domingo, 24 de agosto de 2008

Ese Ajeno Sur

Les acerco las primeras páginas de mi libro "Ese Ajeno Sur", concluido en 2005 y editado por el Fondo Editorial Rionegrino en 2006.

PRESENTACIÓN

“La Patagonia es íntegramente un feudo inglés.”

Raúl Scalabrini Ortiz, 1939.

En este ensayo intentamos narrar cómo se estableció y funcionó un extenso dominio inglés en la Argentina, y cómo afectó a la Patagonia y a la nación.
En los últimos años del siglo XIX una empresa formada en Londres, The Argentine Southern Land Co., (“Compañía de Tierras del Sud Argentino”) conocida también por su sigla TASLCo., recibió como regalo del gobierno nacional la propiedad de casi un millón de hectáreas en el norte de la Patagonia. Los capitales iniciales de esta sociedad estuvieron integrados en gran parte por las mismas tierras que recibía. No fue la única beneficiaria de concesiones de este tipo.
La Compañía (nombre de uso general donde la antonomasia funge de abreviatura) explotó esas tierras durante casi un siglo en condiciones excepcionalmente favorables: pudo producir, importar, exportar y obtener utilidades, sin tener que pagar durante años derechos aduaneros ni otra clase de tasas, o beneficiándose con tipos de cambio preferenciales y aranceles reducidos. Operó como un enclave escasamente vinculado a la economía argentina, que importaba sus insumos de Europa y se relacionaba con el mercado de Chile y con los puertos del Atlántico y el Pacífico. Y hasta en algún momento su extensión dio pie a un proyecto geopolítico imperial: un corredor terrestre bajo el poder británico, que hubiera vinculado a Inglaterra con Australia a través de la Patagonia y el sur de Chile.
En esas condiciones de casi autarquía el conjunto de estancias de la Compañía funcionó prósperamente, generando importantes beneficios directos e indirectos para sus socios, para los negocios ingleses en Argentina y para la economía británica. Pero no favoreció el desarrollo local ni regional, ni dejó argentinos mejor preparados para aprovechar esos mismos recursos que explotó, a veces hasta ponerlos en riesgo, como en el caso de los suelos afectados por el sobrepastoreo.
Al término de casi un siglo de dominación sobre sus tierras, de poner y deponer funcionarios, controlar a la prensa, influir sobre los gobiernos, decidir el trazado de rutas y la ubicación de estaciones ferroviarias, condenando algún pueblo a la inexistencia, la ASLCo. no había instalado un solo colono en todas las tierras que había recibido con el declamado propósito inicial de “colonizarlas”. El poblamiento de la Patagonia Norte estuvo a cargo de otros actores, principalmente inmigrantes particulares, pioneros independientes que en general no recibieron exención o privilegio alguno de parte del gobierno argentino. Sin embargo, hasta hoy las empresas británicas siguen rodeadas por un halo de prestigio en el imaginario social tradicional. Se las asocia con la eficiencia y la buena administración – logros no tan difíciles cuando a uno le regalan todo lo que necesita, y un poco más.
La divergencia entre los pobladores pioneros por una parte, y por la otra los dueños de las explotaciones y los recursos del territorio, es una constante de la historia patagónica y una de las raíces principales de los problemas de la región. Son apenas manchones de excepción los contados casos de colonizaciones o apropiación individual de tierras por pequeños propietarios – y estos se hallan inmersos en un proceso de retroceso y desaparición en las últimas décadas.
La Compañía era tan sólo una en un vasto enjambre: más de cincuenta empresas de capital británico que tenían un mismo grupo de directores y de las cuales las más importantes se aposentaban en el mismo edificio en Londres (The River Plate House en Finsbury Circus, sede formal de siete sociedades que en realidad eran una sola). Estas “hermanas” actuaban en distintos sectores y actividades económicos, desde la explotación de estancias hasta el transporte ferroviario, pasando por la administración, la banca, los fletes marítimos y los seguros. Solamente en el territorio de la actual provincia de Chubut, las entidades de este conjunto llegaron a poseer 2.300.000 hectáreas de campos.
Los regímenes de prédica nacional y popular del siglo XX no tocaron las bases de este imperio. El yrigoyenismo se limitó a revisar algunas mensuras, sin cuestionar el hecho básico: aquel regalo de cientos de leguas a quienes nunca cumplieron las condiciones de la concesión originaria. El peronismo exigió el cumplimiento del Estatuto del Peón, con las correspondientes mejoras en las instalaciones y viviendas de los trabajadores, y demandó un aporte de un centavo por cada kilo de lana esquilada, destinado al Partido; pero dejó intacta la propiedad inglesa de las tierras. Hasta defendió esa propiedad: todavía en 1973 el General Perón intervino personalmente contra algunos de sus compañeros que estaban en funciones de gobierno, para evitar la legítima expropiación de una gran estancia perteneciente a la Compañía. Así pues, la historia de esta “tierra de otros” sirve también como banco de pruebas para verificar las limitaciones de los proyectos de ambos movimientos políticos. De igual modo, en la actualidad el imperio Benetton sigue creciendo (recientemente mediante la compra de la estancia La Josefina en el partido de Saavedra, provincia de Buenos Aires), sin que este y otros procesos similares sean controlados por alguna política de tierras aplicada desde el gobierno.
