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martes, 7 de abril de 2009

Albañiles de música

Salina del Bajo del Gualicho, foto de Marcos Zimmermann.

Quise compartir con los amigos de este blog un párrafo de la novela “Diccionario Jázaro” de Milorad Pavic. Creo que al leerlo se siente la música de la sal; y el canto del viento en un lugar como el gran salitral del Gualicho. El texto es uno de los artículos del segundo diccionario de los tres que componen la novela, el llamado “Libro Verde. Fuentes islámicas sobre la cuestión jázara” y dice así:

Albañil de música. Entre los jázaros había albañiles que tallaban enormes bloques de sal y los colocaban en la ruta de los vientos. Sobre la ruta de cada uno de los cuarenta vientos jázaros (de los cuales una mitad era salada y la otra dulce) se construía un grupo de rocas saladas y cada año, cuando llegaba el período en que los vientos se renuevan, la gente se reunía en esos lugares para decidir qué albañil había compuesto la canción más bella. De hecho, los vientos en contacto con aquellas rocas, al pasar entre ellos o al peinar las aristas, tocaban cada vez una canción distinta, hasta que los bloques de sal junto con los albañiles se diluían para siempre lavados por las lluvias, azotados por las miradas de los transeúntes y lamidos por las lenguas de los carneros y bueyes.


(Me quedo pensando en los artistas y en sus obras.)

sábado, 21 de marzo de 2009

El coleccionista de pájaros, 3. Juicio de las aves y los poetas.

Se constituye una de las salas del Jurado. Loros barranqueros.


Empecemos por los loros.


Como estoy de parte de los pájaros, a ellos consulté acerca de las actividades de Mr. Peters, de las páginas de Hudson, y de los afanes de los ornitólogos de nuestros días.



No se crea que son incapaces de opinar al respecto. Mientras esto escribo, escucho a los loros barranqueros que repostan dos veces por día en un gigantesco árbol de Orgullo del Paraíso que comparto con un vecino. Les encantan los frutos de este árbol; cuando van por la mañana hacia el norte, y cuando al atardecer regresan de las chacras ribereñas hacia sus cuevas al sur, se demoran un rato aquí para una picadita, como amigos que comparten un vermut. Hace casi treinta años, desde que vine a vivir aquí, que se detienen y charletean un buen rato entre bocado y bocado.



Los loros barranqueros bien pueden vivir treinta, cuarenta y hasta cincuenta años. De manera que por los días en que James L. Peters los vio en bandadas, y mató alguno con el rifle para poder luego corroborar su clasificación, estaban en actividad las abuelas y los abuelos de estos loros de hoy; quizás en algún caso, las madres y los padres. Conociendo su carácter conversador, estimo que la semblanza de aquel viajero y su modo de proceder ha de ser de público conocimiento entre los loros, y por contagio en el resto de la comunidad pajaril. Es un logro de memoria y transmisión oral bastante modesto, si se lo compara con lo que asegura Milorad Pavic – que algunos loros yugoslavos son los únicos que todavía repiten ciertas palabras del perdido idioma de los jázaros del medioevo.



En este blog presidido por el rey de las aves, rey que es extrema autoridad democrática, pues lo constituyen las aves mismas en su viaje de búsqueda, la opinión de los pájaros es decisiva. Ellos no se referirán a la persona de Peters; les parece superficial juzgar o sentenciar a un individuo. Su mentalidad es de bandada y de especie. Por este motivo su juicio habrá de referirse a los seres humanos y a sus modos de conocimiento.
Un aria con pájaros y máquinas
Mientras leemos la transcripción de su parecer, propongo que escuchemos Les Oiseaux dans le Charmille, aria de los Cuentos de Hoffman, opereta de Offenbach estrenada en 1881. Es otro modo de referirse a los pájaros; aquí Natalie Dessay, afronta el difícil cometido de cantar una canción de amor como un encantador robot, porque su personaje es el de un autómata.
La bella interpretación de Sumi Jo es más expresiva. Por eso he preferido la de Natalie Dessay, que me pareció más ajustada a la historia de Hoffmann y Offenbach.
Hay una tensión entre la escena y la canción misma. La escena plantea el conflicto entre los humanos y esas sus criaturas que los enajenan, las máquinas. En cambio la letra de la canción, tierna e ingenua, alude a la antigua relación poética entre los pájaros y los humanos enamorados. No es una letra muy compleja; téngase en cuenta que la debe cantar una muñeca que para colmo tiene corto el resorte de la cuerda:

I


Les oiseaux dans la charmille // Los pájaros en la enramada,

Dans les cieux l'astre du jour, // El astro del día en el cielo,

Tout parle à la jeune fille d'amour! // A la muchacha todo le habla de amor!


