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viernes, 6 de febrero de 2009

Las calles callan. Poesía.

Adoquines grandes en una calle de Buenos Aires.
“Las calles callan”

Durante varios meses estuve sin escribir poesía. Mi último libro, “Ciudad”, había quedado incompleto, y pensé que lo estaría por mucho tiempo. Hasta que en enero de 2009 Robert Gurney me envió un poema suyo en el que recordaba el empedrado de las calles de Luton. Comenzamos a conversar a distancia sobre las calles y sus pavimentos, y escribí “Las calles callan” en prosa. Luego ese texto se convirtió en esta poesía, donde también está el relato de Gabi Nacach y su murga, y la lucha de Lili Bina en Córdoba: sin saberlo, ayudaron a escribir esto.

Poesía

Las calles callan



1

Es tanto
lo que callan las calles.

Bajo el asfalto
están los adoquines
como niños hijos de reyes
ahogados en sus camas

sus rodillas marcadas
por cicatrices de aventuras:

les arrojábamos bulones
a reventar
cargados de potasio y de saña

para espantar al mundo
a los poderes constituidos
a las viejas del barrio.

Eran los tiempos de la resistencia
una señora pulcra se asustaba

- deben ser los peronistas
decía.



2

Los adoquines
ahí abajo
recordarán

el zapateo
de las herraduras

los caballos trotones de los carros
del lechero
el quintero
el panadero

venían
redoblando
desde un alba de potreros y de cuadras

cloqueando
que todo estaba bien
que el mundo
se prestaba a mantenernos
otro día.

Los adoquines festejaban
rompiendo en chispas.


3

Adoquines
de 20
centímetros de arista
hombro con hombro desparejos
de galeotes
en fila

o adoquines pequeños
granitullo
dibujando florones y abanicos
como en las viejas carpetitas de hilo

todos están
bajo el asfalto

con las muescas
que dejaban las mazas de diez kilos
de los presos

- penados
les decían

tallaban el granito
en Sierra Chica

cada uno
cada golpe
irrepetible.

Tanto
callan las calles.


4

Ni tampoco el asfalto
es inocente

su sombra coagulada
silencia bosques de helechos
derretidos

fétida
carne de dinosaurios

alas de libélulas

debieran poner letreros:
pisar con mucho cuidado.


5

El barrio donde viví
en Córdoba
antes se llamó Pueblo
General Paz

lo planeó un arquitecto
francés

calles y plazas como calmos gobelinos
soforas y lapachos de ademán cortesano

y rejas de balcones Segundo Imperio
segundo
imperio
con testas de leones en llamas
floreciendo
en el centro de un sol.

Una ciudad francesa
una alfombra de lujo

tendida sobre los campos de monte
donde en tiempos crecían
yeguadas y entreveros.

6

Ahí
en General Paz
me decían
hubo
una laguna
y un tala gigantesco
en la calle Deheza

- esto no lo vi escrito
en ningún libro.

En ese lugar
habían peleado
caballos y moharras
de cordobeses contra cordobeses
de federales contra liberales

la última batalla
(las batallas
siempre son las últimas).

Ganaron los liberales.

7

En 1940
descuajaron el tala
secaron la laguna
para facilitar el tránsito

ahora la gente
camino del mercado
pisa el campo de batalla
y no lo sabe

a comienzos de cada primavera
una bandada de pájaros da vueltas
buscan el agua
los juncos
donde anidaban sus ancestros
hace treinta generaciones.

Los viejos
cuando charlan en las noches de verano
de silla a silla
en la vereda

remojan su memoria
en aquella laguna sin nombre.


8

Cuando alguien sabe algo
con certeza
dice

me lo sé de memoria.

Yo me lo sé de memoria
a Agustín Tosco
en marcha
por las calles de Córdoba

por más que esas calles
ahora callen.


9

Lo veo
Agustín Tosco
erguido
dando un primer paso
de una marcha de mil millas

aplomado
como una efigie

rampante
como el obrero que viene marchando
desde 1936
desde un cartel
de la República Española

pero de medio perfil
está escuchando
a un compañero
que le dice algo.


10

Camina
Agustín Tosco
junto a Atilio López
el obrero
el que será elegido
vicegobernador
el que será asesinado
por el terror blanco

camina
por Vélez Sársfield

un paso y cae
el general Onganía
un paso y cae
el gobernador Uriburu
tan parecido al bicho que lleva su apellido
un paso y cae
el general Levingston

cuando camina
Agustín Tosco
junto a la muchedumbre.


