miércoles, 25 de febrero de 2009

Argentina, socialismo y cocaína. Las profecías de Valle Inclán.

Haciendo click sobre la imagen, se puede leer otra poesía profética de Ramón del Valle Inclán. Esta, alusiva a Bolivia.

Argentina, socialismo y cocaína. Las profecías de Valle Inclán.

Yo anuncio la era argentina
de socialismo y cocaína.
(“La pipa de kif”, 1918)

El autor de estos versos no encajó en ningún oficio, ningún nicho ecológico, ninguna estantería, ninguna institución. Como dramaturgo, tuvo que soportar que alguna de sus mejores obras fuera rechazadas por sus pares; una novela suya fue pospuesta en un certamen, aunque en privado el jurado reconoció sus méritos: se la consideró demasiado innovadora… En poesía tuvo que inventar su propio e incómodo género, el esperpento. Para más, su aspecto físico: una capa que no dejaba en paz al aire, una barba de satanuelo que se interponía cuando querías verle la cara; y en el colmo de lo desparejo, había quedado manco de consecuencias de un intercambio de golpes. Porque también le gustaba batirse a duelo.

Ramón del Valle Inclán (1866 – 1936) gallego, de la Galicia de los misterios, del lenguaje secreto de los canteros, del Finisterre, del picnic familiar con el muerto al lado, no quiso ser lineal. El cuadrilátero dictador Primo de Rivera, al enterarse de un arresto de 15 días impuesto al poeta, lo calificó de “eximio escritor y extravagante ciudadano”. No se dio cuenta: la ciudadanía de Ramón era antes que nada su escritura. Y Ramón no podía ser ese tipo de ciudadano ágrafo que el primo de Primo quería, un ciudadano bueno para las dictaduras.

Por cierto uno entiende que a Rivera lo haya desconcertado este hombre que se proclamaba carlista leninista. Esta conjunción todavía desconcierta a sus comentaristas. Pero una cosa no quita la otra. En su último congreso legal (1972) el carlismo se definió como “partido de masas, de clase, democrático, socialista y monárquico federal”. Y alguien desde el poder fabricó un asesinato político contra la reunión carlista de 1976 en Montejurra, para cortarle el camino a esa tendencia. (Se contrató a un matón argentino que había baleado muchachos en Ezeiza en 1974; el saldo fueron dos carlistas muertos y varios heridos.)

“Tirano Banderas”, “Los cuernos del Teniente Friolera”, “Ruedo Ibérico”, son algunas de las obras en que este ciudadano de las letras iluminó con poesía implacable los malos hábitos de nuestras dictaduras españolas y americanas. A su muerte, el poeta fue homenajeado por Mundo Obrero y por el partido Comunista.

Como todos los poetas, sabiéndolo o no, Ramón del Valle Inclán fue profeta. Cuando se libera la palabra, esta se sitúa no en el futuro, sino por encima de los tiempos. Y así resulta profética – que no es lo mismo que anticipatoria.

En 1918 publicó “La Pipa de Kif”, libro escrito entre el humito del cáñamo al que elogia en una de las poesías, “La tienda del herbolario”. En otro poema, “Aleluya”, brotan los versos que inician este artículo. Para hacer más completa la cita, incluimos algunos renglones más:

En mi verso rompo los yugos,
y hago la higa a los verdugos.

Yo anuncio la era argentina
de socialismo y cocaína.

De cocotas con convulsiones
y de vastas revoluciones.


Evitaré avanzar en interpretaciones sobre el núcleo de esta visión. Sólo diré algo que entreveo: postular la ruptura del yugo (emblema de los Reyes Católicos, y luego del fascismo español) era una arriesgada apuesta simbólica política. En cuanto al socialismo argentino, recordemos que en 1904 Alfredo Palacios había sido electo como primer diputado socialista de América por los votantes de los conventillos de la Boca; que en 1913, Enrique del Valle Iberlucea era ungido primer Senador socialista en el continente. Y en 1918 la Reforma Universitaria sacudía las instituciones.

En su segunda venida a América en 1910, Ramón había estado en la Argentina; y también anduvo por Chile, Bolivia, Paraguay y Uruguay. Al buscar imágenes para acompañar esta presentación, he hallado también una profecía suya para Bolivia.

Propongo pensar en esta profecía argentina. Incumplida, se dirá. Pero qué profecía lo es más que aquella que conserva intacto su potencial de cumplimiento – es decir, su incumplimiento. Aquella palabra que se mantiene más allá de lo viable, camino a lo esperanzable.


25 de febrero de 2009.

lunes, 23 de febrero de 2009

El grillo marinero y el conquistador incierto



El grillo marinero y el conquistador incierto


Esto lo cuenta Alvar Núñez, el conquistador que no quiso serlo. Un soldado que se había alistado en su expedición delaño 1540 al Río de la Plata “venía malo con deseo de oír la música del grillo” que escuchaba en su tierra natal. Se le ocurrió entonces traerse uno a escondidas.

Durante los dos meses y medio que duró la navegación de alta mar, el pobre ortóptero habrá estado sometido a los vaivenes del barquichuelo, y sin ganas de ponerse a cantar. Las cosas cambiaron cuando la nave, sin advertirlo sus tripulantes, se acercaba, y por demás, a una costa rocosa de la isla Santa Catalina, en el actual Brasil:

aquella mañana sintió la tierra, comenzó a cantar, y la música de él recordó* a toda la gente de la nao, y vieron las peñas, que estaban a un tiro de ballesta de la nao, y comenzaron a dar voces para que echasen anclas, porque íbamos al través a dar en las peñas. Y así las echaron, y fue causa de que no nos perdiésemos; que es cierto que si el grillo no cantara nos ahogáramos cuatrocientos hombres y treinta caballos”… (*) recordó: despertó

Imagino que el grillo gaditano estaría furibundo. Son los machos de la especie los que cantan, y tienen un temperamento bastante irascible. Después de dos meses y medio encerrado y a los bandazos, reclamaría libertad y buena compañía.

Hay motivos para pensar que la música de este grillo era algo distinta de la que interpretaban sus parientes americanos; sabido es que existen dialectos en los cantos de los animales. Este que venía de Cádiz, ¿tendría un matiz flamenco en su cante? ¿Habrá intercambiado tonadas con los grillos de este lado del mar?

Me pregunto también si una vez radicado en América, el grillo marinero habrá encontrado pareja entre las habitantes de estas tierras, al igual que los tripulantes humanos de la nao. Algo de su herencia, canto y estampa, quedará en el grillo que escucho todas las noches en esta lejana Patagonia?

Pero lo mejor del relato es la prueba de que una canción, una melodía, puede salvar a cuatrocientos hombres y treinta caballos. Alvar Núñez Cabeza de Vaca lo atribuye a “milagro que Dios hizo por nosotros”. Viendo las calamidades que últimamente perpetran los voceros y personeros de los distintos dioses, precisamente en nombre de estos, prefiero creer que el milagro lo hizo el grillo, nomás. Y la nostalgia de ese rudo soldado, que extrañaba el cantar cristalino de sus noches andaluzas.

Cae la tarde y empieza a cantar el grillo que habita mi patio - o será que yo ando por su patio. Su canto es inmenso; imposible señalar de dónde procede. El soldado que trajo el grillo habrá creído que era para él solo. Quizás se extendió por todo un país. Canciones y amores no aceptan ser guardados.


Fuentes:

De la imagen: foto-natura-huesca.blogspot.com/2008/08/grill...
Del relato: Ñúñez Cabeza de Vaca, Alvar. Comentarios, Capítulo 2, fol. 59 r.

viernes, 13 de febrero de 2009

“Es el tiempo el que golpea”. Asaltos de la poesía.

“Es el tiempo el que golpea”. Asaltos de la poesía.

La poesía es un faisán que desaparece entre la maleza.
Wallace Stevens.

Wallace Stevens (1879 – 1955) nació, pasó su vida y murió en Nueva Inglaterra, la región fundacional de los Estados Unidos. Se recibió de abogado en Harvard y trabajó al servicio de empresas aseguradoras. Cuando le ofrecieron una cátedra de literatura en Harvard, la rechazó. Alguna vez, en tren de urdir la solapa de uno de sus libros, previno al redactor:

“Evíteme, por favor, contar los datos biográficos. Soy abogado y vivo en Hartford. Estos hechos no son divertidos ni reveladores”.