Ah! Voilà la chanson gentille // Ah, esta es la bella canción,

La chanson d'Olympia! // Ah! La canción de Olimpia! Ah!


II

Tout ce qui chante et resone // Todo lo que canta y resuena

Et soupire, tour à tour, // Y suspira, a su turno,

Emeut son coeur qui frissonne d'amour! // Mueve su corazón que tiembla de amor!

Ah! Voilà la chanson mignonne // Ah, esta es la canción modosa,

La chanson d'Olympia! Ah! // La canción de Olimpia! Ah!


Sigamos con el juicio a los ornitólogos. Pájaros y poetas nos preguntamos si acaso el trabajo de James Lee Peters y de otros como él contribuyó a entendernos mejor entre ambos vecinos de este mismo planeta.


Quizás ese conocimiento no pasó de ser una extensa serie de rótulos. Qué le quedaba a Peters, decíamos, y qué nos queda a sus lectores, de aquello con que los pájaros nos ayudan a soportar y apreciar este universo. Qué de la canción, del vuelo, del temblor, en esas 750 pieles vacías y en ese fichero universal que tanto valoró, como Hoffmann se enamoró de una muñeca de cuerda.

Aunque no contemos con un manual para clasificar ornitólogos, y otros ólogos, intentemos improvisar una caracterización.

Habrá sido casual que un miembro de la familia de Napoleón haya precedido a Peters en su empeño taxonómico… ¿o será que la clasificación y la dominación están muy cerca una de la otra, en ese modelo de conocimiento que compartían Carlos Luciano Bonaparte y James L. Peters? Quizás en ese paradigma el conocimiento estaba dirigido a la dominación del objeto. Y hallar la denominación era un paso en el camino a la dominación. Modelo compartido, con una diferencia de matiz: el imperio de Peters acentúa sus rasgos de dominio por la vía de lo administrativo.

Por cierto James Lee Peters no era epistemólogo. Y él alegaría que no tenía por qué serlo. (En cambio, después de tantos desastres asociados a la ciencia y al conocimiento, quizás en nuestros tiempos todo científico deba serlo en alguna medida). También se nos dirá que el procedimiento aplicado por él constituyó etapa necesaria y ya superada en el proceso del conocimiento. Pero esa etapa no parece tan superada, al menos en el conocimiento aplicado a la dominación y la explotación de la Tierra y del trabajo. Aquello que resulta arcaico en los libros de ecología, sigue en vigencia en la economía. Un modelo tanatológico, reductivo y exhaustivo del conocimiento, que daba algo por incorporado a la ciencia cuando no quedaba nada sin explicar, cuando todo lo animado se había reducido a piezas inanimadas, cuando el objeto de algún modo quedaba ultimado, ese modelo se prolonga hoy en formas de explotación destructiva. Simurgh pregunta qué hacemos con o contra los pájaros, es decir con nosotros.

Un clásico de la ornitología contemporánea interroga en su título Where have all the birds gone? (*) ¿Adónde se han ido todos los pájaros? Allí mismo irán todos los seres humanos.


Otro es el paradigma, otro el modo de saber y acercarse que proponen la poesía y de la música. Por definición, este modo excluye lo exhaustivo, puesto que la fuente de la poética es el misterio presente. Y no puede ser tanatológico, porque procede precisamente de manera inversa: comienza por la vida y por el conjunto, para poder acceder a las partículas; sin la especie o la bandada no entenderíamos a ese pájaro solitario; sin Simurgh, el individuo perdería lo más preciado, su travesía; la suma de sus plumas y huesos no lo constituye.

