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Entre febrero y marzo de 1949 quedó terminada la primera versión de La razón de mi vida. Evita se la había dictado al escritor Manuel Penella da Silva, quien recopilaba y organizaba sus dichos y los volcaba al papel día tras día.
El propio Penella constituyó una primera instancia de modificación de la palabra de la autora. “Eva tronaba contra las jerarquías de la Iglesia y del Ejército. El escriba le recordaba sus deberes con el jefe de un Estado confesional y diluía las violencias de su lenguaje.”
En esa primera versión el libro postulaba la creación de un Senado de mujeres y denunciaba la opresión masculina, aunque eximía a Perón de toda culpa.
Perón leyó esa primera versión y dudó si autorizar su publicación. Pero no vaciló en cuanto a su poder para revisarla. La hizo circular entre sus ministros y secretarios. “El manuscrito anduvo más de un año de oficina en oficina, y casi todos los ministros sintieron el deber de aportar algo.” Raúl Mendé, secretario de Asuntos Técnicos, escribió capítulos enteros e hizo insertar en el libro un capítulo firmado por Perón. También aportó numerosos contenidos el próximo Ministro de Educación, Armando Méndez San Martín. Finalmente el libro se publicó dos años después de su primera redacción, en setiembre de 1951.
Igualmente en su gira por Europa, todos los dichos públicos “de Eva” fueron redactados por el escritor Francisco José Muñoz Azpiri, revisados luego por la Cancillería, y finalmente autorizados por el propio Perón. “A “la mujer más poderosa del mundo” (así la había calificado John dos Passos) no se la creía capaz de expresarse con su propio lenguaje.”
El propio Penella constituyó una primera instancia de modificación de la palabra de la autora. “Eva tronaba contra las jerarquías de la Iglesia y del Ejército. El escriba le recordaba sus deberes con el jefe de un Estado confesional y diluía las violencias de su lenguaje.”
En esa primera versión el libro postulaba la creación de un Senado de mujeres y denunciaba la opresión masculina, aunque eximía a Perón de toda culpa.
Perón leyó esa primera versión y dudó si autorizar su publicación. Pero no vaciló en cuanto a su poder para revisarla. La hizo circular entre sus ministros y secretarios. “El manuscrito anduvo más de un año de oficina en oficina, y casi todos los ministros sintieron el deber de aportar algo.” Raúl Mendé, secretario de Asuntos Técnicos, escribió capítulos enteros e hizo insertar en el libro un capítulo firmado por Perón. También aportó numerosos contenidos el próximo Ministro de Educación, Armando Méndez San Martín. Finalmente el libro se publicó dos años después de su primera redacción, en setiembre de 1951.
Igualmente en su gira por Europa, todos los dichos públicos “de Eva” fueron redactados por el escritor Francisco José Muñoz Azpiri, revisados luego por la Cancillería, y finalmente autorizados por el propio Perón. “A “la mujer más poderosa del mundo” (así la había calificado John dos Passos) no se la creía capaz de expresarse con su propio lenguaje.”
En sus últimos meses de vida, Eva escribió otro libro, Mi mensaje. “El libro tiene treinta capítulos breves, con tres núcleos básicos: el fanatismo como profesión de fe; la condena a las fuerzas armadas por el abuso de sus privilegios; la condena a la jerarquía de la Iglesia Católica por ‘su indiferencia ante la realidad sufriente de los pueblos.’ El texto de Mi mensaje fue vetado por Perón, y se perdió hasta 1986, cuando apareció en una casa de remates de la calle Posadas.”
“Los años de retraso tornaron anacrónico y casi ilegible el texto. La única vez que Evita escribió, la única vez que intentó construirse como mito a través de la escritura, fracasó.”
Hasta aquí el texto de Tomás Eloy Martínez en Réquiem por un país perdido.(*)
“Los años de retraso tornaron anacrónico y casi ilegible el texto. La única vez que Evita escribió, la única vez que intentó construirse como mito a través de la escritura, fracasó.”
Hasta aquí el texto de Tomás Eloy Martínez en Réquiem por un país perdido.(*)
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En la Introducción a Mi mensaje, Eva escribió:
En "La Razón de mi Vida" no alcancé a decir todo lo que siento y lo que pienso; tengo que escribir otra vez. /…/ Mejor sería acaso para mí que callase, que no dijese ninguna de las cosas que voy a decir, que quedase para todos, como una palabra definitiva, todo lo que dije en el primero de mis libros, pero /…/ quiero demasiado a los descamisados, a las mujeres, a los trabajadores de mi pueblo, y por extensión quiero demasiado a todos los pueblos del mundo, explotados y condenados a muerte por los imperialismos y los privilegiados de la tierra. Me duele demasiado el dolor de los pobres, de los humildes, el gran dolor de tanta humanidad sin sol y sin cielo como para que pueda callar.
Se entiende por qué Perón vetó este libro, que comenzaba denunciando el silencio del anterior.
