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sábado, 21 de marzo de 2009

El coleccionista de pájaros, 1. A raíz de un artículo de James Lee Peters.


James Lee Peters, 1889 - 1957. Visitó Río Colorado en 1921.

Presentación de James Lee Peters

La imaginación es irreverente. Cuando supe de la existencia de un tal James Lee Peters y de sus capturas de pajaritos en el valle del Colorado en 1921, me figuré un inglés garza de ojos claros, lentes redondos, zancas largas enfundadas en breeches, red y gomera en mano, dando carreritas por esos campos de Dios y de los alpatacos.

Esa imagen estaba contaminada con la del estrafalario villano entomólogo de El Sabueso de los Baskerville. Al personaje lo supuse británico porque la noticia de su existencia me la hizo llegar Caroline Holder, amiga que vive en Inglaterra. Ella descubrió y está traduciendo el libro (*) donde una muchacha inglesa, Mollie Robertson, evocó su niñez en la Línea Sur hasta 1923. Ese mismo año, el ornitólogo Peters publicó un artículo (**) sobre las aves de verano en la Patagonia; en él agradecía la hospitalidad que en la estancia Huanuluan le brindó su administrador, el padre de Mollie. Con este dato externo Caroline fortalecía las pruebas de la historia narrada en el libro de Mollie. Y como Peters también menciona las aves de Río Colorado, me envió copia del artículo.

Contra mis fantasías, James Peters no era ni delgado ni zancudo, ni inglés. Su foto y el obituario lo retratan retacón, de sólido cuerpo redondeado. Y pertenecía a una linajuda familia del riñón norteamericano, afincada en Boston desde los tiempos de los Padres Peregrinos. Tampoco usó gomera para cazar los pajaritos, sino un práctico rifle – malhadado, digo yo.

Nacido en Boston en 1889, Peters se graduó en Harvard, y llegó a ser Presidente de la Sociedad Ornitológica Americana. A su muerte (en 1957) era reconocido por su obra magna, siete volúmenes de una Check List of Birds in the World – Lista de control de los pájaros del mundo. La obra fue continuada por otros especialistas, que utilizaron los ficheros de Peters, hasta alcanzar dieciséis volúmenes. Todos los pajaritos están enrolados allí, salvo los que seamos capaces de empollar en nuestra pura invención.

“Es, y será durante años, la única lista de control de la avifauna del mundo” afirman de la Check List dos epígonos de Peters, M Ross Lein y Bruce Beehler.

Antes de esta, la mejor lista había sido la de Carlos Luciano Bonaparte, príncipe de Canino, sobrino de Napoleón el Grande. Carlos Luciano conquistador de los aires, había publicado en Leiden su Conspectus Generum Avium entre 1850 y 1857.

Desde muy joven James Peters se había interesado por la observación de la naturaleza. En 1904, con 15 años de edad, participó en una expedición a la isla Magdalen (Québec). Allí su dedicación llamó la atención de los adultos: haciendo equilibrio sobre el borde del acantilado, se dedicaba a juntar los pájaros muertos por sus choques contra el faro, para luego alinearlos prolijamente y clasificarlos. Apenas graduado, y trabajando sin sueldo para el Museo de Zoología Comparada de Harvard, realizó una serie de viajes de estudio de aves por América Central y por el Sur de EEUU.

Fue reclutado para la Guerra Mundial; y cuando regresó de la Alemania ocupada, su superior John C. Phillips lo envió en viaje a la Argentina, para recopilar datos sobre las Anátidas (la familia de los patos). Peters estuvo entonces (en 1921) en Mendoza, luego en Tucumán, y finalmente se vino para la Patagonia. Su objetivo final era la Línea Sur de Río Negro. De esta correría le quedó un sobrenombre: Patagonia Pete.

Todo el mundo en un fichero

De vuelta en Harvard, fue designado asistente del Museo; años después lo promovieron a Curador auxiliar, y en 1932 a Curador titular, cargo que ocupó hasta su muerte. Antes de esa fecha había viajado por el Caribe y Centroamérica. Completó su conocimiento de las aves mediante las colecciones de ejemplares de Asia y África existentes en el Museo.

En 1923 comenzó a reunir un fichero de todos los pájaros del mundo. Con dejo paciente, anotaba que ese trabajo le llevaría unos diez años. En 1931 publicó el primer volumen de su Lista de Control; y al año siguiente se casó de por vida.