11

Lo veo
de memoria

Agustín Tosco
el hombre de Luz y Fuerza
hombre de luz
hombre de fuerza

camina
con la muchedumbre
camina
por Vélez Sársfield
hasta la esquina de San Juan
camina
hacia el presidio de Trelew

(sus compañeros
van a marchar
hasta que él salga libre)

camina
hacia el hospital
donde va a morir
demasiado pronto.

Tantas calles caminó
y ahora ninguna lo nombra

tan firme fue
frente a los tiempos
y ahora
en una ciudad de tantas estatuas
no hay una
que imite su firmeza.


12

De tanto en tanto
una nueva multitud
camina
por el centro de Córdoba
van por Colón y luego
por Vélez Sársfield
hasta San Juan
donde ahora hay un shopping

y nada cae –

pareciera
que la multitud camina
del mismo modo que los pájaros
sobrevuelan
en círculos
el lugar donde estuvo la laguna.

Pero
quién sabe.


13

Gabi Nacach
es antropóloga
y murguera

me dice
elegí aprender y enseñar
con el cuerpo y el alma
bailando carnavales.

Han nacido 700 murgas
en los últimos diez años
y en este mes son 105
sólo
en el carnaval de Buenos Aires.

Los gobiernos militares
las habían prohibido

ahora
en este país célebremente triste
tenemos
más comparsas que regimientos
más murgueros que curas.
14

Tres veces por día
los noticieros de Buenos Aires
les avisan
a los automovilistas

tal avenida está cortada
por una marcha
por un piquete.

A este paso
entre murgas y reclamos
van a gastar el asfalto

a este paso
van a aflorar
los adoquines

van a contar
lo que las calles
callaban.

Río Colorado, febrero de 2009.


A Gabi Nacach, murguera en las calles de Buenos Aires.
A Lili Bina, luchadora en Córdoba.
A Bob Gurney, quien me enseñó palabras que destapan las piedras.

jueves, 22 de enero de 2009

Las calles callan. Héroes, poetas, batallas. Y adoquines.

LAS CALLES CALLAN

Héroes, poetas, batallas. Y adoquines.

Las calles callan tanto…

En una esquina de la cuadra donde viví en Córdoba, había habido tiempo antes una laguna; y a sus orillas, un gigantesco tala. Durante las noches tórridas del verano, en la charla con los vecinos nacidos allí añorábamos el reflejo de la luna sobre las ondas de esa laguna perdida, y sentíamos la ausencia del árbol campestre y enorme. Algunos pájaros daban vueltas sobre el lugar a comienzos de la primavera, como buscando las aguas y la sombra que ya no estaban.

A la orilla de esa laguna se había peleado una de las batallas de la guerra civil. En 1861 las tropas cordobesas que respondían al presidente Derqui, federal y hombre del interior, fueron derrotadas por las tropas cordobesas que respondían al general Mitre, liberal centralista y porteño. Fue un entrevero de caballerías, sin tiros ni huellas de hombres.

Después, en 1869, sobre esas mismas tierras se proyectaron, trazaron y vendieron los solares de un pueblo nuevo. Un arquitecto francés diseñó una plácida ciudad europea, con calles anchas, una plaza amplia, árboles extendidos, lugares para silencios y pasos lentos. La laguna quedó tapada por el pavimento, y el árbol fue talado.

A veces los sucesos, de tan intensos, se tornan metáforas. Esto de tapar un campo de batalla y el recuerdo de la batalla misma con una ciudad europeizante es también una imagen de nuestra peripecia nacional.

La historia siguió haciendo lo suyo. Ese nuevo Pueblo General Paz, así se llamaba, era independiente de la ciudad antigua. Recibía mercancías sin cobrar impuestos de ingreso. Hubo entonces una guerra aduanera y jurídicamente cordobesa, hasta que se zanjó la contienda incorporando a General Paz a la ciudad de Córdoba. Para prolongar la metáfora, hoy por hoy la antigua ciudad europea, enloquecida por los negocios inmobiliarios y los martillos neumáticos, es otro barrio, igual en su condición de tal a la Villa El Náilon o a Los Cuarenta Guasos.