Pero mentía; estaban corriendo muchos torrentes bajo esa superficie espejada.

En 1923, cuando Stevens tenía cuarenta y cuatro años de edad, se editaron dos poemarios suyos, Harmonium y El clavel del búho. (Suyos… hasta donde es posible decir que la poesía pertenece a alguien). En ese mismo año nacía su única hija.

Desde cuándo estaba bullendo tanta poesía bajo esa vida rutinaria, esmerilada, no lo sabemos. Él mismo no quiso relatarlo. Por el momento las cosas quedaron así. Recién varios años más tarde, cuando ya tenía 57 de edad, Stevens comenzaría a publicar otros libros, hasta seis, en una sierie que interrumpió su muerte en 1955. Coherente con estos ritmos y disritmias, su manera de concebir la poesía, a la que considera presente en el preciso momento en que nos elude y evade (como ese faisán entre la maleza), reclama alguna página venidera en este blog.

Wallace Stevens me recuerda a Rumí, aquel notario del siglo XIII de Konia, que cuando estaba muy instalado en sus funciones de intelectual y jurista, fue asaltado por la poesía (bajo la figura de su visitante, el linyera místico Shams de Tabriz), y desde entonces no pudo dejar de estar enamorado, de cantar y escribir dísticos.

Hubo algún puente invisible entre Wallace Stevens y la poesía del mundo islámico. Para entender esa relación que parece remota e inesperada, quizás baste aceptar la lógica del asalto. El asalto es total; te asalta toda la poesía, y no un capítulo de ella. Y también te arrebata todo. El asalto es incontable e ilimitable.
En un hermoso sitio de Internet dedicado a los poemas de Ghalib, encuentro que Frances W. Pritchett, estudiosa de la obra en urdu de este poeta, nos señala una página de Stevens que es también un ghazal, al menos en sus primeras estrofas en la que repite la incantación “es el tiempo el que”…

No he hallado traducciones al castellano de esta poesía de Wallace Stevens, de modo que les ofrezco la que yo he intentado. Precaria como es, me parece que un poco trasluce el ritmo obsesionante del golpeteo del tiempo que golpetea en las palabras de la poesía de Stevens. Agrego en nota al pie (1) el original en inglés.

Todos los preludios a la felicidad (En: El puro bien de la teoría.)

Es el tiempo el que golpetea en el pecho y es el tiempo
El que pega contra la mente silenciosa y ufana,
La mente que sabe que es destruida por el tiempo.

El tiempo es un caballo que corre en el corazón, un caballo
Sin jinete por una carretera a la noche.
La mente se sienta a escuchar y lo oye pasar.

Es alguien que camina velozmente en la calle.
El lector junto a la ventana ha terminado su libro
Y mide la hora por lo tardío de los sonidos.

Aún en la respiración está el golpeteo del tiempo, a modo de
Un retardo en sus golpes,
Un caballo grotescamente tenso, un caminante como

Una sombra en mitad de la tierra. Si imaginamos
Una persona platónica, una gran escultura libre del tiempo,
Y suponemos en ella el habla que no puede hablar,

Una forma, entonces, protegida del golpeteo, puede
Madurar. Un ser capaz puede reemplazar

Al caballo oscuro y al caminante que camina rápidamente.

¡Ah, la felicidad! El tiempo es un enemigo encapuchado,
La música enemiga, el espacio hechizado
En el que tienen lugar los preludios encantados.


Esta es la poesía que asaltaba a ese abogado de las aseguradoras de Nueva Inglaterra, contenido en su traje bien planchado. ¿Cómo hubiera podido resistírsele?

De esta vera historia quiero extraer una inmoraleja: hasta bajo el chaleco más gris puede estar desapareciendo un faisán.

Ramón
13 de febrero de 2009.

(1) All the Preludes to Felicity (De: The Pure Good of Theory.)
It is time that beats in the breast and it is time
That batters against the mind, silent and proud,
The mind that knows it is destroyed by time.

Time is a horse that runs in the heart, a horse
Without a rider on a road at night.
The mind sits listening and hears it pass.
It is someone walking rapidly in the street.
The reader by the window has finished his book
And tells the hour by the lateness of the sounds.
Even breathing is the beating of time, in kind:
A retardation of its battering,
A horse grotesquely taut, a walker like
A shadow in mid-earth . . . If we propose
A large-sculptured, platonic person, free from time,
And imagine for him the speech he cannot speak,
A form, then, protected from the battering, may
Mature: A capable being may replace
Dark horse and walker walking rapidly.

Felicity, ah! Time is the hooded enemy,
The inimical music, the enchantered space
In which the enchanted preludes have their place.


miércoles, 11 de febrero de 2009

La poesía es panteísmo y revolución. El corrido de la muerte de Emiliano Zapata. 1



La poesía es panteísmo y revolución. El Corrido de la muerte de Emiliano Zapata.


Estos días estuve escuchando de nuevo, una y otra vez, el hermoso Corrido de la Muerte de Zapata. La canción narra cómo Emiliano, abanderado del reclamo campesino de Tierra y Libertad, fue atraído a una trampa y baleado a traición por los militares reaccionarios en 1919. La escucho en la interpretación de Amparo Ochoa; pese a lo trágico del tema, su voz transmite una alegría secreta. Será la alegría que da el poder de recordar, de reavivar la presencia de un hombre íntegro, un héroe popular. Será la alegría que da el saber la verdad, esparcirla, y mantener en alto la voz de la poesía.

En la familia de los Corridos conviven muchas formas. Esta vez se trata de una Bola Suriana. El nombre de esta forma, dice el estudioso mexicano Avitia citando a Catherine Heau, quizás provenga de “bolera”, un aire musical acaso emparentado con el bolero; este estaba en trance de parto en la cuenca del Caribe, alejándose de sus antecesores españoles. Y es “suriana” porque florece en la región centro suroeste de México, que incluye a los estados de Morelos, Michoacán, Guerrero y Oaxaca, lindante con Chiapas.La bola suriana presenta una particularidad: su primera parte rompe con el modelo del romance español. Esa parte se llama el “canto”; la forman los cuatro primeros versos de cada estrofa. Sorpresa: estos versos no son octosílabos, sino aparentemente “desparejos”. En realidad, tanto ellos como la música del “canto” recogen ritmos indígenas; en cambio la parte siguiente, el “descante”, mantiene los octosílabos propios del romance. Una hermosa mestiza.

Podemos escuchar la canción mientras leemos su letra. No fue facil conseguirla completa, hasta que dimos con el blog de Tania Fernández Valquicira. Sólo en parte ha sido escrita por su autor "oficial", Armando Liszt. Varias referencias que nos interesan son el resultado de agregados hechos por los “jilgueros” (trovadores populares) y recogidos en las hojas sueltas en que se imprimía la letra para su difusión.
Después comentaré algo más. Por ahora sólo voy a remarcar un dato que pocas veces aparece: una mujer es quien compuso la música. La parte del “canto” está escrita en bastardilla. Les pido que pongan atención en las segundas estrofas de la otra parte, el "descante" (p. ej. la que comienza con "Campanas de Villa Ayala"...)

Corrido de la Muerte de Emiliano Zapata. Letra (parte): Armando Liszt Arzubide
Música: Graciela Amador
Fragmentos
Canta Amparo Ochoa

Escuchen, señores, oigan el corrido,
de un triste acontecimiento;
pues en Chinameca fue muerto a mansalva
Zapata, el gran insurrecto.

Abril de mil novecientos
diecinueve, en la memoria
quedarás del campesino
como una mancha en la historia.

Campanas de Villa Ayala,
¿por que tocan tan doliente?
Es que ya murió Zapata
y era Zapata un valiente.

El buen Emiliano que amaba a los pobres
quiso darles libertad;
por eso los indios de todos los pueblos
con el fueron a pelear.

De Cuautla hasta Amecameca,
Matamoros y el Ajusco,
con los pelones del viejo
Don Porfirio se dio gusto.

Trinitaria de los campos
de las vegas de Morelos,
si preguntan por Zapata,
di que ya se fue a los Cielos.