La visión poética hizo que Guillermo Enrique Hudson entendiera a los pájaros de un modo más integral, superando el modelo corriente en su tiempo. Los mismos pájaros que observó Peters siguen volando y cantando por aquí. También los que describió Hudson en la zona de Patagones y Viedma siguen habitando las mimas tierras, las mismas orillas y a veces hasta los mismos montes.



No sé si he encontrado así una prueba para mi prejuicio de que las aves son eternas. O al menos, más perdurables que los hombres. Quizás los pájaros se presten a ese mito de la perdurabilidad, porque encarnan la poesía, el viaje y la música: tres constantes del género humano y de nuestros procesos de individuación, de iniciación y esclarecimiento. Al borde de lo inexplicable, sigue viviente el misterio de la música. Tan débil como parece… Sin embargo puede que todavía estemos escuchando en el flamenco actual las melodías que las danzarinas gaditanas acompañaban con castañuelas en tiempos de Plinio; y que en la bola suriana estén danzando toltecas y mexicas.

Como lo supo y lo dijo Borges en "El Tango":

“Hecho de polvo y tiempo, el hombre dura

menos que la liviana melodia,

que sólo es tiempo”


Y como los pájaros son melodía, ellos y quienes los aman perduran, a pesar y aprovechándose de los ornitólogos. Me incluyo en esa bandada.


(*) Terborgh, J. Where have all the birds gone? Essays on the Biology and Conservation of Birds That Migrate to the American Tropics. New Jersey, Princeton University Press, 1989

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Diccionario Jázaro. Novela léxico de Milorad Pavic.

(En la foto, el escritor Milorad Pavic - Nacido en Belgrado en 1929.)

Mil libros en un libro

Milorad Pavic. Diccionario Jázaro. Novela léxico en 100.000 palabras. Ejemplar femenino.

Sin saber nada de literatura ni de crítica literaria, quise comentar la lectura de esta obra, quizás para afrontar el enigma de por qué un libro, ciertos trazos negros sobre un fondo blanco, a uno lo fascina y captura. Por qué habrá lecturas que son como mujeres fatales. (Como mujeres mujeres, en fin. )

Este de Pavic, es mil libros en un libro. Casi diría que cada página y cada renglón son umbrales para otro libro más, otro distinto.

La estructura de esta novela es tan soberana, tan insuperable en lo suyo, tan libérrima en su imaginería, que arriesga no existir. Pero afortunadamente sigue ligada a la tierra y al tiempo por mil ataduras mínimas, como el cuerpo de Gulliver en Liliput. Eso la mantiene acá y la hace legible.

Comenzando por el lugar: el escritor Milorad Pavic es nacido, criado y habita en Belgrado. Ciudad, se nos dice, que ha sido conquistada por cuarenta ejércitos, y reconstruida 38 veces sobre sus ruinas.

Pero el lugar es no sólo espacio, es a la vez tiempo. El lenguaje heredado nos engaña cuando separa ambas dimensiones. Captar el tiempo de Belgrado pide un esfuerzo especial, en nuestra era de saturación informativa como política de olvido, en que a fuerza de noticias superpuestas y sucesivas, la historia inmediata queda tapada. Pero Belgrado es la ciudad donde se cometió el primer historicidio calificado como tal por la UNESCO, en tiempos recientes: el bombardeo de la Biblioteca Nacional por los aviones de Clinton y la OTAN, que para nada fue, según confesión de los mandos, un efecto no deseado. Con la Biblioteca se destruyó buena parte de la memoria escrita de los pueblos eslavos del sur, especialmente serbio croatas. Pavic es especialista en la lengua y la literatura serbias.

Estas destrucciones, y las siempre dudosas supervivencias, están en la novela, que consiste en tres diccionarios cruzados, referidos a un pueblo extinguido. Tres diccionarios que son tres lenguajes, es decir tres culturas, es decir tres visiones del mundo, es decir como mínimo tres mundos, donde de distintas maneras se inserta a los jázaros. Todo un debate de interpretaciones contrapuestas, de historias narradas de distintas maneras, aún contradictorias, se da en torno a los ya inexistentes jázaros, a su conversión al cristianismo, al judaísmo y al Islam (según quién la cuenta), con abundancia de razones y episodios que hacen veraz a cada una de ellas.

