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viernes, 1 de enero de 2010

Canciones de poder. Grândola Vila Morena y la Revolución de los Claveles. 1.

Soldados portugueses en las calles de Lisboa durante la Revolución de los Claveles, el 25-4-1974.
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Canciones que matan

Hay canciones que matan y hay canciones liberadoras, canciones que dan vida.

Sin que lo sepan sus intérpretes, ni aún sus mismos autores, hay canciones tan deletéreas como pegadizas. Quienes las escuchan y repiten de buena fe, quedan atrapados en la red de un discurso que termina fatalmente mal.

Por caso, las letras que realimentan la violencia romántica, los crímenes por amor. Violencia simbólica, erotizada, justificada por la pasión; pero igualmente criminosa, porque toda violencia lo es, en cualquier escala y modalidad.

Los equipos multidisciplinarios, los servicios de prevención, los ministerios, las comisarías y los consultorios que trabajan para extirpar la violencia contra las mujeres, tienen en su contra al poder de una música de consumo masivo. Mientras un cuartetero proclame Si te agarro con otro te mato (Cacho Castaña); mientras otros desdeñen a su pareja momentánea llamándola La culona, o le adviertan al amigo que ella Quiere acabar contigo (Los Dragones); mientras se escuchen y repitan temas como Matando la liga, de Wisin y Yandel (Nosotros somos así nosotros merca timamos / si hay que matarnos por mi madre nos matamos; otra letra alternativa advierte: Mami subete a mi moto cuidado que no te bajes con los panties rotos¸te doy cabillo,te güileo y te azoto); mientras eso se cante, se baile, se recite, se aplauda, la lucha será despareja. Cuanto más, la causa de los derechos humanos logrará un empate; se atenderá más o menos a las víctimas, se las resguardará, y no siempre, de sus victimarios.
Por eso buscar y alentar la verdadera poesía, ofrecer alternativas en la música, son cuestiones de Estado. Cuando se abandona la educación artística en la escuela elemental o en el secundario, cuando no se educan la sensibilidad y la razón para que los ciudadanos logren establecer cierta distancia crítica frente a los productos de la industria cultural de masas, los gobiernos están cometiendo crímenes de lesa humanidad. Se trata de la poesía, tonto.

Nada de esto es novedoso. Así como los orre eran salutíferos, también hubo tangos suicidógenos y boleros sadomasoquistas. De chico supe de una muchacha del vecindario que murió por obedecer a un valsecito de moda: se tomó una botella de lavandina, porque según la letra aquella, al amor desdeñado sólo le cabía la muerte como final.

Canciones para vivir

Felizmente hay también canciones verdaderas, canciones que dan vida y liberan. Es que una verdadera canción no puede sino pretender amor, justicia y libertad para todos; no hay cantares propiamente tales si están al servicio del disvalor. Aún los himnos nazis y fascistas apelan a la camaradería, la solidaridad, la valentía. Tienen que disfrazarse de generosidad revolucionaria para que se los cante con entusiasmo.

Toda canción verdadera anticipa la revolución, el reordenamiento poético de la realidad. Y más: por ser canción, es en sí misma la revolución. En el espacio del cantar, vivimos el tiempo y el paisaje de la libertad y la hermandad logradas. De no ser así, de no ser una intrusión del kairos en el cronos, ¿cómo podría ser la fuente del más bello trastorno?

Uno de estos cantares revolución se llama “Grândola, vila morena.” Nació en Portugal, en 1964, y contribuyó a la caída de un régimen tiránico, ferozmente aburrido.

Buchonlandia, 1926-1974

Antonio de Oliveira Salazar (1889 – 1970) había dirigido con mano de hierro y censura filosa el estado portugués, desde las sombras o a plena luz, nada menos que entre 1926 y 1968, cuando por fin un accidente doméstico lo dejó imbécil; sus allegados le hicieron creer que seguía gobernando hasta que murió en 1970. Fue el dictador más duradero del siglo XX, más que Stalin, Mussolini o Hitler. Compitió amistosamente por ese record con Francisco Franco, al que había ayudado en tiempos de la Guerra Civil española. Para Juan Rafael Llerena Amadeo, ministro de Educación del dictador argentino Videla, era Oliveira Salazar un modelo de estadista, porque había impuesto al Portugal un rumbo inapelable “como quien contempla una estrella, y hacia allí dirige el navío”. Y látigo y sudor para los remeros allá abajo.