Cuando andaba por Córdoba, la amada Córdoba, sentía que dos por tres, bajo un solado, en una cripta por descubrir o tras una pared, había una presencia como la del cuento del amontillado o la del gato amurado de Poe. Córdoba debe ser la ciudad argentina con más fantasmas reconocidos y oficializados por metro cuadrado, sea en criptas, en antiguos palacetes o al aire libre. Le hubiera encantado a Baudelaire, para quien los fantasmas eran la población más significativa de París. Azor Grimaut, el escritor de Córdoba, habría conversado gustosamente con Baudelaire, y le habría presentado a los fantasmas de su ciudad: los conocía personalmente, a todos.

Juan Larrea, Agustín Tosco

Después supe que uno de esos fantasmas se llama Juan Larrea (esto lo aprendí del poeta inglés y patagónico Robert Gurney). Por ahí anda un hombre que encarnó el verbo; sé que enseñaba en la universidad. ¿Dónde habrá vivido? ¿Qué caminata hacía diariamente por esa ciudad de su exilio?

Otro hombre me sale al paso, siempre, en la esquina de Colón y Vélez Sársfield, donde todavía está el mismo pavimento que él pisó. Allí debiera estar su efigie: la estatua de Agustín Tosco, caminando, avanzando un paso, con su noble mameluco, junto a otros. Tosco fue un gran poeta del siglo XX, por lo que escribió y por lo que hizo; y uno de los grandes autores del inmortal cordobazo, obra histórica y ópera colectiva inigualada. Desde esa esquina comenzó el tramo decisivo de su marcha, compartida con muchos. ¿Cómo una ciudad que tantas cosas recuerda no le ha dedicado esa estatua? Todo ese recorrido por la Vélez Sarsfield hasta el cruce con San Juan, fue una Vía de la Revolución o de la Rebelión, para la ciudad y para la Argentina. Pero en esa última esquina han erigido un shopping, el Patio Olmos. Por ahí suelen andar una chica y un joven remedando estatuas vivas, empolvados de blanco, a cambio de unas monedas. Esas estatuas no tienen aire cordobés ni mameluco – son impostada y vagamente clásicas, como el antiguo Pueblo General Paz. El sudor y el cansancio les corroen también a ellas la corteza marmórea y el ademán augusto. Más estatuarias siguen siendo las fotos de aquel Tosco en cuyo cuerpo y ropa revivían los carteles de la República Española.

Los adoquines de Bahía Blanca

Dicen que hay algún fantasma clásico en Bahía Blanca. Que alguien dejó un grabador encendido durante la noche en el Teatro Municipal vacío, y que allí quedaron registrados los aplausos de una concurrencia paqueta que anda por entre esas sombras. Pero en todo caso se trata de una población escasa. Los fantasmas que de veras claman y no se resignan a dormirse son otros, los que fueron sembrados entre 1975 y 1983.

Cuando camino por las calles de Bahía Blanca, entreveo en mi memoria los adoquines. Eran unos cubos grises, grandes y desparejos. Las tortuosas calles adoquinadas parecían una larga serie de jorobitas, que hacían resonar las ruedas de los carros y de los autos. Por la mañana se escuchaba el rítmico son de los cascos de los caballos. Tiempo después oí algo parecido, pero ejecutado por zapatos; era una música tradicional canadiense que trajo el amigo Gabriel Bendersky, musicólogo cordobés. Por entonces el lechero, el panadero, el carnicero y el pescadero venían en carros, y el clop clop los anunciaba con un matiz de alegría, de frescor matutino; un sonido que pregonaba que el mundo estaba funcionando, que los trabajadores de los tambos y las panaderías habían estado desde el alba preparando los alimentos para todos, que los pescadores habían regresado con sus lanchitas de las aguas de la bahía, que ciertas cosas andaban bien. Las herraduras sacaban chispas de los adoquines, y a veces quedaba en el aire un momentáneo aroma que recordaba al de la pólvora.

Eran los años que siguieron al golpe de 1955. Ignorantes de algunos aspectos de esa historia contemporánea, los chicos traviesos del barrio (es decir, todos) conseguíamos grandes bulones para un juego explosivo. Rellenábamos la rosca del bulón con carburo de potasio, o con potasio nomás, y luego apretábamos fuertemente la tuerca. El paso siguiente era arrojar el bulón con todas las fuerzas sobre un adoquín… y sentir que los tímpanos hacían ruido de papel roto cuando estallaba la carga explosiva. Quise decir que eran los tiempos de la resistencia peronista, y solía haber algún atentado. De modo que al escuchar nuestros bulonazos, las señoras del barrio salían a retarnos, y alguna, asustada, nos decía que basta, que había creído que eran los peronistas. Las demás callaban. Seguramente habrá adoquines a los que les falte alguna esquirla, ahí donde pegó y estalló un proyectil.