Le dice Zapata a don Pancho Madero
cuando ya era gobernante:
Si no das las tierras, verás a los indios
de nuevo entrar al combate.

Se enfrentó al señor Madero
contra Huerta y a Carranza
pos no le querían cumplir
su Plan, que era el Plan de Ayala.

Corre, corre conejito,
cuéntales a tus hermanos
ya murió el señor Zapata
el coco de los tiranos.

Montado con garbo en yegua alazana
era un charro de admirar
y en el coleadero era su mangana
la de un jinete cabal.

Dice a su fiel asistente
cuando andaba por las sierras;
mientras yo viva, los indios
serán dueños de sus tierras.

Amapolita olorosa
de las lomas de Guerrero,
no volverás a ver nunca
al famoso guerrillero.

Con gran pesadumbre le dice a su vieja:
Me siento muy abatido,
pues todos descansan, yo soy peregrino,
como pájaro sin nido.

Generales van y vienen
dizque para apaciguarlo;
y no pudiendo a la buena
un plan ponen pa' engañarlo.

Canta, canta, gorrioncito,
di en tu canción melodiosa;
cayó el general Zapata
en forma muy alevosa.

Don Pablo González ordena a Guajardo
Que le finja un rendimiento,
Y al jefe Zapata disparen sus armas
Al llegar al campamento.

Guajardo dice a Zapata:
Me le rindo con mi tropa,
en Chinameca lo espero,
tomaremos una copa.

Arroyito revoltoso,
¿qué te dijo aquel clavel?
Dice que no ha muerto el jefe,
que Zapata ha de volver .

Abraza Emiliano al felón Guajardo
en prueba de su amistad,
sin pensar el pobre que aquel pretoriano
Lo iba a sacrificar.

Y tranquilo se dirige
a la hacienda con su escolta;
los traidores le disparan
por la espalda a quemarropa.

Jilguerito mañanero
de las cumbres soberano,
mira en qué forma tan triste
ultimaron a Emiliano!

Cayó del caballo el jefe Zapata
y también sus asistentes
así en Chinameca perdieron la vida
un puñado de valientes.

Señores, ya me despido,
que no tengan novedad
cual héroe murió Zapata
por la Tierra y Libertad.

A la orilla de un camino
había una blanca azucena,
a la tumba de Zapata
la llevé como una ofrenda...

Arroyito revoltoso,
¿que te dijo aquel clavel?
Dice que no ha muerto el jefe,
que Zapata ha de volver...
Les ofrezco un comentario sobre esta letra, en la segunda parte de este artículo.

La poesía como panteísmo y revolución. El corrido de la muerte de Zapata. 2.


Poesía es revolución. Comentario sobre la bola suriana de la muerte de Emiliano Zapata.


Traición, sangre, muerte. De eso habla la canción cuya letra copiamos parcialmente en la primera parte de este artículo. En esto se asemeja a algunos romances históricos de España. Pero nos habla también de un hombre perfecto en lo suyo, capaz de la palabra como de la fuerza redentora, que ha hecho votos de dedicar su vida a la defensa de la libertad de los humildes; una libertad que sólo se logra, él lo sabe, cuando los pobres tienen la tierra.

El tema del corrido es tan luctuoso como memorable. Pero me cautivan una y otra vez sus rasgos panteístas, de ingenua comunión con las cosas y los seres vivos. El relator habla con las campanas, y estas por cierto le responden. Alecciona a las flores: la trinitaria del campo, la amapolita olorosa, para que estén al tanto de que lo sucedido es irreversible. Flores de semblante triste, de contenido adormecedor o mortal; nos las hace amigas la apelación, el diminutivo. El gorrión, el jilguero, el conejo, se acercan también en esta letra, para recibir la noticia que habrán de esparcir. El arroyo y el clavel confabulan y quizás fabulan: Zapata no ha muerto, habrá de volver. Y la redacción popular de esta letra concluye con la ofrenda de una blanca azucena. En el catolicismo popular, la azucena menciona el milagro de San José: la vara seca que vuelve a florecer.

Esa aparente ingenuidad no es una distracción. Estas notas de comunión son centrales al relato, que es narración pero es poesía. Porque sólo en poesía se puede mantener vivo el mito de la revolución. Ese mito necesario de transformación, de acceso a otra instancia que atraviesa el tiempo, de apocalipsis (definido como lo quiso William Blake: revelación de lo humano en todo, y especialmente en lo que parecía inhumano).

Confío en la proximidad, siempre, cada día, de una revolución que ha sabido agazaparse en la poesía. Confío en la perduración de un movimiento en el que se da parte a los pájaros, a las campanas y a las flores no menos que a los combatientes.

Como en una hornacina o entre las manos hechas nido, la canción mantiene vivo el recuerdo de Emiliano Zapata, insurrecto sin mancha. Y algo más, mucho más. Esa poesía mantiene viva el ascua de la revolución.

Tiene que ser así. La verdadera revolución es la que realiza un proyecto poético, “ilusorio”, “ingenuo” de re-unión. De los hombres con la tierra, de hombres con mujeres, de los seres humanos entre sí. Re-unión de naturaleza y humanidad, en la que todo lo que se venía creyendo natural o material, exhibe su interior corazón humano. La poesía, como la revolución, añora y propone ese proyecto, hasta cuando es invectiva. ¿Hay otro proyecto digno de los seres humanos?

Por eso la bola suriana sigue y seguirá derrotando a la bala disparada desde el norte.

Ramón
10 de Febrero de 2009.

viernes, 6 de febrero de 2009

Las calles callan. Poesía.

Adoquines grandes en una calle de Buenos Aires.
“Las calles callan”

Durante varios meses estuve sin escribir poesía. Mi último libro, “Ciudad”, había quedado incompleto, y pensé que lo estaría por mucho tiempo. Hasta que en enero de 2009 Robert Gurney me envió un poema suyo en el que recordaba el empedrado de las calles de Luton. Comenzamos a conversar a distancia sobre las calles y sus pavimentos, y escribí “Las calles callan” en prosa. Luego ese texto se convirtió en esta poesía, donde también está el relato de Gabi Nacach y su murga, y la lucha de Lili Bina en Córdoba: sin saberlo, ayudaron a escribir esto.

Poesía

Las calles callan



1

Es tanto
lo que callan las calles.

Bajo el asfalto
están los adoquines
como niños hijos de reyes
ahogados en sus camas

sus rodillas marcadas
por cicatrices de aventuras:

les arrojábamos bulones
a reventar
cargados de potasio y de saña

para espantar al mundo
a los poderes constituidos
a las viejas del barrio.

Eran los tiempos de la resistencia
una señora pulcra se asustaba

- deben ser los peronistas
decía.



2

Los adoquines
ahí abajo
recordarán

el zapateo
de las herraduras

los caballos trotones de los carros
del lechero
el quintero
el panadero

venían
redoblando
desde un alba de potreros y de cuadras

cloqueando
que todo estaba bien
que el mundo
se prestaba a mantenernos
otro día.

Los adoquines festejaban
rompiendo en chispas.


3

Adoquines
de 20
centímetros de arista
hombro con hombro desparejos
de galeotes
en fila

o adoquines pequeños
granitullo
dibujando florones y abanicos
como en las viejas carpetitas de hilo

todos están
bajo el asfalto

con las muescas
que dejaban las mazas de diez kilos
de los presos

- penados
les decían

tallaban el granito
en Sierra Chica

cada uno
cada golpe
irrepetible.

Tanto
callan las calles.


4

Ni tampoco el asfalto
es inocente

su sombra coagulada
silencia bosques de helechos
derretidos

fétida
carne de dinosaurios

alas de libélulas

debieran poner letreros:
pisar con mucho cuidado.


5

El barrio donde viví
en Córdoba
antes se llamó Pueblo
General Paz

lo planeó un arquitecto
francés

calles y plazas como calmos gobelinos
soforas y lapachos de ademán cortesano

y rejas de balcones Segundo Imperio
segundo
imperio
con testas de leones en llamas
floreciendo
en el centro de un sol.

Una ciudad francesa
una alfombra de lujo

tendida sobre los campos de monte
donde en tiempos crecían
yeguadas y entreveros.