Antes de tomar todo el poder estatal, Oliveira Salazar había establecido una favorable imagen pública con su actuación como ministro de Hacienda y mago de las finanzas, capaz de ordenar las cuentas del gobierno y conseguir empréstitos. Como un Domingo Cavallo, pero exitoso. La buena prensa y la gente de orden lo aplaudían. Una vez dueño del gobierno, diseñó el Estado Novo, corporativo y espión. Una guardia de choque, la GNR (Guardia Nacional Republicana), servía para disolver manifestaciones y protestas callejeras, no sin producir víctimas. Su policía política, la DIPE, llegó a enrolar o a enredar a uno de cada tres adultos, como agentes, informantes, infiltrados o relacionados. Era Buchonlandia, el paraíso añorado y envidiado por los mediocres James, Macris y Rodríguez Larretas de estas sureñas latitudes.

¡Pobre Puerto Alegre, Puerto Bello, Puerto Poesía; pobre Portugal! A Salazar lo sucedió, sin que el anciano llegara a enterarse jamás, Marcelo Caetano, un seudo reformista que mantuvo los controles sobre sus compatriotas y la guerra colonialista en el África. Una canción ayudaría a derrocarlo.


Pero no desesperemos. Ahí viene la canción.


(Termina en el post siguiente)

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Canciones de poder. Grândola Vila Morena y la revolución de los claveles. 2.



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La canción

Frente a Oliveira Salazar, a Marcelo Caetano, a la DIPE y al aparato dictatorial, un cantautor con una guitarra. “Zeca Afonso” (1929 – 1987) o simplemente Zeca (según los documentos, José Manuel Cerqueira Afonso dos Santos), portugués de nacimiento, había conocido Angola y Mozambique en su juventud. Inició su carrera musical como cantante tradicionalista, hasta que empezó a componer: entonces los barrios pobres, el colonialismo y la proscripción inspiraron la poesía de sus canciones. Para 1967 había sido expulsado de la docencia, y entre detención y detención tuvo que ganarse la vida con la música.

En ese tramo de su vida, Zeca compuso “Grândola, vila morena.” Había conocido la villa de Grándola cuando fue allí a dar un recital, en mayo de 1964: era un pueblo de reducidas dimensiones, que hoy llega apenas a los 15.000 habitantes… pero con una interesante Biblioteca comunitaria, un Centro de música denominado nada menos que “Sociedad Musical Fraternidad Operaria Grandolense”, y una despierta conciencia política revolucionaria, a pesar de los buchones y los esbirros.

Para eludir la censura, Zeca grabó la canción en Hérouville (Francia) en 1971. Transcribimos su letra, que es casi innecesario traducir al castellano:

Grândola, vila morena
Terra da fraternidade
O povo é quem mais ordena /el pueblo es quien más ordena/
Dentro de ti, ó cidade
Dentro de ti, ó cidade
O povo é quem mais ordena
Terra da fraternidade
Grândola, vila morena
Em cada esquina um amigo
Em cada rosto igualdade
Grândola, vila morena
Terra da fraternidade
Terra da fraternidade
Grândola, vila morena

Em cada rosto igualdade
O povo é quem mais ordena
À sombra duma azinheira /encina/
Que já não sabia a idade
Jurei ter por companheira
Grândola a tua vontade /tu voluntad/
Grândola a tua vontade
Jurei ter por companheira
À sombra duma azinheira
Que já não sabia a idade

El elemento que en una lectura apresurada parecería superfluo, la encina, es sin embargo un centro simbólico de los significados de la canción. A la sombra de una encina cuya edad ya no se sabe… qué mejor metáfora para nombrar al pueblo y su cultura, árbol antiguo y fuerte. El álbum que incluía esta canción se llamó “Cantigas do Maio”… en el calendario boreal, el mes de la renovación, el renacimiento, la revolución. A despecho de la censura, el disco se difundió clandestinamente y la canción fue escuchada, interpretada en las calles y reiterada en silbidos y tonadas.