En otros lugares como Tandil había adoquines menudos, de diseño perfecto. Habrían hecho falta cuatro de esos adoquines mignon para equilibrar uno de los toscos cubos bahienses. A esos pequeños se los disponía con más arte, componiendo formas de palmeras abiertas en el pavimento; era todo un desafío pensar cómo los obreros armonizaban una palmera con otra en los bordes.

Unos y otros, adoquines mayores o menores, rutinarios o elegantes, fueron sustituidos en la década de 1960 por la uniformidad del asfalto. Los dueños de autos bendijeron el cambio en nombre de sus carrocerías. Se sabe que es muy fuerte la identificación del ser humano con el auto, con sus padecimientos y alegrías. Así el auto pasa a ser la víscera más importante de una persona.
No sólo recuerdo los adoquines de Bahía Blanca. Cuando muchachos sostuvimos alguna vez un idilio en la hermosa plaza Moreno (sobre la calle de este nombre, al 900). Una plaza de formato antiguo, con casuarinas, pérgolas de flores, y el suelo tapizado con conchilla blanca que traían de la costa de Punta Alta. Un día supimos que bajo esa plaza había un cementerio. Fue cerrado a fines del siglo XIX porque ya estaba repleto, con tantas víctimas de las pestes, y se creó uno nuevo en las afueras. Nuestros amores habían transcurrido, con sus penas y alegrías, sobre las constancias de la muerte. Quizás sea así siempre, pero no nos damos cuenta.

Una poesía de Robert Gurney

Bob Gurney es un hermano que me ha nacido en los últimos meses. Mientras esto escribo, sé que él sentirá como propios esos párrafos relacionados con Córdoba y con su Juan Larrea. También he venido a descubrir que él creció en Luton, donde había calles adoquinadas como las de mi infancia bahiense. Con elegancia y concisión que multiplican la carga emotiva, él expresa este modo de sentir las piedras, las calles, y lo que está oculto bajo lo visible:


Rhythms

The first poem I wrote
was triggered by the sound of high heels
striking the pavement
outside our house
in Luton.

I was fifteen.

A friend of mine,
who lives in Río Colorado,
remembers the clip-clop, clip-clop
of horse-shoes
hitting the cobble stones
outside his home
in Bahía Blanca.

He can still hear the echo.

Grey stones, flecked with quartz,
hacked out by convicts
from the quarries of Olavarría,
they are probably still there,
buried under the tarmac.

He can still picture
the tracks of the baker’s,
the milkman’s and the butcher’s carts
left in the dew.

Robert Gurney

En la traducción de Verónica Minieri:
Ritmos

El primer poema que escribí
lo desató el sonido de tacos altos
golpeando la vereda
fuera de nuestra casa
en Luton.

Tenía quince años.

Un amigo mío
que vive en Río Colorado
recuerda el clip-clop, clip-clop
de las herraduras
retumbando en los adoquines
fuera de su casa
en Bahia Blanca.

Todavía puede oír el eco.

Piedras grises, moteadas con cuarzo
partidas por convictos
en las canteras de Olavarría,
es probable que todavía estén ahí
sepultadas bajo el asfalto

Todavía puede ver en su mente
las huellas del carro del panadero
del lechero y del carnicero
que quedaron en el rocío.