En algún momento entre 1972 y 1991, las Estancias de la Compañía cambiaron de dueños. La primera “argentinización” la constituyó su compra en 1975 por una empresa con sede en Luxemburgo; y en 1982, en tiempos de la guerra de las Malvinas, se cambió la razón social por “Compañía de Tierras del Sud Argentino S.A.” El nuevo nombre ha durado más que el espasmo nacionalista de la opinión corriente argentina, que poco después de la euforia antibritánica y antinorteamericana de junio de 1982 recuperó su afición a los términos en inglés, al viaje a Disneylandia o Nueva York, y al prestigio del Citibank.
Pudo ponerse en duda si la transacción de 1975 fue sólo un traspaso aparente. Lo cierto es que desde 1991 la Compañía, con todas sus tierras, pertenece a la firma Luciano Benetton (bajo la denominación de “Edizioni Holding International N.V.”). La transferencia se realizó por un valor declarado de cincuenta millones de dólares.
En 1996 la “Compañía de Tierras” modificó sus estatutos para incorporar la explotación minera como uno de sus objetivos. Entre ese año y el 2002, en las tierras de la empresa y aledañas se realizaron cateos que detectaron yacimientos auríferos y argentíferos. Curiosamente, el Estado argentino no se había enterado de la existencia de estos yacimientos, descubiertos un siglo antes y registrados en los propios archivos de la ASLCo. Siguiendo un procedimiento de metástasis que veremos reiterarse desde siglos antes en estas páginas, el 9 de mayo de 2003 se formó una empresa “hermana” de la Compañía, la Minera Sud Argentina S.A., con la intención de explotar esos yacimientos.
En el año 2004 un litigio con una comunidad indígena hizo pública la presencia de estas firmas en la Patagonia. La posibilidad de la explotación minera agudizó el conflicto. A pesar del desconocimiento o la displicencia conveniente de buena parte de la prensa, llegó entonces a los medios de comunicación un pleito que procede de las mensuras y concesiones no casualmente desprolijas del siglo XIX y comienzos del XX. Al realizarlas, se omitió consultar a las comunidades nativas, se desconocieron sus derechos sobre las tierras o se escondieron extensas fracciones que excedían los límites de la concesión, pero que siguieron siendo explotadas por el dueño del negocio - en este caso, por la ASLCo.
En tiempos de una globalización que se parece demasiado a una versión actualizada del tradicional imperialismo, podemos preguntarnos si las tierras de la Compañía, como tantas otras de similar historia y situación, sirven hoy a un proyecto que apunte a dar más prosperidad y libertad a más argentinos.
Creemos que no. Los mapas mienten. Los colores y denominaciones de la geografía política, ya sea escolar o de consumo masivo, son otra herramienta de dominación, porque sirven para ocultarnos ciertos hechos básicos. Para la vida concreta de las personas concretas que habitan este espacio, la Patagonia llamada “argentina” es en realidad una colcha de retazos. Aquí decide Repsol; ahí Camuzzi; entre ambas definen la mayor o menor crudeza del invierno; más allá, fija precios y salarios un consorcio agropecuario extranjero; en toda la región las empresas eléctricas (como Edersa, que pertenece a la chilena SAESA, que pertenece a SEG de New Jersey, que pertenece a Exelon que pertenece a…), venden el kilovatio a precio internacional a los chacareros que están el pie de la línea; y estos no pueden usar esa energía de la que en verdad son dueños para modernizar su parcela, debido al costo inalcanzable de la electricidad, aunque cada año Exelon distribuye cincuenta y cinco millones de dólares en donativos y regalos en Estados Unidos; en muchos otros lugares todavía las grandes estancias son los únicos empleadores y despedidores, y siguen expulsando de sus linderos a indígenas y productores criollos; en campos y supermercados sigue imperando la Anónima, emblema y negocio de los Menéndez Braun y Menéndez Behety... El habitante de la ciudad está incorporado al mismo mecanismo que los pequeños productores o peones que cobraban en mercancías del almacén de la Compañía, teniendo empeñado el sueldo o la zafra antes de percibir su importe. A través de la tarjeta de crédito y del hipermercado las condiciones básicas son idénticas, aunque hoy el refinamiento de las formas, que esquivan el uso directo del dinero o la libreta con rayas, establece distancia con la materialidad de la transacción.
Sin que lo perciba las más de las veces, la existencia del poblador argentino transita cotidianamente de dominio en dominio, en una especie de rayuela de los poderes. Es que la Patagonia sigue siendo en gran parte una provincia imperial – quizás en trance de una sustitución de algunos de sus dueños por otros, no muy distintos de los anteriores. La soberanía, que se traduce en libertad, en la posibilidad de disponer de la propia vida, está pendiente de realización. Lejos de ser el color uniforme de los mapas optimistas, la soberanía es una construcción que depende de la sociedad y del estado, y se halla más que inconclusa: es una mezcla de ruinas, cimientos abandonados y algún lienzo de pared aislado.