Así como son tres los diccionarios desde los que se mira y se narra a los jázaros, son tres los personajes que a fines del siglo XVII se encuentran y desencuentran compilándolos, hasta que se mueren o se matan de consuno. Cristiano, turco y judío; imposible la victoria plena o duradera de ninguno. Y otra vez en 1982, por una de esas simetrías caras a Borges y a los que tapizaron de espejos los pasillos de Versalles, tres émulos contemporáneos viven una fatídica historia semejante, con crímenes oscuros incluídos.

En estas tierras que constituyen un corredor de destrucciones, desde los aqueos, pasando por los hunos, los bizantinos, los cruzados, los turcos, y hasta los superbombarderos de las democracias de Occidente, es imposible que una historia se quiera basar solamente en documentos de frágil papel. Hay otros documentos que debieran venir a ayudar: parte del idioma jázaro ha quedado quizás (siempre es quizás) en el parloteo de los loros de la región. Y puede que otros sucesos sean accesibles por la vía del sueño. Asimismo hay libros que están sólo en la memoria de un sirviente que los fue aprendiendo día a día.


Con este comentario deshilvanado no pretendo “dar a entender” el libro de Pavic; tampoco resumirlo. Sólo dar noticia de él, e invitar a otros a la lectura, para no sentirme yo solo con tanta riqueza – y con esta sensación de no estar haciendo sino una cata muy parcial.

Llegado acá entonces, me limitaré a recordar algunas de las muchas imágenes por donde transcurre el relato. Pavic es un imaginero cuyas orfebrerías son de imposible transcripción cinematográfica: sólo pueden transmitirse con las mismas palabras de que están hechas. Y cada una de esas imágenes es metáfora desplegable en varios planos. Tropológica también, porque todas se refieren a nosotros.

Imágenes: la de un libro imprescindible que se hereda en una familia y que se extingue porque su último dueño lo utiliza, hoja por hoja, comida tras comida, para absorber la insana grasa de su plato. Y los hijos no pueden poner coto al desastre. La de otro libro que tiene derecho y revés, y que incluye un reloj de arena, reloj que organiza la lectura, pues hay que invertir el libro y pasar a leer desde el otro extremo, cuando la arena deja de correr. La de un hombre famoso “por saber valorar un sable por su sonido, como se hace con las campanas”; la de dos adversarios que se sueñan recíprocamente. Una iglesia cuyas mitades han sido construídas en comarcas distanciadas por mil kilómetros. Un hombre “atractivo, de amplio tórax, como una jaula para pájaros grandes o fieras pequeñas”. Una familia en la que el derecho a la sucesión está condicionado por el color de la barba de los herederos. El kouros, un sosía onírico: ese otro en el cual uno se transforma al soñar. Un apóstol viajero a tal punto que nunca se mezclaron ante él las migajas de su almuerzo con las de su cena. Los jázaros que leían los colores como si fueran textos. Los lugares donde hay tiempos que corren en dos distintos sentidos, y uno se halla allí en medio. Las instrucciones y consignas para soñantes. La transmisión de noticias mediante aromas…

Todas estas imágenes han sido tomadas de unas pocas páginas de la novela de Pavic.

Y todo ello no es sino una minucia, ay, comparado con lo que se habrá perdido en la Biblioteca de Belgrado. Y no es sino una muestra muy pequeña de la riqueza de este pueblo al que Pavic pertenece, pueblo de múltiples culturas, cuyo diccionario ha de ser al menos tríplice, y cuya existencia va siendo continuamente garroneada por las destrucciones que provocan los Imperios.

Dicen que quizás a Pavic le otorguen el Premio Nobel de Literatura. Ojalá que sí, para homenaje a su fecundidad y como reconocimiento a la sufrida colectividad serbia. Ojalá que no, para que la industria editorial no lo destruya al mercarlo.

Me queda una intriga: cómo será, qué contendrá un ejemplar masculino de este mismo libro. ¿Alguien lo ha conseguido?

Barcelona, Editorial Anagrama, 1989.