Parece que una vez terminados sus viajes, Peters llevó una vida de lo más rutinaria. Durante años y hasta su muerte, viajaba todos los días entre Harvard y Cambridge. Trabajaba allí con los ficheros, se reunía con algún colega en el Club o en la Asociación, y vuelta a casa. No terminó con las fichas en 1932; apenas si iba por la mitad del trabajo cuando murió en 1957. Es decir que pasó 34 años en esa tarea.

Su escritura es sobria, obediente a un modelo de escrito científico que excluye los valores estéticos. Basta comparar cualquiera de los asientos de su contabilidad mundial, con algún párrafo de Guillermo Enrique Hudson relativo a la misma especie.

Un ejemplo. Acerca de la torcaza, Peters anota (p. 288): Zenaida Auriculata Auriculata / …/ Residente veraniego muy común del oeste de Río Negro.” … “El 14 de noviembre maté una hembra que tenía un huevo en la cloaca, listo para poner; pero no encontré el primer nido hasta el 1º de diciembre”…”El pájaro que había matado antes, el 11 de setiembre, estaba evidentemente en muda prenupcial” … “Al desollarlo se encontraron varias plumas pennadas sobre el pecho y los flancos.”

Los despachos de Peters sobre las Anátidas, objetivo principal de su viaje, son algo más extensos, pero no más expresivos. Comparemos: sobre la misma Zenaida, Hudson nos dice (en “Aves del Plata”):

“En el territorio argentino ésta es la especie más común del grupo de las Palomas. Es conocida por todos como "Torcasa", probable corrupción de Tórtola.

/…/ Cuando el cardo gigante cubre los campos en verano, un número increíble de Torcazas aparece, ya avanzada la estación y por lo general pasa todo el invierno en los campos, congregándose cada tarde, en cantidades incontables, en cualquier sitio donde haya árboles suficientes para ofrecer un lugar de descanso que les convenga.


En los días claros y tibios de agosto, el dulce y triste canto parecido a un sollozo de esta Paloma se oye en todas las arboledas. Se compone de cinco notas y es un sonido agradable, suave y susurrante que le hace a uno sentir, con anticipación, el lánguido sentimiento veraniego en las venas.”

Acto seguido Hudson describe el nido de la Zenaida, y comenta su preferencia por la vecindad de las habitaciones humanas. Y narra una historia de adopción y regreso:

/…/ “Un verano, una Torcaza puso un huevo en el nido de una de mis Palomas domésticas que estaba construido en la ancha rama horizontal de un árbol, a cierta distancia del palomar. El huevo fue incubado y el pichón criado por sus padres adoptivos. Cuando pudo volar estableció su domicilio con las demás Palomas. A la primavera siguiente comenzó a separarse de sus compañeras, volaba hasta el porche y permanecía allí arrullando todo el día.

Al fin voló a la arboleda, donde según creo encontró pareja y no la vimos más.”


De casa al trabajo

Peters murió a los 68 años, cuando todavía estaba fichando pájaros. Extraña constatar que en el país del trabajo en equipo, no había dejado colaboradores preparados ni un plan escrito para facilitar la continuación de su Lista universal.

Me quedo pensando en ese hombre de traje gris, reloj de bolsillo y corbata de pintitas, pulcramente peinado, todos los días de casa al trabajo y del trabajo a casa. En su amistad con un solo amigo que también era su colega académico, Alexander Wetmore, que escribió su obituario; en su perdurable monogamia (como la del carpintero real, hasta donde puede uno confiar en los informes); y en su devoción de oficinista de las aves a ese monstruoso fichero que le permitió adquirir fama.

Las palabras suelen posarse en algunos diccionarios – no en todos. En un excelente diccionario etimológico encuentro varias pistas para el significado originario de “pájaro”. Un etimólogo sostiene que nuestro vocablo “pájaro” y el inglés “sparrow” (gorrión) proceden del latino “pan-ser”; y este, de “Spandere”: expandir, desplegarse. El vocablo originario fue spar, vibrar, lanzarse.

Qué se desplegaba en James Peters, cuál fue la expansión, el vibrar y el arrojo que aprendió de los pájaros. Qué le quedó de ellos.

En el tramo siguiente veremos qué aves registró en la comarca del Colorado.

Referencias

(*) Robertson, Mollie. The Sand, the Wind and the Sierras. Days in Patagonia. Illust. by Maurice Wilson. London, Geoffrey Bles, 1964.

(**) Peters, James Lee. Notes on Some Summer Birds of Northern Patagonia. (Bull. of the Museum of Comparative Zoology at Harvard Coll., Vol. LXV, nº 9. Cambridge, Mass., May 1923.)

El coleccionista de pájaros, 2. Perennidad de las aves del Colorado.