No me atrevería a sostener que esa escritura de Evita haya fracasado en constituirla míticamente, como lo señala Martínez. Hay motivos para pensar de otro modo. A diferencia de otros escritos de similar matriz, como los de Angela Carranza, este ha sorteado la censura del tiempo, del escamoteo, del pensamiento bajo gorra, de una sociedad falsamente pudorosa, del marido. Ahí la tienen, inalterada, de cuerpo entero, sin disimulo, estatua viva de sí misma y para siempre. Ni fascista ni artista, ni primera dama ni Rosa Luxemburgo. Tan sólo ella como ella era, con su sentido justiciero, su bronca y su ternura.
No me atrevería a sostener que esa escritura de Evita haya fracasado en constituirla míticamente, como lo señala Martínez. Hay motivos para pensar de otro modo. A diferencia de otros escritos de similar matriz, como los de Angela Carranza, este ha sorteado la censura del tiempo, del escamoteo, del pensamiento bajo gorra, de una sociedad falsamente pudorosa, del marido. Ahí la tienen, inalterada, de cuerpo entero, sin disimulo, estatua viva de sí misma y para siempre. Ni fascista ni artista, ni primera dama ni Rosa Luxemburgo. Tan sólo ella como ella era, con su sentido justiciero, su bronca y su ternura.
El breve y contundente volumen, tampoco me ha resultado "anacrónico" ni "ilegible". Sus diatribas a los militares defensores del privilegio, a los eclesiásticos que debieran "empezar por volverse cristianos", a los que con demasiada facilidad venden los recursos del país "a cambio de una moneda o una sonrisa de los imperialistas" más bien han ganado en actualidad, y se han visto más que justificadas por las experiencias históricas que hemos vivido después. Y si algo no son esos chispazos, es ilegibles.
Además, el escrito coincide con otro texto: el de los ademanes, el tono de la voz, el énfasis de la protagonista, vivo texto de carne a través del cual esos contenidos llegaron sin trasvase a sus destinatarios. Su sentido clasista y fanático palpitó en más de una lucha posterior.
Pero ahora quiero más bien decir que esta expropiación de la palabra de Eva me lleva a recordar y rendir homenaje a otras mujeres en situaciones parecidas. En las palabras de Ángela Carranza, cuyos escritos, más de un centenar, fueron destruídos en su totalidad por la mano del verdugo, por haber sido concebidos sin mediación de varón. En Juana Inés de la Cruz, palabra a la que se quiso enclaustrar. En María Guadalupe Cuenca de Moreno, Mariquita, otra desdeñada, cuya palabra lúcida, irreverente y revoltosa tuvo que esperar más de 150 años para que pudiéramos escucharla. En las generaciones de mujeres cuyos maridos o hijos o hermanos ejercieron por ellas sus derechos civiles y económicos, porque se las consideraba como menores o como imbéciles. En las señoras a quienes se les negaba volver a ver a sus hijos, o que eran internadas en hospicios, porque se habían permitido rechazar a sus maridos, aún en las primeras décadas del siglo XX y en la culta Buenos Aires.
También sobreviene el recuerdo aleccionador de alguien que estuvo en la vereda de enfrente del General y su esposa: Agustina Moriconi,“Agustinita”, la bella y fina esposa del escritor Ezequiel Martínez Estrada. Después de la muerte de su marido, ella me decía desconsolada “Ahora ni siquiera sé escribir una carta; porque acá solamente escribía Ezequiel. Hasta mis cartas a mis hermanas las escribía él, desde que nos casamos.” En el matrimonio con el escritor, Agustinita no sólo había dejado de pintar sus exquisitos óleos; también había resignado su palabra.
(*) Buenos Aires, Aguilar, 2003.
Pero ahora quiero más bien decir que esta expropiación de la palabra de Eva me lleva a recordar y rendir homenaje a otras mujeres en situaciones parecidas. En las palabras de Ángela Carranza, cuyos escritos, más de un centenar, fueron destruídos en su totalidad por la mano del verdugo, por haber sido concebidos sin mediación de varón. En Juana Inés de la Cruz, palabra a la que se quiso enclaustrar. En María Guadalupe Cuenca de Moreno, Mariquita, otra desdeñada, cuya palabra lúcida, irreverente y revoltosa tuvo que esperar más de 150 años para que pudiéramos escucharla. En las generaciones de mujeres cuyos maridos o hijos o hermanos ejercieron por ellas sus derechos civiles y económicos, porque se las consideraba como menores o como imbéciles. En las señoras a quienes se les negaba volver a ver a sus hijos, o que eran internadas en hospicios, porque se habían permitido rechazar a sus maridos, aún en las primeras décadas del siglo XX y en la culta Buenos Aires.
También sobreviene el recuerdo aleccionador de alguien que estuvo en la vereda de enfrente del General y su esposa: Agustina Moriconi,“Agustinita”, la bella y fina esposa del escritor Ezequiel Martínez Estrada. Después de la muerte de su marido, ella me decía desconsolada “Ahora ni siquiera sé escribir una carta; porque acá solamente escribía Ezequiel. Hasta mis cartas a mis hermanas las escribía él, desde que nos casamos.” En el matrimonio con el escritor, Agustinita no sólo había dejado de pintar sus exquisitos óleos; también había resignado su palabra.
(*) Buenos Aires, Aguilar, 2003.
Gracias al amigo poeta Raúl Artola, por la inspiradora conversación que me llevó a escribir esto.
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