares de grieta y magma: Cutral Có, y la selva Lacandona, y… y todos podemos agregar emergentes parecidos, por todos lados.

Hay sístoles y diástoles de la acción de las colectividades en el espacio, que las forman como tales y que forman el espacio como tal.

Para un proyecto de acción, de liberación, ¿no es más acertada la representación de un espacio con rupturas? Con desigualdades sí, pero con rupturas.

¿No habría que partir de que el movimiento es lo que constituye el espacio? Lo digo con mis palabras, pero la idea es de Marcos como de Heráclito. Pensar que el movimiento crea espacio, lo produce, en vez de tener que insertarse en un espacio rígido, codificado, tal como preexistía. Pero entonces…

Y aún otra pregunta: ¿qué tiene que ver todo esto con la escritura? La de los escritores, confrontada con la de los escribas. Y la práctica social de los escritores como colectivo.

Pero antes de volver sobre la escritura, denme unos minutos para hablar de otras dimensiones de este modelo espacial. Me refiero a una antigua dimensión simbólica, y a su proyección sobre la imagen de nuestras propias personas.


(Sigue en parte 2)