6

Ahí
en General Paz
me decían
hubo
una laguna
y un tala gigantesco
en la calle Deheza

- esto no lo vi escrito
en ningún libro.

En ese lugar
habían peleado
caballos y moharras
de cordobeses contra cordobeses
de federales contra liberales

la última batalla
(las batallas
siempre son las últimas).

Ganaron los liberales.

7

En 1940
descuajaron el tala
secaron la laguna
para facilitar el tránsito

ahora la gente
camino del mercado
pisa el campo de batalla
y no lo sabe

a comienzos de cada primavera
una bandada de pájaros da vueltas
buscan el agua
los juncos
donde anidaban sus ancestros
hace treinta generaciones.

Los viejos
cuando charlan en las noches de verano
de silla a silla
en la vereda

remojan su memoria
en aquella laguna sin nombre.


8

Cuando alguien sabe algo
con certeza
dice

me lo sé de memoria.

Yo me lo sé de memoria
a Agustín Tosco
en marcha
por las calles de Córdoba

por más que esas calles
ahora callen.


9

Lo veo
Agustín Tosco
erguido
dando un primer paso
de una marcha de mil millas

aplomado
como una efigie

rampante
como el obrero que viene marchando
desde 1936
desde un cartel
de la República Española

pero de medio perfil
está escuchando
a un compañero
que le dice algo.


10

Camina
Agustín Tosco
junto a Atilio López
el obrero
el que será elegido
vicegobernador
el que será asesinado
por el terror blanco

camina
por Vélez Sársfield

un paso y cae
el general Onganía
un paso y cae
el gobernador Uriburu
tan parecido al bicho que lleva su apellido
un paso y cae
el general Levingston

cuando camina
Agustín Tosco
junto a la muchedumbre.


11

Lo veo
de memoria

Agustín Tosco
el hombre de Luz y Fuerza
hombre de luz
hombre de fuerza

camina
con la muchedumbre
camina
por Vélez Sársfield
hasta la esquina de San Juan
camina
hacia el presidio de Trelew

(sus compañeros
van a marchar
hasta que él salga libre)

camina
hacia el hospital
donde va a morir
demasiado pronto.

Tantas calles caminó
y ahora ninguna lo nombra

tan firme fue
frente a los tiempos
y ahora
en una ciudad de tantas estatuas
no hay una
que imite su firmeza.


12

De tanto en tanto
una nueva multitud
camina
por el centro de Córdoba
van por Colón y luego
por Vélez Sársfield
hasta San Juan
donde ahora hay un shopping

y nada cae –

pareciera
que la multitud camina
del mismo modo que los pájaros
sobrevuelan
en círculos
el lugar donde estuvo la laguna.

Pero
quién sabe.


13

Gabi Nacach
es antropóloga
y murguera

me dice
elegí aprender y enseñar
con el cuerpo y el alma
bailando carnavales.

Han nacido 700 murgas
en los últimos diez años
y en este mes son 105
sólo
en el carnaval de Buenos Aires.

Los gobiernos militares
las habían prohibido

ahora
en este país célebremente triste
tenemos
más comparsas que regimientos
más murgueros que curas.
14

Tres veces por día
los noticieros de Buenos Aires
les avisan
a los automovilistas

tal avenida está cortada
por una marcha
por un piquete.

A este paso
entre murgas y reclamos
van a gastar el asfalto

a este paso
van a aflorar
los adoquines

van a contar
lo que las calles
callaban.

Río Colorado, febrero de 2009.


A Gabi Nacach, murguera en las calles de Buenos Aires.
A Lili Bina, luchadora en Córdoba.
A Bob Gurney, quien me enseñó palabras que destapan las piedras.

jueves, 5 de febrero de 2009

Por qué "Antefuturos". Los viajeros, el viaje.

Inmigrantes italianos en la cubierta de un barco, 1918.
Antefuturos

Los viajeros, el viaje


Cuánto viaje para llegar hasta acá; hasta vos que estás leyendo, hasta mí que estoy escribiendo, a ambos lados de este espejo imperfecto. Cuántos viajeros, desde el comienzo de la especie, se han ido pasando la semilla, de un siglo a otro, de un continente a otro, como en una carrera de postas. Y con la semilla un encriptado de sueños, fantasmas, miedos y alegrías: nombres de mitos con los que nos hacemos y deshacemos.

Decía que somos algo más que viajeros. Somos el viaje mismo; en nosotros está cifrado todo lo que ha sucedido. Estuve ahí, podemos decir cada vez. Estuve a la orilla de ese río de Siberia y en ese monte del Cáucaso. Estuve en ese barranco de Etiopía y en esa antigua ciudad. Estuve con los bárbaros y con los imperiales, con los peones que arrastraron piedras en Sacsahuaman, quizás sin ganas y sin saber para qué, y con los que sabían, y con los que después asaltaron la fortaleza. Encuentro mi cara y la tuya ahí arriba, en la foto de esos inmigrantes arracimados en la cubierta del barco que los traía a la América, a los logros y decepciones de la América.

Estuvimos ahí. Estamos ahí todavía, porque ese ahí es parte nuestra.

A veces pensamos que este viaje es una larga serie de derrotas. Qué pocos festejos nos han tocado vivir; y aún estos, qué relativos, qué sospechables. Fiestas de príncipes nuevos que luego se volvían tiranos, de revoluciones que después fueron traicionadas. Y aunque nada de eso nos sucediera o nos afectara, de todos modos seremos siempre vencidos por el olvido y la muerte. Pero en perder y perder está nuestro ganar: el viaje sigue y con él seguimos después de cada derrota, más allá de lo derrotado.

El viaje sigue. Por eso los antepasados son antefuturos. Revisando su legado de deseos y frustraciones recogemos lo esencial para la próxima etapa. Si el viaje es aprendizaje, como en Wilhelm Meister, en el cuento del Compañero de Viaje de Andersen y en tantos otros relatos, entonces siempre hemos estado aprendiendo, y seguimos aprendiendo.
Ramón
Jueves 5 de febrero de 2009

Revancha y derrota de Luis Parodi

Luis Parodi. Foto de 1945.

Antefuturos

Revancha y derrota de Luis Parodi

De mi abuelo materno Luis Parodi no tengo recuerdos personales. Llegamos a tocarnos, él me conoció, pero se murió cuando yo era muy chico. Lo admiro y amo por lo que luego he averiguado de él: su porfiada adhesión a la vida, pese a los padeceres y las tristezas.

Había nacido en Pontedecimo, un borgo residencial al norte de Génova, en 1887. El lugar se llama así desde hace más de dos mil años, cuando los romanos construyeron un puente, justo en la décima milla contada desde Génova hacia el Norte. El apellido no era muy original: hay cientos de Parodis en esa región, y decenas en la Argentina. En fin, siempre procedemos de alguna tribu.

(En Pontedecimo había estado Juan Bautista Alberdi en 1843, invitado a la casa de sus parientes, los Barabino. El autor de la Constitución y los minués logió la belleza del lugar, el verdor de bosques y plantíos logrado a fuerza de trabajo contra la aridez natural, los caminos parejos y limpios. Los parientes le cebaron mate con una yerba que habían hecho traer desde el Paraguay.)

La familia de Luis era relativamente rica. Vivían envueltos en música. Él tocaba el clarinete en la banda escolar, leía partituras, iba con sus padres en carruaje a la ópera de Génova. Estaba de moda Mascagni (Cavalleria Rusticana), y comenzaban a escucharse las discutidas melodías del joven Giacomo Puccini – un Piazzolla de entonces.

Algo sucedió después que dejó a los Parodi en una pobreza extrema; quizás la catastrófica crisis económica de la década de 1890.
No se trata de esa pobreza en la que yo crecí, en la que Charles Péguy era experto, en la que uno se puede hacer experto, instalarse y vivir momentos de alegría. Sino de esa que sobreviene, como una privación y otra, parecida a una inundación que no deja de crecer y sumir; y frente a la cual sentimos que todavía no hay saber, no hay saber posible.