... y otros ecos

En algunas calles los adoquines no fueron arrancados de su lecho de arena, sino simplemente tapados por el asfalto. A veces una rotura en el pavimento más moderno permite distinguir los hombros fuertes, intactos, de las viejas piedras que parían cantos y chispas. Esos cubos de granito venían de Sierra Chica, donde los labraban los presos. Cuánto esfuerzo, cuántas manos y cinturas fatigadas, cuánta maldición y quizás también cuánto de olvido, de distracción y hasta de risa ocasional en la cantera, ha sido tapiado con los adoquines de Bahía Blanca. Penurias, desgracias, maltratos y compañerismos que mutaron en caminos compartidos, cantarines, luminosos.
Este que llamamos "el mundo" es apenas uno entre los muchos mundos que conviven, se traslapan y se entrelazan. Siento que habitamos en niveles, como los infiernos y cielos del Dante, o quizás más certeramente, como los varios mundos superiores e inferiores que se conectan a través del rehue, el árbol mágico que es eje de universos. En cada calle de ciudad y en cada callejuela de nuestra entidad personal está el mundo de los presos, el de los soldados derrotados o vencedores, el de la laguna y el tala perdidos, el de los héroes que deciden caminarlas de modo irreversible, el de los poetas, el del tambo y la panadería con sus carros de reparto. Con todos esos personajes y con todos esos mundos me gustaría que nos encontremos. Y que estos renglones sirvan como una precaria guía para recorrer algo de lo que las calles callan.
También me quedo pensando en el modo de hacer que las calles vuelvan a decir lo suyo. Ponerles pies, canciones y estribillos que las hagan hablar. Algo así he compartido en una marcha contra un fraude electoral. Y también en un festejo de Carnaval, cuando las ciudades recobraron murgas y comparsas que habían estado prohibidas por los gobernantes del período oscuro.
Ramón
Río Colorado, enero de 2009.

martes, 7 de octubre de 2008

Poesía contra interventores. Olvido cordobés de Nicolás Guillén.

Poesía contra interventores
Olvido cordobés de Nicolás Guillén



Nada sé, nada se sabe,

ni nada sabré jamás,

nada han dicho los periódicos,

nada pude averiguar . . .

Era una mañana hermosa, en la primavera de un año terrible.

En la estación del Mitre esperaban los tres. Hablaban de las cosas del momento: los muchachos muertos en el mitin atacado por la derechista Legión Cívica; las cesantías en la Normal Garzón Agulla, que derruían la reforma del secundario de Luz Vieira Méndez; y más, más cesantías, en la Universidad y las escuelas.

Hay palabras típicas de cada tiempo. Algunas de la Argentina de 1947 son: intervención; cesantías (en plural); prohibición. En el correo detienen un libro de Waldo Frank, por ser de izquierda. A un alumno de la Jerónimo Luis de Cabrera le vedan pronunciar su discurso, pese a que es el mejor egresado. El Consejo de Educación prohíbe leer “El crimen de la guerra” de Juan B. Alberdi - inspirador de la Constitución Nacional.

Los tres hombres que están en la estación ferroviaria saben de estas cosas. Uno estuvo preso. Otro ha atendido a víctimas de una guerra civil, baleadas por pensar distinto. El tercero ha visto fraudes y asesinatos políticos. Quizás por eso están juntos aquí.

La locomotora negra entró resollando en la estación. El tren se detuvo y ellos se acercaron a los vagones dormitorios. La colecta había permitido pagarle al visitante un viaje cómodo.

Allí estaba él en la escalerilla, cargando su maleta. Moreno y rechoncho, de boca generosa y nariz “como nudo de corbata”, reconoció a uno de los tres:

- Amigo Gregorio, qué alegría...

Y el doctor Bermann hizo las presentaciones:

- Nicolás Guillén... El amigo David Kahn. El amigo Fantini.

Así llegó a Córdoba el poeta, el 10 de setiembre de 1947.

“Aquí están los que codo con codo
todo lo arriesgan; todo
lo dan con generosas manos;
aquí están los que se sienten hermanos” ...

Gregorio Bermann, cordobés, orador en actos mordidos por tiros y cachiporras, fue uno de nuestros primeros psicoterapeutas. Una paciente le dió el título que él más valoró: “el doctor que ayuda a vivir”. Sembró sus cartas por todo el país: en un arrinconado archivo de Bahía Blanca supe de su amor de lector por el ensayista peruano José Carlos Mariátegui.

Somos los libros que leímos. En una línea de Mariátegui encontró Bermann su propio pensar: “no hay separación entre la estética y lo político”. Para estos luchadores la poesía era el taller de diseño de una sociedad mejor. “La vanguardia poética es eso: vanguardia.” Política y poética se enlazaban para proyectarse más allá de versos y elecciones.

Bermann conoció a Nicolás Guillén durante la Guerra Civil española, y promovió su venida a Córdoba.

