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miércoles, 21 de enero de 2009

Mis dos Rosas. La abuela Choilao.

Tejedora mapuche, Cushamen.
Mis dos Rosas

La abuela Choilao


La Patagonia ha venido siendo tierra de expatriados, de refugiados. También yo lo era cuando llegué acá en 1975. Pronto supe que mi venida, como la de otros de mi generación, era apenas un episodio en una extendida historia de exilios terrestres o ultramarinos, tanto o más desgarradores. La zona del Colorado había sido también un punto de llegada para los mapuches expulsados de otras tierras, tierras más al oeste y al sur, cuando la ocupación militar y latifundista de 1878. Aquí habían encontrado más fuentes de trabajo, en campos donde pronto se fragmentó la gran propiedad; también había dispensario, escuela, tren hacia la ciudad cercana, y no era difícil hallar un terreno baldío para alzar el ranchito. Se entiende entonces que el primer camaruco que se menciona públicamente después de la ocupación fuera el celebrado en 1893 en Buena Parada, poblado originario sobre ese río que entonces tenía el color del lacre.

A poco de llegar supe de una abuela mapuche que en el pueblo era reconocida y valorada como tal. Doña Rosa Chuelan, o Choilao, era una mujer ya mayor, nacida hacia 1900, madre de muchas familias. Bajo un algarrobito en su patio de Buena Parada plantaba su telar, y en él tejía una fronda de matras, ponchos, fajas. Sobrevivía y alimentaba a más de un chico gracias a la venta de esos magníficos tejidos. Sus guardas recitaban mudamente los significados mágicos: la greca que es camino hacia los trasmundos, el choique que es galaxia (porque su plumaje forma las Nubes de Magallanes, en el cielo, donde los difuntos siguen en perenne y feliz cacería).

Mucho tiempo después supe que la abuela Choilao les había prohibido hablar “la lengua” (mapuzugun) a sus hijas y nietas. Y no quiso enseñarles a hilar ni a tejer. Las sacaba de su lado cuando estaba trabajando, con modales destemplados. Alguna de sus nietas aprendió un poco, espiando a hurtadillas. Ya mayor, viajaba con una beca municipal a Bahía Blanca… para aprender telar mapuche.

Un almanaque editado por el gobierno provincial en 1974 estuvo ilustrado con una gran foto de la abuela, toda su altivez y sabiduría ante el telar. Ella murió pobremente. Hoy son apenas menos pobres sus hijos y sus nietos.

En los años 70 todavía resultaba difícil comunicarse con la abuela Choilao. Ella tenía sus razones para recibir con cierta aspereza a los visitantes, y más aún si demostraban curiosidad, como en mi caso. Y tampoco eran muchos los que intentaban acercarse a los hermanos mapuche. Hoy sabemos más claramente que todos somos indios, en tanto que todos somos pobres. La escuela pública, bendita sea, supo ayudarnos a descubrir esto.

Rosa Choilao es una de mis dos Rosas. La otra es Rosa Luxemburgo. Ambas nacieron en países y pueblos sometidos. Una tuvo que guardar un forzado silencio. Pero su vientre preparó un desquite que recién está empezando en sus nietos. La otra hizo historia y poesía, habló en palabras y en revoluciones. No tuvo hijos de sangre, pero de tanto en tanto sucede que alguna calle en el mundo se llena con los hijos de su voz. Desde mis ojos y mi memoria, las dos Rosas suelen mirar lo que escribo; aspiro a sentir alguna vez su aprobación.

lunes, 5 de enero de 2009

Poetas, patrias, preguntas

Son preguntas que surgieron pensando en Juan Larrea y en algunos temas de la poesía de Robert Gurney. Sin duda él escribiría esto de modo mucho mejor.






Poetas, patrias, preguntas (en las huellas de Robert Gurney)



En las páginas de ciudades y poblados europeos en internet, suele aparecer una lista de personas destacadas que han nacido o viven allí.

Estuve buscando a mi amigo, el poeta Robert Gurney, en la página de Luton, donde nació; en la de St. Albans, donde vive; en la de Port Eynon, donde pasa algunas temporadas. Aparecen deportistas, cineastas, cantores exitosos y actores de cine, pero no él. Y en general, es raro que aparezca algún poeta.

En esta otra punta del mundo, a veces los poblados y las ciudades ni siquiera tienen una página donde asentar sus nombres. Pero cuando la tienen, es igualmente denso ese olvido.

¿Será que los poetas en estos tiempos tienen que ser necesariamente expatriados? Más que nada en estos tiempos, aunque no sólo en ellos. Homero fue un sin techo, y Dante un prófugo subversivo.

La lista de ejemplos cercanos es demasiado extensa:

Juan Larrea
exiliado en el silencio y en Córdoba

Rafael Alberti
contemplando las aguas de un río que nunca lo llevará de regreso a su tierra
por más que quiera pagarle al barquero con un canto

Héctor Ciocchini
obligado a exiliarse
por ser peligroso para la Argentina
su lápiz

Pizarnik expatriándose de este desvastamiento
definitivamente

Juan Gelman
otra vez recorriendo el camino de los expulsados de Sefarad
sin siquiera la gran llave de la que fue su casa

y Tilo Wenner y Paco Urondo
y todos los que fueron arrancados en flor -

pero qué pasa -
desde hace un tiempo los poetas no pueden tener patria

o estas patrias no quieren tener poetas
aunque les deben su existencia:

porque a ver
quién dijo por primera vez
Argentina –

no fueron las fuerzas vivas
ni las instituciones constituidas -



aunque no queda ni un retrato


de aquel
Martín del Barco Centenera.