Lo más triste está en los detalles. No vivimos “la pobreza”, sino los golpes concretos que nos laceran. Una hermana querida de Luis se murió “de tristeza y consunción”. Llamaban consunción al hambre y al sufrimiento por el frío extremo. Uno moría “consumido” por la pobreza. Y la tristeza. Las amigas de la joven habían dejado de tratar con ella.

Luis trajo bellas canciones e historias de Génova. Contaba que en los días de verano, los chicos se zambullían en el mar Ligur, en el puerto. Sacaban a flor de agua y mostraban entre los dientes las monedas que arrojaban los turistas desde los barcos. Él era un buen nadador; quizás alguna vez lo haya hecho. También contaba cómo las mujeres que vivían cerca del mar se lavaban los cabellos en el agua salada y cristalina, una y otra vez. Por eso, decía, las genovesas tienen ese pelo rubio cobrizo.

Pero él se vino a vivir a un lugar sin mar, sin bellos jardines, sin ópera, sin puentes ni ríos ni colinas.

En 1908 emprendió el viaje hacia la Argentina, junto con un hermano menor. Deprimido, este hermano se mató de un escopetazo en Río de Janeiro. Luis, que tenía veinte años, siguió viaje. Desembarcó en Buenos Aires y trabajó en todo lo que se daba, hasta lograr empleo estable como mayoral de tranvía. Un buen día se enteró de que en un pueblito, Juárez, buscaban empleados para un molino. Allá se fue.

Como en otros lugares del interior, en Benito Juárez se hacía la molienda del trigo de la región. Hoy muchos de esos molinos están abandonados. Pero en aquellos años los dueños de la empresa harinera querían comenzar a fabricar fideos; y para eso fue contratado Luis Parodi. Durante el resto de su existencia sería fideero.

Quedan hilachas de memoria de sus inicios en Juárez. Lo invitaron a un asado que terminó en trifulca, y él escribió una crónica versificada de los hechos en su trabajoso castellano. Mi abuela Violante recitaba cuatro de esos versos: “Batifondo y confusión/ por parte de los más bravos./ Yo, parado en un rincón/ hacía el papel del pavo.” Dos generaciones rieron con estos versos.

Se afilió al Partido Socialista. Tenía sólo dos sillas en su pieza, pero llevó una como donación para el partido.

En 1918 se casó con mi abuela María Angela Violante Fontana, a quien llamaban Viola. Hija del finado Santos Fontana, Viola era muy lectora y amante de la música. Tuvo que dedicarse a la costura desde adolescente (se decía “coser para afuera”), y se quedó con las ganas de ser maestra. Creaba sus propios modelos, diseñaba los moldes de prendas originales y elegantes. Pero añoraba el magisterio, y nos tomó a sus nietos como alumnos, en una escuela universal que funcionaba en la cocina de su casa. Su programa incluía música y recitados de poesía, aunque el chico tuviera sólo cuatro o cinco años. Y también lecciones de cocina, huerta, herboristería, historia de Italia, efemérides argentinas, y cuanto pudiera presentarse.

Don Luis seguía siendo un convencido socialista. Cuando nació su primer hijo, en los épicos tiempos iniciales de la revolución bolchevique, quiso llamarlo Lenin Parodi. El jefe del registro civil de Juárez se negó; y mi tío pasó a llamarse Amílcar. Después sería un porfiado conservador. Me pregunto qué habría hecho de haberse llamado Lenin.

Mi abuelo llegó a ser el maestro fideero de la fábrica, con un buen sueldo. Una decisión suya lo pinta de cuerpo entero: se trajo la primera radio que hubo en Juárez, costosa y enorme como una catedral gótica, para escuchar la ópera del Teatro Colón. Se compró también la primera victrola del pueblo. Y desde siempre tenía su guitarra, con la que se acompañaba para cantar en xeneixe. Fue amigo personal del famoso tenor Beniamino Gigli, que eligió el piano que compraría don Luis para la casa. Si quieren oír cómo cantaba Beniamino...

Sus hijos lo recuerdan trabajando en el patio de la casa que se había construido. Tenía allí un pequeño parque con frutales y flores de toda clase, como los que había descripto Alberdi. Pasaba los ratos libres pintando tutores con prolijas franjas blancas y rojas, plantando y abonando los arbolitos que se hacía traer desde la capital.

Viajaba al menos una vez por año a Buenos Aires para asistir a la temporada lírica. Era amigo de una familia de genovesas que revistaban en los coros del Colón. Sus dos hijas tuvieron nombres vinculados a la ópera y al arte. Lily, la menor, se llamó así por la Pons; Fanny, por la desenfadada Fanny Brice, cantante de temas tan exitosos como My Man (1920) y una de las primeras divas del cine móvil. Mi abuela miraba de reojo estas preferencias de su marido.

Parecía haber ganado una revancha. Había recuperado la música, el verdor, cierta belleza en su vida. En los veranos recuperaba también el mar, cuando iba con familia y parientes en una caravana de dos o tres autos hasta Mar del Plata.

Las preferencias políticas de don Luis cambiaron cuando Mussolini llegó al poder y empezó a realizar obras que resolvían viejos problemas de Italia. Ese Duce tan eficaz, también un antiguo socialista, le devolvía su orgullo de ser italiano.

Esto lo llevó a nuevas decepciones y tristezas. Mussolini se mostró más y más autoritario, se asoció a Hitler, y metió a Italia en una guerra larga y desastrosa. Las noticias de las miserias del fin de la guerra le recordaron a don Luis sus tiempos de joven en Génova. Para colmo, el Mariscal Badoglio y el Rey parecieron retomar el poder; la democracia cristiana, auspiciada por el Papa, se afirmaba como primera fuerza política de Italia; y los norteamericanos se paseaban por Europa como señores. Y don Luis sentía una visceral antipatía hacia los generales, el Rey, la iglesia y los yanquis.

Sobrevivió por poco tiempo. Vendió la casa en Juárez y se mudó a Tandil, en la esquina de Chacabuco y Garibaldi. Allí lo trataron de un cáncer de estómago del que murió cuando tenía 60 años. Había dicho que quería morir a esa edad.

Ese primer lugar

La bahía de Genova, el mar Ligur, la montaña y el boscaje.




Ese primer lugar

La vida de mi abuelo Luis Parodi, que traté de narrar en el artículo anterior, parece trazar una parábola. Comienza con días felices, y luego se hunde en pérdidas: la hermana, el hermano, la música, la floresta, el mar, todo lo pierde.

Después se toma la revancha. Pieza por pieza va recuperando lo perdido. Reconquista la música, el amor, la belleza, el orgullo patriótico. Hasta que un nuevo golpe le arrebata casi todo. Creo que de algún modo decidió que no valía la pena envejecer. Como lo había anunciado a menudo, murió a los 60.

¿Acaso durante nuestros años de vida buscamos recuperar un primer lugar perdido? Para él fueron las colinas y boscajes, el mar y la ópera de Génova. Quizás para mí lo sea ese rincón de la cocina de mi abuela, donde en los días fríos se sentía el aliento cálido de la cocina económica y se veían arder las maderitas. Esa mesa con un hule verde sobre la que siempre estaba el milagro de los libros y de las revistas, en los que había tanto para ver – eran inagotables, como la conversación de la nonna Viola.

¿Es así?

Quería compartir con vos estas preguntas. ¿Qué viajes te hacen ser? ¿A cuáles de los viajeros sentís cerca? ¿También añorás un lugar primero?




Ramón.


Febrero de 2009.

domingo, 1 de febrero de 2009

El silfio, 1. La planta que dio origen a la forma del corazoncito.

La semilla/fruto del silfio representada como un corazoncito, en una
antigua moneda de plata de la ciudad de Cirene.

El silfio, 1. La planta que dio origen a la forma del corazoncito.


Algo hemos contado acerca del silfio en una charla sobre las plantas y el poder. Volvemos sobre el tema, a pedido de un amigo.

Cuando queremos dibujar un corazón, casi por automatismo le damos esa forma de “corazoncito” con dos asas a la que nos han acostumbrado desde chicos. Así nos lo enseñaron la gráfica más o menos ingenua transmitida por madres y padres, las historietas, los libros infantiles o no tantos, la práctica escolar, y aún la iconografía religiosa. Por otro lado, sabemos que la forma del corazón no es esa. El simpático objeto de las dos orejitas dista de semejarse a ese músculo ceñudo y porfiado, ese trabajador incansable con rostro de puño que defiende oscuramente nuestra vida.
Para saber de dónde procede aquella forma convencional, tenemos que volver la mirada hacia el silfio.