El Dr. Carlos Fantini tendrá apenas treinta años de edad y se dice radical: en pleno auge peronista, es una osadía. Y en los años ’30 y ’40, un marbete dudoso. Radical, de cuáles. Algunos pelearon contra el fraude autoritario, hasta la prisión y la muerte. Pero otros compartieron una fórmula con los fraudulentos. Algunos enfrentaron la corrupción; otros cobraron coimas. Pero este joven viene con gente de izquierda a recibir a Nicolás Guillén, el “hombre de seis mil versos” – ninguno de ellos complaciente o prosaico.

“No sé por qué piensas tú,
soldado, que te odio yo,
si somos la misma cosa
yo,
tú.” ...


El otro es el doctor David Kahn. Hijo de un inmigrante ucraniano que fue peón de campo, desempeñó mil oficios para poder estudiar. En 1943 lo detuvieron en una manifestación contra la dictadura. El gobierno militar llenó trenes de presos. Allí arracimados discutían y se ayudaban socialistas, comunistas, radicales. Kahn fue a parar a Devoto. Un preso dejó caer un papelito en una estación, para informar el rumbo del tren; y al punto de destino acudieron los amigos, con comida y pedidos de habeas corpus.

Kahn es un destacado alergólogo. Como Bermann, está abriendo rumbos en la medicina. Pero sabe que la salud, antes que en los consultorios, se gana en las luchas de la sociedad – o se pierde. Y él está donde haya una marcha, visible o invisible, por las causas de todos.

Los cuatro bromean mientras van hacia las grandes puertas de la estación: el visitante sabrá disculpar la ausencia de los interventores de la provincia y de la Universidad, ironizan…

Se estrechan las manos y quedan en verse al otro día. El poeta se aloja en “El Refugio”, la casa de Bermann y su esposa Leonilda.

Esa vez Guillén estuvo diez días en Córdoba. Gozó del abigarramiento, las charlas, la tonada, en esta ciudad donde la vida callejea. Fue a Villa del Totoral (donde también recalaba Pablo Neruda) donde paró en casa de Rodolfo Aráoz Alfaro y su esposa, la cuentista chilena Margarita Aguirre. Anduvo por Río Cuarto, y de allí volvió a la capital provincial.

La Alianza Francesa y el partido Comunista lo agasajan. Pero no lo nombran las revistas literarias o académicas. Quizás incomoda su afiliación al comunismo.

Sólo encuentro su huella en La Voz del Interior del 11 de setiembre:

“Nicolás Guillén visitó nuestra Casa. Desde ayer es huésped de nuestra ciudad el famoso poeta cubano”...“Su visita responde a la iniciativa de un grupo de intelectuales del medio, interesados en brindar a las gentes de esta ciudad la oportunidad de escuchar al poeta en la interpretación de sus propios versos. Hombre de vasta cultura y nobles inquietudes, ofrece el poderoso atractivo de una recia personalidad que hemos podido apreciar en su visita a nuestra casa”

En la foto están él, Bermann, Kahn y el redactor Manuel Herrera. Se anuncia que va a leer y comentar sus poesías en rueda de amigos, “en un local de Avenida Olmos 165”; firmará ejemplares de sus obras en la Librería de Miguel Molina en pasaje Muñoz, y dará una conferencia en la Asociación Española.

Al otro día, el diario trae palabras de Guillén:

“Hemos mirado siempre hacia Europa, despreocupándonos de lo americano. Para lograr nuestra emancipación del tutelaje espiritual, debemos conocernos y entendernos mejor”…“liberarnos de Europa para abarcar mejor las cosas nuestras.” ...
La poesía debe ser fundamentalmente poesía; pero no deben faltarle los indispensables elementos de rebeldía, de carácter revolucionario social y humano, para que tenga realmente dimensión lírica” …

Guillén se sacó una foto ante una cámara de cajón en la Plaza San Martín. El niño de entonces que hoy me confía la foto, recuerda una discusión con él. Al chico le parecía injurioso llamarlo “negro”. El poeta, que usaba con ufanía esta palabra para referirse a sí mismo, le dijo a Osvaldo Kahn que injuriosa no es la negritud sino la esclavitud, cualquiera sea su forma.

A fines de setiembre Guillén partió de Córdoba, y poco después de la Argentina. En su despedida dejó un mensaje a los poetas: “bajen de la torre de marfil quienes aún no lo han hecho, y aprendan que el derecho a la rosa no está nunca antes que el derecho a la vida “.