Cisnes en la laguna "reinventada" de Río Colorado, en 2009. Para ampliar la imagen, hacer doble click con el ratón.

Las aves de agosto en la comarca del Colorado

Los pájaros que Peters mató, escalpeló y clasificó, han dejado descendencia hasta hoy. Sus vuelos y canciones siguen ensanchando el aire. Él sólo anotó los que andaban por aquí en agosto. Declara: “hice mi primera escala entre el 8 y el 10 de agosto en Río Colorado, un pueblito al sur de la vía férrea, donde esta cruza el río Colorado.” De modo que no encontró a las aves que vienen en primavera: cisnes de cuello negro, (Cygnus melancoryphus), remolineras, (Cinclodes fuscus fuscus), junqueros o totoreros (Phleocriptes melanops melanops), Tachurís siete colores(Tachuris Rubigastra Rubigastra), tordos (turdus magellanicus); correnderas o cachirlas (Anthus correndera correndera, mencionada en la pág. 329 de su trabajo); Tordos negros cobijas amarillas o Varilleros Alas Amarillas, (Agelaius Thilius Chrysopterus p. 336); pechos colorados grandes (“loicas”, Trupialis militaris militaris, p. 337); la encantadora ratonerita (Troglodytes musculus magellanicus, p. 328) mentada también como cucarachero, o algunas variedades de golondrinas.

Tras una somera descripción de las bardas, la vegetación de cactos y jarillas y la aridez del lugar, Peters narra su partida en auto de pasajeros hacia “un pequeño puerto en el Golfo San Matías, San Antonio del Oeste” (sic) el 11 de agosto. Un viaje de 150 millas, dice, con escala en Conesa. En ambos lugares cazó pájaros; y en San Antonio tomó el tren hasta Maquinchao.
El país de la jarilla
Peters (p. 282) señala en un comentario inicial las aves características del país de la jarilla, es decir el intervalle del Colorado y el Negro. Son: el gallito copetón o pampa guanaco (Rhynocripta lanecolata), un cascarrabias al que es fácil capturar, pues basta con desafiarlo para que se acerque a pelear; el gallito arena (Teledromas fuscus); el canastero (Siptornis patagonicus); el piojito copetón (Spizitornis parulus patagonicus); el cachudito amarillo o piojito copetón pico amarillo (Spizitornis flavirostris); y el chingolito (Brachyspiza capensis choraules).

En el cuerpo de este artículo de 56 páginas, alude a otros habitantes alados que cazó en inmediaciones del Colorado: chorlo cabezón (p. 294) (Oreopholus ruficollis ruficollis); teru terus (295), chimangos (304); los muy sociables y conversadores loros barranqueros (Cyanoliseus patagonus, pág. 308); comunes cerca del río Colorado; andaba una bandada de unos veinticinco por los alrededores del pueblo”; gallitos (310); canasteros (Siptornis baeri); viuditas negras de ala blanca (knipolegus anthracinus); viuditas; dormilonas caranegras (Muscisaxicola macloviana mentalis) cuya capital parece estar en Carmen de Patagones (322); bellas y diminutas calandritas (Stigmatura budytoides flavo cinerea); que sólo halló en Río Colorado; piojitos copetones panza amarilla, también llamados doraditos copetones (Spizitornis parulus patagonicus, p.324); cortarramas (Phytotoma rutilla rutilla); golondrinas patagónicas, (Tachycineta meyeni) especie que considera “bastante común en el Colorado en invierno”; calandrias moras (Mimus patagonicus patagonicus); cabecitas negras (p. 331 Spinus ictericus ictericus); chingolitos de cuello colorado (Brachyspiza Capensis Choraules p. 332); Chingolos (Brachyspiza capensis canicapilla, p. 333) que encontró en la zona en agosto; también al Yal, (Rhopospina fruticeti p. 335) "en agosto lo encontré en abundancia en Río Colorado, donde aparece en bandadas compactas de sesenta a setenta individuos en los arbustos espinosos cercanos al río” ; y Diucas (Diuca diuca diuca Molina p. 335); así como diucas chicas (Diuca Diuca Minor Bonaparte p. 336).

Dejó al margen de sus afanes a las omnipresentes torcazas, como a martinetas, garzas moras, benteveos y avestruces, que sí cazaría luego en Huanuluan y Maquinchao.