En algunas imágenes hititas y mitanas aparece un príncipe distribuyendo cierto producto vegetal entre sus cortesanos: semillas de silfio. El reparto de este preciado producto hecho por el señor de la ciudad o del reino entre sus vasallos, fue práctica habitual en las civilizaciones arcaicas, anteriores a griegos y latinos. El rey o señor compraba cargamentos de él, y los entregaba en palacio, en un acto político que demostraba su magnanimidad, su carácter de sostenedor del bienestar de los súbditos… y de paso, como todo acto de poder es acto de confirmación de un orden, remarcaba las jerarquías políticas: las semillas eran entregadas a los señores o jerarcas del reino. Se supone que estos realizarían luego algún tipo de distribución, tampoco igualitaria, entre quienes integraban sus séquitos.
El silfio es una planta extinguida – aunque actualmente en Italia están realizando investigaciones para recuperarla o para detectar otras del mismo género, Asteracea. Tendemos a olvidar lo que ya no existe. Pero teniendo en cuenta lo importante que fue, un olvido tan radical y difundido parece extraño. Se lo conoció, valoró y utilizó, y se lo representó en frescos, tabletas y relieves en Creta, Mitanni, Hatti, Egipto y todo el Cercano Oriente. Pero ahora está en la penumbra de la memoria, como en nuestras tierras sucede con el cebil, fundamental para las experiencias místicas y artísticas en las culturas originarias de las regiones del centro y noroeste.

Falta que señalemos lo que hacía tan valiosa a la planta. Lo vemos en el artículo siguiente.

El silfio, 2. De la antigüedad al Viagra, pasando por el Sagrado Corazón.

Antigua moneda de plata de Cirene que representa la planta de silfio.


El silfio, 2. De la antigüedad al Viagra, pasando por el Sagrado Corazón.


Parecido a un hinojo gigante, el silfio sólo crecía en una zona paralela al mar de 200 por 60 km en inmediaciones de la bella ciudad griega de Cirene, actual Libia. La moneda de la ciudad reproducía la imagen del vegetal, que supo ser su gran fuente de riqueza.

Laser, silphion, silfio, tales los nombres con que llamaron a la planta . Debido a su lugar de origen, los romanos lal denominaron "ferula tingitana", la vara de Tánger, o de Marruecos.Se la usaba como especia o como medicina. Según el mito, había sido un regalo del dios sanador, Apolo. Los romanos aseguraban que valía su propio peso en denarios de plata (apreciadas monedas de las que viene nuestro término “dinero”). Se comerciaba una resina extraída de la planta, similar a la asafétida.

¿Por qué el silfio brindaba poder a quien lo poseía en cantidad y lo entregaba? Nos dicen que calmaba la tos, la fiebre, los dolores, la indigestión; curaba las verrugas... También se lo apreciaba como aromatizante en la cocina. Pero la clave radica en que era un anticonceptivo; según se lo usara, operaba como una píldora del día después o como un abortivo (como lo es aquí el gualeguay), por sus propiedades estrogénicas. De modo que los príncipes disponían nada menos que de la posibilidad de regalar a los fieles de su entorno el acceso a un placer sin consecuencias.

La desertificación, la sobreexplotación, el sobrepastoreo, extinguieron al silfio. Parece que sólo el que se daba en estado silvestre poseía las cualidades indicadas. J.S. Gilbert sugiere que estas se debían a que la resina venía mezclada con cantaridina (polvo de cantáridas); de allí sus propiedades estrogénicas, excitantes, vigorizantes para el varón, y abortivas.

Según otro mito, los mellizos hermanos de Helena, Cástor y Pólux, visitaron cierta vez su Esparta natal. Le pidieron al dueño de la casa donde había transcurrido su infancia que los dejara pasar la noche en la habitación que en vida habían ocupado – antes de ser mutados en inmortales. El hombre se negó, alegando que en ese cuarto dormía su hija virgen, y los alojó en otro. Por la mañana, no estaban ni la chica ni los dioses. En el dormitorio de ella sólo encontraron una rama de silfio y una estatuilla de los Dióscuros.

Cuando usted dibuja un corazón – esa forma ya impuesta, con dos alitas – está dibujando el emblema egipcio y cireinaico para representar el silfio: sus semillas, tan vinculadas con lo amatorio, tenían ese aspecto. (Ver la foto en el capítulo anterior).

La Iglesia Católica comenzó a usar ese mismo diseño como emblema del Sagrado Corazón en el siglo XVII, a partir de una visión de la Santa Margarita María Alacoque.

Y los soldados que el Duce Benito Mussolini envió a conquistar Cirenaica también usaron al silfio como distintivo – pero en este caso, la rama de la planta, el “silfio d'oro”- para condecorar a los combatientes.

En tiempos más recientes, una de las presentaciones más difundidas del sildenafil (la droga básica del “viagra”, revolucionario remedio de la disfunción eréctil) es una grajea en forma de “corazoncito”… es decir, de silfio.

Tan cercana a lo etéreo, tan despegada de lo material… y sin embargo, cuánto poder acumula y ejerce una imagen. Poder que puede sobrevivir a la desaparición del objeto que era representado, poder que se difunde y prolonga en otras manifestaciones y objetos, y que contagia hasta la semblanza que damos a las divinidades. Poder de la forma, capaz de hacer resucitar aquella planta, aquella semilla perdida que le dio origen.
...

jueves, 29 de enero de 2009

La escritura y el mar vacío


Foto de Alberto Malva, "El mar en el atardecer".


La escritura y el mar vacío

Entonces, será que uno escribe para esto.

Aparte de todos los otros fines que uno dice y que se hace creer, uno escribe para llegar no sé si a un fin, a un simulacro de fin, un punto en el que se detenga la escritura.

Punto en el que no hay por ahora necesidad de decir, por un momento. Sólo se escucha la hueca resonancia de un mar de silencio, sin criaturas.

Tanto es lo ignorado... Homenaje a Martín Gil.


El árbol de nombre desconocido en la esquina de mi casa.

Tanto es lo ignorado. Homenaje a Martín Gil (1868 – 1955)

Nos rodea lo ignorado, y así nos dejamos vivir.

-¿Ese árbol? Usted sabe cuánta gente me pregunta el nombre… No sé – me dice mi vecina ante ese magnífico ejemplar plantado desde hace treinta años frente a la puerta de su casa; ese que todos los veranos se prodiga en extraños frutos tejidos con prietos hilos de seda resinosa en su interior. – Alguien habrá traído una semilla del norte – aventura ella. Tampoco yo sé el nombre de ese árbol, cuya foto incluyo aquí.

Ignoramos también el nombre de muchas de las estrellas que admiramos cada noche. Desconocemos cómo vive el insecto que anda por el patio, y cómo va a obrar nuestro perro o nuestro gato. No sabemos cómo se hacen la sal, el azúcar, el pan, nuestros alimentos elementales. Las más y los más desconocemos el significado de nuestros nombres, el origen de nuestros apellidos. Se nos escapa el motivo y la intención de algo tan íntimo como nuestros sueños –su alambique está en un cuarto cerrado para nosotros. Ignoramos el nombre de esa flor silvestre, tanto como el día y la hora en que hará eclosión la crisálida dormida de nuestra muerte, por ahora plegada en algún lugar secreto de nuestro cuerpo.

Vamos como el minero con su lámpara sorda sobre la cabeza, iluminando apenas y mal, el menguado espacio que van a hollar nuestros pies. La desmemoria atrás, la imposibilidad de prever adelante, nos cierran el espacio.

Por eso es tan liberador que de vez en cuanto encontremos algún sabio. Alguien que haya querido ocuparse de ver un poco más, y un poco más lejos. Alguien que haya querido ofrecer lumbre gratis, sin otro goce que el del propio conocimiento y el servicio a los demás – aunque a veces los beneficiarios se resistan de mala manera a recibir el servicio gratuito.