En La Voz del Interior, Gregorio Bermann le dedicó un artículo:

“Gracias a Guillén tocamos el milagroso cuerpo de un verdadero poeta” … “De esta poesía que está tan distante de la subpoesía, como la ciencia de los sabios de verdad, de la de los mercaderes del conocimiento que pululan por nuestras universidades y comisiones culturales. Ojalá Córdoba, tan falta de poetas como sobrada de doctores y versificadores, encuentre en el claro y alto ejemplo de Nicolás Guillén, una de sus fuentes de superior inspiración.”

En un libro póstumo, Guillén recordaría a Córdoba:

“lo criollo gana en hondura a medida que se aleja de la calle Florida.”... Las ciudades del interior “crecen no como Buenos Aires, de afuera hacia adentro, sino como los árboles, de la raíz hacia el sol.”...”Córdoba, con su famosa universidad tres veces centenaria, con su alma inconfundible, viva hasta en el acento con que suena el español en la voz de sus habitantes, nos transmite una ambición cosmopolita.”...

...Estos son los que sueñan despiertos,
los que en el fondo de la mina luchan
y allí la voz escuchan
con que gritan los vivos y los muertos


Córdoba tiene para Guillén el rostro de sus huéspedes

“amigos de las artes y las letras en perpetua vigilia”... "No llega a la Capital figura de algún conocimiento a quien falte su invitación para visitar el interior: tales heroicos amigos afrontan los gastos de traslado y residencia y retribuyen de manera generosa la actividad intelectual del visitante, agasajado y atendido con una discreción, con una fineza que en nada desmerecen del ámbito porteño.”

Pero a la vez señala un punto de fractura:

“En manos del Gral. Perón la cultura oficial ha devenido mediocre, por el afán “centralizador” del gobierno. Muchas grandes figuras de la enseñanza fueron desplazadas y sustituidas en universidades y liceos por una burocracia de aluvión. Pero la cultura “oficial” no es la cultura argentina, que vibra en el aire rebelde, y en los núcleos amantes de ella, diseminados por el territorio nacional.”

El triunfo de los interventores

Aquellos interventores han sido olvidados. Casi tanto como aquel “moderno calientapies eléctrico Gignoli”. Y mucho más que don Fulgencio, Mandrake, el Toddy o la pomada Sloan.

Pero ganaron la batalla. Porque la presencia de Nicolás Guillén y la obra de sus amigos siguen excluidas de la memoria colectiva. Ningún nombre de calle recuerda a Bermann, Kahn, Juan Zanetti. Y no hay otros hitos que nos inviten a preguntarnos quiénes fueron y qué hicieron esas personas.

Es mucho lo que se olvida con esa visita, que atravesó una encrucijada de nuestra historia reciente, un momento en que el control del estado buscaba ocupar y controlar espacios generados y gestionados por una sociedad llena de vitalidad, en asociaciones y grupos independientes. En medio de esa batalla que la sociedad perdió, y mientras llovían intervenciones, cesantías y prohibiciones, algunos cordobeses se empeñaron en seguir generando actividades culturales y educativas autónomas.

¿Será por eso que quisieron olvidarlos?


(Esta crónica es parte de "Historia de Olvidos".)

Textos de N. Guillén tomados de Motivos de son (1930), Cantos para soldados... (1937), Páginas vueltas (1989) y Prosa de prisa (1961). Datos brindados por la Dra. Silvia Bermann y el Dr. Osvaldo Kahn, y de la obra de Luis V. Sommi.

P.S.:

El querido amigo a distancia Robert Gurney, a quien conozco indirectamente gracias a la compartida amistad de Raúl Artola, me hizo llegar esta poesía de la que es autor:


La vanguardia


Leí ayer
parte de
la Historia de Olvidos
de Ramón Minieri
y cómo Córdoba olvidó
a Nicolás Guillén.

Habla de Gregorio Bermann
y José Carlos Mariátegui.

Bermann encontró
su propio pensamiento
en unas líneas
de Mariategui.

Dice:
Somos también
los libros
que hemos leído.

No hay separación
entre la estética
y lo político.

La poesía
es el taller de diseño
de una sociedad mejor.

La vanguardia poética
es eso
vanguardia.

Política y poética
se enlazan
para proyectarse
más allá
de versos
y elecciones.

¿Es por eso que mataron
a Lorca
a Tilo Wenner
y desterraron a Larrea,
a Alberti,
y a no sé cuántos más?





Gracias, Robert.