Mientras crecía Grândola en las mentes y en los labios, la guerra colonial portuguesa se empantanaba en Angola, Guinea y Mozambique. Por ahí andaba el Che, peleando junto a angoleños y cubanos. Marcelo Caetano persistía en el ciego empeño colonialista; pero los militares habían comenzado a pensar por cuenta propia; algunos de ellos se habían interesado por el pensamiento socialista. Se formaba el Movimiento de las Fuerzas Armadas, en el que se agruparon los oficiales dispuestos a ponerle fin al régimen. Varios de ellos concurrieron a un recital de Zeca en marzo de 1974, en el Coliseo de Lisboa; y eligieron esa canción, que cerraba el espectáculo, como contraseña para el comienzo del movimiento armado. No por casualidad: la resonancia popular y el contenido de la letra condecían con las aspiraciones de los iniciadores de la revolución.

La revolución de los claveles

Quienes padecimos el servicio militar obligatorio, conocimos de cerca la limitada creatividad de los oficiales a la hora de elegir contraseñas. "Naranja - pato" supo ser la más original. Pero lo habitual era "Patria - Independencia", o "San Martín - Chacabuco", o "Ejército - Patria". Costaba recordarlas, de tan parecidas.

En cambio, la revolución portuguesa estuvo señalada por la poesía; dos canciones fueron sus indicadoras. La primera, “Y después del adiós”, de Paulo de Carvalho, fue emitida a la hora 23 del día 24 de abril de 1974. La segunda, que indicaba el avance de la revolución y la salida a la calle de las tropas de Lisboa, fue Grândola, Vila Morena. Se la escuchó en Radio Renascença a las 0.20 del día 25.

A pesar del pedido de los oficiales para que el pueblo no se expusiera, el común ocupó las calles, y cargó con claveles las bocas de los fusiles. Bastaron seis horas para que desapareciera el poder del régimen.

José Afonso narró con sencillez sus impresiones de esos días:

“Viví el 25 de Abril una especie de deslumbramiento. Fui hacia el Carmen, anduve por ahí... Estaba entusiasmado de tal modo con el fenómeno político que no me fijé bien, o no le di importancia, a lo de Grândola. Sólo más tarde, cuando se produjeron los ataques fascistas del 28 de septiembre o los del 11 de marzo y Grândola era cantada en los momentos de más grave peligro o de mayor entusiasmo, me di cuenta de todo lo que significaba y, naturalmente, tuve una cierta satisfacción.”

“Una cierta satisfacción” que por lo visto fue suficiente premio para Zeca; se rehusó a ser condecorado con la Orden de la Libertad.

Marzo, abril, mayo

El calendario también sabe de poesía. Se da una correlación cronológica en torno a la canción y la revolución. “Grândola” fue compuesta en marzo, a comienzos de la primavera en Portugal; fue contraseña de la revolución de abril, plena estación de las flores, tiempo de los claveles; y el disco que la contenía estuvo bajo la advocación de Mayo. Abril en Portugal era el momento propicio para una revolución popular; porque en los días tibios de primavera la calle “que es la cara de la historia” según Rafael Barret, se presta a reflejar los rasgos y los gestos de la multitud. La revolución de los claveles, el Mayo del ’68, el 17 de octubre del 45, la toma de la Bastilla en pleno verano, destellan de soles y gentes, a diferencia de los invernales golpes de junio de 1944, junio también de 1966, y el otoñal 24 de marzo de 1976, al que seguiría el invierno más largo y mortífero de nuestra historia reciente.

En cuanto a Portugal, antes de fines de 1975, y superando los dos intentos de golpe fascista, el pueblo había elegido a sus constituyentes y se había dictado una nueva carta fundamental. El país contaba con un gobierno representativo, había garantizado la independencia de sus colonias africanas, y estaba nacionalizando las grandes empresas y la banca. Tan luego una revolución de claveles y canciones, cómo no iba a cumplir con su promesa: “fascismo nunca más”.

Supongo que Llerena Amadeo se habrá sentido apenado con estos cambios. Y habrá querido desquitarse en nuestro país a partir de 1976, sacrificando personas a la estrella de su preferencia.

Pero las canciones, siempre, siempre son más fuertes.

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