Por eso es tan valioso un hombre como Martín Gil, al que quiero rendir homenaje en este artículo y en el siguiente. Un sabio nuestro, escasamente reconocido. Porque en fin, parte de este asedio de lo desconocido es que también ignoremos a nuestros sabios.

Semblanza de Martín Gil. Datos y textos.


Camino de las Altas Cumbres, Córdoba. Construido en la gobernación de Ramón J. Cárcano, siendo Martín Gil su ministro de Obras Públicas.


SEMBLANZA DE MARTÍN GIL. Datos y textos.

El casi olvidado Martín Gil fue un sabio argentino. En las efemérides lo califican, injusta y menguadamente, como “meteorólogo, astrónomo y escritor.”Aún esto no sería poca cosa. Pero fue, insisto, un sabio, conforme al modelo de los “savants” franceses… o aún antes, al de los Siete Sabios de Grecia.
Así quisiera que lo consideremos, porque su interés por el conocimiento no reconoció límites disciplinarios. Fue fundador de la meteorología nacional; impulsó y renovó el Observatorio Astronómico de Córdoba. Pero también fue doctor en Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Y ministro de Obras Públicas en el excelente gobierno de Ramón J. Cárcano, ese demócrata ilustrado, en la provincia de Córdoba, cuando se construyeron escuelas y caminos que renovaron la geografía y la mentalidad provincial. Por entonces Martín tenía 27 años de edad. Y también fue diputado y Senador provincial, y diputado nacional; y profesor del Colegio Nacional de Buenos Aires, y director del Servicio Meteorológico Nacional… y observó festejos y recopiló canciones en la sierra, y escribió muchos bellos libros, en una prosa tan poéticamente científica como científicamente poética.

¿Hará falta más que esto para reconocerle el apelativo de “sabio”? Por si fuere menester, el Simurgh recordará algunos rasgos y textos del admirado Martín Gil.

Nació en Córdoba el 23 de octubre de 1868, y murió en Buenos Aires el 9 de diciembre de 1955.

Fue tan prudente como valiente. Sabemos que la clerigalla cordobesa era y es hueso duro de roer. En alguno de sus escritos (“Charla de don Lino”, de 1906, en el volumen “Aguamansa”) consta este diálogo, sólo en apariencia ingenuo:

- Bienaventurados los mansos, don Lino, porque ellos poseerán la tierra.
- Lo dudo, amigo! Los mansos cuando más podrán contar con un lindo bozal, de plata si usted quiere; con necesidades, las más de las veces, o en su defecto con tierras celestes inaccesibles al impuesto territorial, es verdad, pero muy poco aptas para la agricultura.

Tengamos presente que el personaje de don Lino, el zapatero, es vocero del pensamiento de don Martín.

Posiblemente también lo sea don Quiterio, con quien Martín regresa, al tranco de la mula, en la noche serrana, de una novena. Aunque ambos son de la fracción conservadora de Cárcano, un librepensador y anticlerical reformista, se aproximan al anarquismo:

- ¿Qué es lo que divisa tanto, niño? – dijo el viejo animando la mula que amenazaba espantarse.
- Miraba esa larga cinta de luz lechosa que alumbra como sin ganas, allá arriba – le contesté, señalando la Vía Láctea.
- Y a la verdad, que está bastante relumbrosa – dijo ño Quiteria levantando la cabeza -; parece como si fuera el tirador de plata con que el cielo se faja la cintura. Y ese es el único tirador con chafalonía que veo durar a su dueño, en estos malos tiempos que corremos – dijo con tristeza -. ¿Y sabe, niño, por qué le dura? – Porque en el cielo no hay cuestiones con Chile, ni política, ni jueces de paz, ni escuagras que mantener, ni pulperías, ni casas de empeño; si no, ¡qué años que estaría toda su plata convertida en barra y requeteguardada en el baúl de algún gringo masón!”
… (Una novena en la sierra, 1902)

En estos días de enero de 2009 veía yo a Sirio ardiendo como una antorcha en el cielo. Y recordaba las observaciones de Martín Gil sobre lo justo o injusto de que hablemos de la “canícula”, los días del Perro (constelación de la que Sirio representa la cabeza) para referirnos a las más ardorosas jornadas de verano. Y aún otra observación de su libro (imposible de conseguir) “El cielo y la tierra”, que supo contarme el amigo poeta Ángel Fuentes “Cuando Sirio acrecienta su brillo, en uno de sus ciclos, entonces es más fuerte el celo de los gatos.” Y efectivamente, estos han sido días de gañidos, maullidos y alaridos entre los enamorados felinos del barrio.

Martín Gil utilizó la prosa poética para referir sus reflexiones científicas y antropológicas. Sus descripciones de las costumbres cordobesas (que a menudo criticaba) y de los rituales (en los que no creía) son respetuosas, sin dejar de marcar lo que él no compartía. Con suave ironía se refiere al efecto de las múltiples campanas de las iglesias cordobesas, que has de escuchar creas o no, sobre los nervios desquiciados de los pobres enfermos insomnes; a la percepción de las beatas, agudizada por ayunos y largas oraciones, a la que no se le escapa noticia alguna de la vida del vecindario. Y se divierte narrando cómo los gérmenes patógenos de Buenos Aires, en congreso general, deciden trasladarse a la ciudad de Córdoba, pues en ella pasarán todavía muchos años antes de que exista una red cloacal adecuada…

El presente ciclo de desecación de la región, la arborifobia cordobesa que produce la tala de los naranjos del patio de la Universidad, y así provoca la huída de la estatua del obispo Trejo, la avidez de los procuradores que embargan las cosechas de trigo, la indiferencia del ferrocarril inglés ante las penurias del chacarero gringo, la vocación festejante de los ediles de la docta, que a la menor oportunidad hacen estallar bombas de estruendo (estamos hablando de los comienzos del siglo XX)… todo ello es señalado, comentado y gentilmente expuesto por Martín Gil, que mezcla la crítica social con la sonrisa.

Prosa poética, dijimos. Demos tan sólo una muestra de ella.

“En octubre, a las tres de la mañana, el cielo es un jardín. Es el mismo que corresponde a las primeras horas de las noches de verano, así que anticiparse a gozar de él es como si dispusiéramos de una parte del cielo en invernáculo. Las mejores flores del jardín están abiertas”… “Hacia el norte, van pasando las Pléyades, ese grupo delicioso de seis pequeñas estrellas a simple vista. Son las vírgenes que acompañan a Diana, huyendo de Orión, el cazador. A sus ruegos, fueron convertidas por los dioses en siete palomas blancas y colocadas en el cielo.”…” Apuntando al centro del grupo con el anteojo, se presencia un bello espectáculo, porque entonces las siete palomas se extienden y se separan como espantadas, brilla su plumaje, y entre los claros que ellas dejan, surge una multitud de estrellitas, como si el instrumento fuera un halcón, que al perseguir y dispersar la bandada de palomas, hubiera puesto en alboroto un enjambre de picaflores.”… “Siguen sus hermanas las Hyades, las divinidades pluviales,siempre llorando la muerte de su hermana Hyas. Forman una V o un compás, y en el extremo de uno de sus brazos resplandece una linterna roja: es Aldebarán, el ojo del toro. El Tauro despide chispas por su ojo de fuego, al verse amenazado por Orión.”… Y así prosigue la cautivante prosa de este científico, hombre de leyes, recopilador de dichos y costumbres, conocedor omnívoro.

Julio Salinas señaló que frente a la adocenada y rutinaria poesía de fines del siglo XIX, la prosa poética marcaba los nuevos rumbos de la palabra viva. Al leer a Martín Gil, se siente esta vitalidad de la palabra. No sólo sabía mucho; fue capaz de decirlo de la mejor manera, iluminando sin herir.

En algún momento de su vida Martín Gil fue dueño de algún campo. Luego dejó de tenerlo. Más no sé, porque he hallado pocos datos de su biografía.

Lo que sí creo es que no necesitaba campos, quien de este modo se había hecho dueño del cielo, de la tierra y de la palabra.

El Sultán Progre


Agustín Tosco: no fue sultán ni progresista.


IMPACTANTE ACTUALIDAD POLITICA DE UN APÓLOGO DEL SIGLO XIII:



EL SULTÁN PROGRE

Érase un Sultán que al asumir sus funciones decidió impartir a su gobierno un perfil netamente progresista, que iba a diferenciarlo de sus antecesores.