Una “historia menor” de la región se deleita describiendo las actividades de bandoleros y pioneros, demorándose en un anecdotario de “cosas raras y pintorescas”; vende libros en cantidad... pero no nos esclarece. Tampoco el mito de la Patagonia desértica, ruda o maldita, nos ayuda a comprender que su tierra es un recurso apreciable, tanto por su situación en el mapa del mundo como por sus disponibilidades. E igualmente desorientador es el otro mito simétrico y contrario, el de la Patagonia riquísima e inexplotada. Ambos son versiones de una misma incomprensión, de una adhesión simplista a imágenes que aprisionan la posibilidad de pensar. Interesa despejar estas falsas imágenes para descubrir la verdad de esta tercera parte de la Argentina donde existen riquezas, donde esas riquezas han sido y son explotadas, y donde esa explotación no beneficia al pueblo de la Nación.
En todo el siglo XX y en lo que va del XXI han seguido produciéndose situaciones y procesos como los aquí descriptos. Siguen existiendo poderes económicos que utilizan al Estado, controlan la opinión y logran beneficios ilegales o legales, según les convenga, pues también manejan en gran medida la legalidad. Al poner de manifiesto estas conductas, las páginas de este libro hablan del presente y no del pasado.
Pero aspiramos a más, pues no hay historia verdaderamente tal si no habla del futuro. Debe hacerlo si pretende ser lo que debe ser, conocimiento crítico. Y nosotros quisiéramos que el relato de este proceso de enajenación sirva para construir otra historia distinta.
Hemos intentado arrojar algo de luz sobre la armazón de este imperio de las Estancias. La tarea estuvo limitada por los archivos truncos, los secretos todavía resguardados, la dispersión informativa y los escasos recursos del investigador. Pero la reconstrucción que alcanzamos a realizar permite descubrir algunas claves útiles para buscar otros objetivos.
Se nos presentan así algunos ejemplos de cómo una historia crítica puede servir a un proyecto liberador.
El primero se refiere a una eventual reforma fundiaria que pretenda beneficiar a más pobladores. A la luz de lo que vemos en este relato, una reforma tal sólo será posible si se mantiene la articulación productiva y de ofertas de toda una extensa zona que trabaje y venda como un gran conjunto. De nada serviría “expropiar para fraccionar”, como se ha querido hacer en alguna oportunidad: la distribución parcelaria, si no va acompañada por la asociación en una gran empresa de conjunto, dejaría a cada pequeño propietario librado a su propio esfuerzo y condenado al fracaso.
El segundo ejemplo apunta al valor de la información. Mientras la opinión general se distrae con los mitos (sea el de la “tierra maldita” como el del “gran reservorio de riquezas”) observamos que, desde hace siglos, la dominación viene unida al conocimiento. Los agentes británicos conocían la ubicación de cada paradero, cada yacimiento aurífero y cada curso de agua en las tierras nuevas; y este conocimiento les dio superioridad frente a una burocracia y a una dirigencia argentina que podían recitar de memoria el nombre de más de una calle de París, pero no tenían noción del país que administraban. Recrear y difundir un saber nuestro, incorporando a él los logros del laboratorio y los tesoros de la biblioteca junto a la memoria y el conocimiento de los paisanos, es condición para ser libres.
Damos cuenta también de otra experiencia que se trasluce en los documentos que apoyan este relato. Experiencia reiterada pero que debemos destacar, especialmente para desencantar ingenuos. Nos referimos a la unicidad del poder, en un nivel superior a sus articulaciones y diferenciaciones evidentes. Poder económico y político, poder que organiza el espacio, traza redes y expropia comunidades, fija tasas aduaneras beneficiosas para unos y destructivas para otros; poder que maneja diarios, revistas y radios; poder del mayordomo, del director londinense, del funcionario argentino y del bandolero norteamericano; poder cultural que impone tablas de valores, que alza estatuas de héroes y condena o desdeña a villanos y luchadores populares... tras sus diferencias, existen instancias en las que todos estos poderes se concilian y refuerzan. Salvando alguna diferencia de escala, Butch Cassidy es un estanciero patagónico, con no menos autoridad para serlo que la propia Compañía y otras de su laya. Ha pagado por las tierras que ocupa. Sus títulos pueden alegar parecida o mayor legitimidad. Es buen amigo y compañero de policías y estancieros. Si hubiera permanecido en estas latitudes y mantenido la apariencia de honestidad, habría podido aspirar a un cargo de gobierno o a dirigir una gran empresa bendecida por la prensa.
Otra comprobación útil, con la que cerraremos esta lista parcial de perspectivas de la historia para el futuro, es la del poder del orden simbólico. Mientras los ingleses de las Compañías (o sus sucesores) sean pensados como los presuntos “administradores eficaces” que ocupan el imaginario tradicional de los sectores medios argentinos; mientras no los reconozcamos como beneficiarios de enormes privilegios, que no retrocedieron a la hora de usar el soborno o la presión más brutal, seguiremos presos en una nube de engaño que nos invalida para actuar.