Peters nos brinda un inventario y nos informa someramente acerca de la existencia y las cantidades de aves. Sin pena ni alegría, hace constar que su estudio se basa en 750 pieles con plumas de los ejemplares que cazó en su viaje. Si uno pretende otra clase de acercamiento a estos pájaros, resultado de un largo tiempo de observación y convivencia, así como un mayor conocimiento de los hábitos de estas criaturas, será mejor que acuda al libro “Aves del Plata” de Guillermo Enrique Hudson. Merced a la buena voluntad y al esfuerzo de los sostenedores del sitio “Bibliotecas Virtuales”, y al levantamiento del copyright en este caso, podemos encontrar en Internet el libro completo, en cuidadosa presentación.

Hasta aquí la crónica de James Lee Peters, coleccionista de pájaros. En el tramo siguiente consultaremos el parecer de los propios pájaros, y de algún poeta.


Marzo de 2009.


El coleccionista de pájaros, 3. Juicio de las aves y los poetas.

Se constituye una de las salas del Jurado. Loros barranqueros.


Empecemos por los loros.


Como estoy de parte de los pájaros, a ellos consulté acerca de las actividades de Mr. Peters, de las páginas de Hudson, y de los afanes de los ornitólogos de nuestros días.



No se crea que son incapaces de opinar al respecto. Mientras esto escribo, escucho a los loros barranqueros que repostan dos veces por día en un gigantesco árbol de Orgullo del Paraíso que comparto con un vecino. Les encantan los frutos de este árbol; cuando van por la mañana hacia el norte, y cuando al atardecer regresan de las chacras ribereñas hacia sus cuevas al sur, se demoran un rato aquí para una picadita, como amigos que comparten un vermut. Hace casi treinta años, desde que vine a vivir aquí, que se detienen y charletean un buen rato entre bocado y bocado.



Los loros barranqueros bien pueden vivir treinta, cuarenta y hasta cincuenta años. De manera que por los días en que James L. Peters los vio en bandadas, y mató alguno con el rifle para poder luego corroborar su clasificación, estaban en actividad las abuelas y los abuelos de estos loros de hoy; quizás en algún caso, las madres y los padres. Conociendo su carácter conversador, estimo que la semblanza de aquel viajero y su modo de proceder ha de ser de público conocimiento entre los loros, y por contagio en el resto de la comunidad pajaril. Es un logro de memoria y transmisión oral bastante modesto, si se lo compara con lo que asegura Milorad Pavic – que algunos loros yugoslavos son los únicos que todavía repiten ciertas palabras del perdido idioma de los jázaros del medioevo.



En este blog presidido por el rey de las aves, rey que es extrema autoridad democrática, pues lo constituyen las aves mismas en su viaje de búsqueda, la opinión de los pájaros es decisiva. Ellos no se referirán a la persona de Peters; les parece superficial juzgar o sentenciar a un individuo. Su mentalidad es de bandada y de especie. Por este motivo su juicio habrá de referirse a los seres humanos y a sus modos de conocimiento.
Un aria con pájaros y máquinas
Mientras leemos la transcripción de su parecer, propongo que escuchemos Les Oiseaux dans le Charmille, aria de los Cuentos de Hoffman, opereta de Offenbach estrenada en 1881. Es otro modo de referirse a los pájaros; aquí Natalie Dessay, afronta el difícil cometido de cantar una canción de amor como un encantador robot, porque su personaje es el de un autómata.
La bella interpretación de Sumi Jo es más expresiva. Por eso he preferido la de Natalie Dessay, que me pareció más ajustada a la historia de Hoffmann y Offenbach.
Hay una tensión entre la escena y la canción misma. La escena plantea el conflicto entre los humanos y esas sus criaturas que los enajenan, las máquinas. En cambio la letra de la canción, tierna e ingenua, alude a la antigua relación poética entre los pájaros y los humanos enamorados. No es una letra muy compleja; téngase en cuenta que la debe cantar una muñeca que para colmo tiene corto el resorte de la cuerda:

I


Les oiseaux dans la charmille // Los pájaros en la enramada,

Dans les cieux l'astre du jour, // El astro del día en el cielo,

Tout parle à la jeune fille d'amour! // A la muchacha todo le habla de amor!


Ah! Voilà la chanson gentille // Ah, esta es la bella canción,

La chanson d'Olympia! // Ah! La canción de Olimpia! Ah!


II

Tout ce qui chante et resone // Todo lo que canta y resuena

Et soupire, tour à tour, // Y suspira, a su turno,

Emeut son coeur qui frissonne d'amour! // Mueve su corazón que tiembla de amor!

Ah! Voilà la chanson mignonne // Ah, esta es la canción modosa,

La chanson d'Olympia! Ah! // La canción de Olimpia! Ah!


