
Poesía es revolución. Comentario sobre la bola suriana de la muerte de Emiliano Zapata.
Traición, sangre, muerte. De eso habla la canción cuya letra copiamos parcialmente en la primera parte de este artículo. En esto se asemeja a algunos romances históricos de España. Pero nos habla también de un hombre perfecto en lo suyo, capaz de la palabra como de la fuerza redentora, que ha hecho votos de dedicar su vida a la defensa de la libertad de los humildes; una libertad que sólo se logra, él lo sabe, cuando los pobres tienen la tierra.
El tema del corrido es tan luctuoso como memorable. Pero me cautivan una y otra vez sus rasgos panteístas, de ingenua comunión con las cosas y los seres vivos. El relator habla con las campanas, y estas por cierto le responden. Alecciona a las flores: la trinitaria del campo, la amapolita olorosa, para que estén al tanto de que lo sucedido es irreversible. Flores de semblante triste, de contenido adormecedor o mortal; nos las hace amigas la apelación, el diminutivo. El gorrión, el jilguero, el conejo, se acercan también en esta letra, para recibir la noticia que habrán de esparcir. El arroyo y el clavel confabulan y quizás fabulan: Zapata no ha muerto, habrá de volver. Y la redacción popular de esta letra concluye con la ofrenda de una blanca azucena. En el catolicismo popular, la azucena menciona el milagro de San José: la vara seca que vuelve a florecer.
Esa aparente ingenuidad no es una distracción. Estas notas de comunión son centrales al relato, que es narración pero es poesía. Porque sólo en poesía se puede mantener vivo el mito de la revolución. Ese mito necesario de transformación, de acceso a otra instancia que atraviesa el tiempo, de apocalipsis (definido como lo quiso William Blake: revelación de lo humano en todo, y especialmente en lo que parecía inhumano).
Confío en la proximidad, siempre, cada día, de una revolución que ha sabido agazaparse en la poesía. Confío en la perduración de un movimiento en el que se da parte a los pájaros, a las campanas y a las flores no menos que a los combatientes.
Como en una hornacina o entre las manos hechas nido, la canción mantiene vivo el recuerdo de Emiliano Zapata, insurrecto sin mancha. Y algo más, mucho más. Esa poesía mantiene viva el ascua de la revolución.
Tiene que ser así. La verdadera revolución es la que realiza un proyecto poético, “ilusorio”, “ingenuo” de re-unión. De los hombres con la tierra, de hombres con mujeres, de los seres humanos entre sí. Re-unión de naturaleza y humanidad, en la que todo lo que se venía creyendo natural o material, exhibe su interior corazón humano. La poesía, como la revolución, añora y propone ese proyecto, hasta cuando es invectiva. ¿Hay otro proyecto digno de los seres humanos?
Por eso la bola suriana sigue y seguirá derrotando a la bala disparada desde el norte.
Ramón
10 de Febrero de 2009.
El tema del corrido es tan luctuoso como memorable. Pero me cautivan una y otra vez sus rasgos panteístas, de ingenua comunión con las cosas y los seres vivos. El relator habla con las campanas, y estas por cierto le responden. Alecciona a las flores: la trinitaria del campo, la amapolita olorosa, para que estén al tanto de que lo sucedido es irreversible. Flores de semblante triste, de contenido adormecedor o mortal; nos las hace amigas la apelación, el diminutivo. El gorrión, el jilguero, el conejo, se acercan también en esta letra, para recibir la noticia que habrán de esparcir. El arroyo y el clavel confabulan y quizás fabulan: Zapata no ha muerto, habrá de volver. Y la redacción popular de esta letra concluye con la ofrenda de una blanca azucena. En el catolicismo popular, la azucena menciona el milagro de San José: la vara seca que vuelve a florecer.
Esa aparente ingenuidad no es una distracción. Estas notas de comunión son centrales al relato, que es narración pero es poesía. Porque sólo en poesía se puede mantener vivo el mito de la revolución. Ese mito necesario de transformación, de acceso a otra instancia que atraviesa el tiempo, de apocalipsis (definido como lo quiso William Blake: revelación de lo humano en todo, y especialmente en lo que parecía inhumano).
Confío en la proximidad, siempre, cada día, de una revolución que ha sabido agazaparse en la poesía. Confío en la perduración de un movimiento en el que se da parte a los pájaros, a las campanas y a las flores no menos que a los combatientes.
Como en una hornacina o entre las manos hechas nido, la canción mantiene vivo el recuerdo de Emiliano Zapata, insurrecto sin mancha. Y algo más, mucho más. Esa poesía mantiene viva el ascua de la revolución.
Tiene que ser así. La verdadera revolución es la que realiza un proyecto poético, “ilusorio”, “ingenuo” de re-unión. De los hombres con la tierra, de hombres con mujeres, de los seres humanos entre sí. Re-unión de naturaleza y humanidad, en la que todo lo que se venía creyendo natural o material, exhibe su interior corazón humano. La poesía, como la revolución, añora y propone ese proyecto, hasta cuando es invectiva. ¿Hay otro proyecto digno de los seres humanos?
Por eso la bola suriana sigue y seguirá derrotando a la bala disparada desde el norte.
Ramón
10 de Febrero de 2009.