Mientras escribía estas páginas, me preguntaba para qué sirve un estudio de caso de los mecanismos de dominación. El recuerdo de una persona que conocí me orientó para buscar una respuesta. Me refiero a doña María, una italiana que vino a nuestro país hacia 1940. Era analfabeta. Se conchabó como doméstica en la casa de unos ingleses pudientes de Bahía Blanca. Allí aprendió a leer y escribir, de a retazos, escuchando y mirando a los chicos de la casa que iban a la escuela. Y también aprendió el inglés, poniendo atención a las conversaciones que sus patrones sostenían en ese idioma. Ellos nunca supieron que ella sabía, y hablaban desenfadadamente entre ellos en su presencia, pensando que la mucama no los entendía. Cuando ya era abuela, doña María recordaba sus aprendizajes de aquella época y sonreía pícaramente mientras decía: ”Siempre es bueno enterarse de lo que dice el patrón.”
Siempre es bueno enterarse de lo que dice, de lo que piensa y de cómo procede el que ha desarrollado las artes de la dominación. Ese conocimiento puede servirnos para recuperar nuestra autonomía.
Sirva esta crónica para ese fin, y no para abismarnos contemplando la eficacia de los mecanismos de dominación. Lo que los seres humanos hacen, otros seres humanos pueden modificarlo. Si la historia es eso que siempre comienza, pero que nunca se puede dar por terminado, entonces hay comienzos pendientes. Un pueblo puede constituirse como dueño de sus propias tierras para sus propios proyectos. La condición, para nada fácil, es que exista como pueblo. Y más que un pasado, esto supone tener un proyecto de futuro en común.

Río Colorado, puerta de la Patagonia, diciembre de 2005.

El autor

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Estimado Señor Minieri,
me gustaría leer su libro pero no lo encuentro en ningún lado! Me diga usted como hacer, gracias

Ramón Minieri dijo...

Estimado/a,
Hágame llegar un mensaje con su dirección de correo al email ramonmminieri@gmail.com y veré el modo de hacerle llegar un ejemplar. Cordial abrazo. Ramón.