Sigamos con el juicio a los ornitólogos. Pájaros y poetas nos preguntamos si acaso el trabajo de James Lee Peters y de otros como él contribuyó a entendernos mejor entre ambos vecinos de este mismo planeta.


Quizás ese conocimiento no pasó de ser una extensa serie de rótulos. Qué le quedaba a Peters, decíamos, y qué nos queda a sus lectores, de aquello con que los pájaros nos ayudan a soportar y apreciar este universo. Qué de la canción, del vuelo, del temblor, en esas 750 pieles vacías y en ese fichero universal que tanto valoró, como Hoffmann se enamoró de una muñeca de cuerda.

Aunque no contemos con un manual para clasificar ornitólogos, y otros ólogos, intentemos improvisar una caracterización.

Habrá sido casual que un miembro de la familia de Napoleón haya precedido a Peters en su empeño taxonómico… ¿o será que la clasificación y la dominación están muy cerca una de la otra, en ese modelo de conocimiento que compartían Carlos Luciano Bonaparte y James L. Peters? Quizás en ese paradigma el conocimiento estaba dirigido a la dominación del objeto. Y hallar la denominación era un paso en el camino a la dominación. Modelo compartido, con una diferencia de matiz: el imperio de Peters acentúa sus rasgos de dominio por la vía de lo administrativo.

Por cierto James Lee Peters no era epistemólogo. Y él alegaría que no tenía por qué serlo. (En cambio, después de tantos desastres asociados a la ciencia y al conocimiento, quizás en nuestros tiempos todo científico deba serlo en alguna medida). También se nos dirá que el procedimiento aplicado por él constituyó etapa necesaria y ya superada en el proceso del conocimiento. Pero esa etapa no parece tan superada, al menos en el conocimiento aplicado a la dominación y la explotación de la Tierra y del trabajo. Aquello que resulta arcaico en los libros de ecología, sigue en vigencia en la economía. Un modelo tanatológico, reductivo y exhaustivo del conocimiento, que daba algo por incorporado a la ciencia cuando no quedaba nada sin explicar, cuando todo lo animado se había reducido a piezas inanimadas, cuando el objeto de algún modo quedaba ultimado, ese modelo se prolonga hoy en formas de explotación destructiva. Simurgh pregunta qué hacemos con o contra los pájaros, es decir con nosotros.

Un clásico de la ornitología contemporánea interroga en su título Where have all the birds gone? (*) ¿Adónde se han ido todos los pájaros? Allí mismo irán todos los seres humanos.


Otro es el paradigma, otro el modo de saber y acercarse que proponen la poesía y de la música. Por definición, este modo excluye lo exhaustivo, puesto que la fuente de la poética es el misterio presente. Y no puede ser tanatológico, porque procede precisamente de manera inversa: comienza por la vida y por el conjunto, para poder acceder a las partículas; sin la especie o la bandada no entenderíamos a ese pájaro solitario; sin Simurgh, el individuo perdería lo más preciado, su travesía; la suma de sus plumas y huesos no lo constituye.

La visión poética hizo que Guillermo Enrique Hudson entendiera a los pájaros de un modo más integral, superando el modelo corriente en su tiempo. Los mismos pájaros que observó Peters siguen volando y cantando por aquí. También los que describió Hudson en la zona de Patagones y Viedma siguen habitando las mimas tierras, las mismas orillas y a veces hasta los mismos montes.



No sé si he encontrado así una prueba para mi prejuicio de que las aves son eternas. O al menos, más perdurables que los hombres. Quizás los pájaros se presten a ese mito de la perdurabilidad, porque encarnan la poesía, el viaje y la música: tres constantes del género humano y de nuestros procesos de individuación, de iniciación y esclarecimiento. Al borde de lo inexplicable, sigue viviente el misterio de la música. Tan débil como parece… Sin embargo puede que todavía estemos escuchando en el flamenco actual las melodías que las danzarinas gaditanas acompañaban con castañuelas en tiempos de Plinio; y que en la bola suriana estén danzando toltecas y mexicas.

Como lo supo y lo dijo Borges en "El Tango":

“Hecho de polvo y tiempo, el hombre dura

menos que la liviana melodia,

que sólo es tiempo”


Y como los pájaros son melodía, ellos y quienes los aman perduran, a pesar y aprovechándose de los ornitólogos. Me incluyo en esa bandada.


(*) Terborgh, J. Where have all the birds gone? Essays on the Biology and Conservation of Birds That Migrate to the American Tropics. New Jersey, Princeton University Press, 1989