Desde un comienzo, impulsó una serie de políticas proactivas.

Puesto que en aquel siglo XIII en Kandahar no existían los canales de televisión, llamó al sabio del lugar para que opinara al respecto.

Le expuso lo siguiente:

- Mira, he decidido comprarles a mis súbditos una vez por mes todos los pájaros que tengan enjaulados, para dejarlos en libertad en un acto público. De este modo promuevo a la vez la conciencia ambiental y la redistribución del ingreso. ¿Qué te parece?

El sabio le respondió:

-Lo lamento por los pajaritos y por tus súbditos.
- ¿Cómo dices? Sospecho que estás en contra de este proyecto nacional y popular.
- Si pagas por los pajaritos, tus súbditos se van a sentir impulsados a cazar más y más de ellos. Durante la caza, son muchos los pajaritos que perecen. Los que llegas a liberar son apenas una parte de los que originariamente estaban en libertad. Y por otra parte, acostumbras a tus súbditos a vivir del pago que el gobierno les hace por cazar y matar pajaritos. Lo interesante sería que gobiernes de tal modo que no haga falta ponerte a comprar pajaritos - ni súbditos.

No sé si el Sultán Progre acusó al sabio de ser un anti Kandahariano en conferencia de prensa, o si este logró sobrevivir a pesar de su sinceridad.

Lo que sí sé, es que en este cuento de hace ocho siglos ya estaba definida una diferencia importante: el negocio del progresismo es que existan injusticias para morigerar – y así acumular capital político; mientras que el cambio verdadero consiste en hacer innecesarios los Planes y Proyectos de los bondadosos sultanes progres.




miércoles, 28 de enero de 2009

Dos días de viaje por Tuván. Primer día.

Mapa (relativo) de la República de Tuván


Dos días de viaje por Tuván. Primer día.


Los blogs nacieron como diarios de viajes; este pretende serlo, aunque nuestro viaje no siempre supone desplazamiento corporal, sino más bien de la mirada; crónica de la andanza inconclusa que nos hace ser quienes somos. En esta travesía, hoy los invito a incursionar por Tuván.

¿Para qué existe Tuván?

Es más fácil hacernos esta pregunta con esta República y país, que por ejemplo con el Estado y el país llamados Argentina. Proponemos pues un rodeo, caros lectores discusores, para preguntar indirectamente por nosotros mismos.

Parece naturalizada la existencia de los estados nacionales, tanto que mi pregunta suena irreverente. A nadie le gusta que le anden tocando el Estado. Menos aún, si se identifica con él y a la vez se siente como algo endeble, inseguro de sí mismo. Reiteradamente cito a Macedonio Fernández cuando escribía “los pueblos inexistentes son malsanos”; lo son especialmente para quien se pone a preguntar con insistencia acerca de ellos.

Desembarcamos

Tyva o Tuván es una pequeña república ubicada en el sur de Siberia. Con sus 170.000 km2 (menos que la provincia de Córdoba) y sus 300 mil “habitantes” si lo son (menos que Chubut), hace poco ruido en los medios. ¡Con decirles que no figura en el Almanaque Mundial! El editor habrá calculado que no valía la pena aumentar el costo agregando una hoja para país tan inconspicuo. Sí le dio espacio al discutible Vaticano, que no tiene crecimiento demográfico natural, o a la República de Naurú con sus 30.000 surferos, narrando inclusive su crisis entre el ejecutivo y el legislativo (crisis de Naurú, no del Vaticano, por supuesto). En cambio nuestra Tuván sólo aparece en las más anárquicas y felizmente sueltas páginas de Wikipedia. Mejor esto que andar en malas compañías.

Recorriendo sitios y blogs en pos de Tyva, sus habitantes y sus saberes, por momentos temí estar malcopiando a Borges en su persecución de Tlön y Uqbar. Pero este es un país real, no menos que USA si lo es; y su río Alash está corriendo ahora mismo, con aguas no menos reales que las de cualquier poesía o de cualquier río, v. gr. el Colorado.

Pero volvamos a la cuestión urticante. ¿Para qué existe Tuván? Es un país bastante más antiguo que el nuestro. En el siglo XIII lo conquistó Ghenghis Khan, uniendo así a los preexistentes tuvanos con los demás mongoles. Los manchúes los incorporaron al Imperio Chino en el siglo XVIII. En 1885 los tuvanos se rebelaron contra los chinos; en 1917 se pronunciaron a favor de la revolución soviética; pelearon otra vez contra los chinos que los invadieron en esos tiempos revueltos; se declararon República Popular en 1924; y en 1992 han asumido el estatuto de República Autónoma.

Están ahí, existiendo desde la prehistoria, defendiendo su existencia desde al menos el siglo XIII, ¿para qué?

Naciones, estados, providencia y crímenes

Para Godofredo Guillermo Herder, ministro eclesiástico, historicista y optimista, cada nación de la tierra era necesaria, porque encarnaba un sentido querido por Dios, un designio suyo de confiarnos o enseñarnos algo. Todas y cada una debían existir; si alguna hubiera faltado, habría quedado trunco el propio discurso divino, como un texto al que se le sustraen varias letras, e ininteligible la historia humana que se fundaba en él.

Hoy más bien nos preguntamos si tienen sentido los fanatismos nacionales, las masacres que ocasionan, y con ellos, las naciones que los generan. Y apostamos a modos de organizar las sociedades no sustentados en la nación: estados multiétnicos, estados federativos… y estados como los que aún están por inventarse.

Herder escribió lo suyo cuando aún Alemania no estaba unificada. Él pensaba las naciones más como pueblos que como estados; las sentía como entidades colectivas fascinantes por sus particularidades y diversidades, sus músicas, sus idiomas, sus formas literarias. Estos rasgos les daban sentido y presencia, más que un Estado propio.

En esa serie de pequeños estados alemanes que eran Alemania pero de otra manera, el pensador anarquista Rudolf Rocker descubrió una vida cultural más intensa y bulliciosa que bajo el estado único que luego remacharon los prusianos. La Alemania unida a fuerza de sangre y acero quiso luego imponer su receta al continente y al mundo, con los resultados consabidos.

La República de Tuván, o Tyva, quizás esté a salvo de incurrir en tales excesos. En parte porque precisamente no es un estado nacional. Los tuvanos son sólo uno entre los muchos pueblos turco-mongoles del Asia, no el único. Hasta les resulta un poco difícil decir desde qué lugar o raya se diferencian de sus vecinos inmediatos. Hay tuvanos dando vueltas por Mongolia y por China. Hay rusos, mongoles y chinos en Tuván.

El estado-nación como asesino serial

Es para pensar si existe realmente algún estado-nación en el mundo. Diría que no: que no hay estado tal que se superponga exactamente con una nación, ni viceversa. Los estados naciones son construcciones ideológicas. Amasijos de himnos, inflamantes lecturas escolares, mapas ampulosos a la hora de servirse tierras irredentas, conscripción, burócratas, oficiales y prelados, esos “estados nacionales” que no lo eran, se comportaron como los asesinos más masivos y alevosos de todos los tiempos. Hay que recordarles a los distraídos que los mayores crímenes no son cometidos por pibes a los que hay que penalizar, sino crímenes de Estado, cometidos por personeros que creen tener una misión trascendente. (Y a menudo también, por las grandes empresas asociadas a esos personeros.)

Ha habido una construcción mítica de los estados nacionales, también en la Argentina. Se dio por supuesto que aquí debía haber una sola nación. Si no la había, era cuestión de hacerla. “El Estado crea la escuela, y la escuela crea la nación”. La conscripción al modo prusiano completaba la tarea creativa. De este modo aplastamos, desde el primer grado escolar en el más piadoso de los modos, a naciones presentes en nuestro territorio que siguen hasta hoy esperando se les reconozca su derecho a la existencia como tales, en un estado federativo plurinacional.

El intento de construcción ideológica del estado nación redunda en tragedia. La historia reciente de las guerras balcánicas nos lo dice una vez más, como la del Medio Oriente. Las operaciones de extinción de diferencias en los países latinoamericanos lo han demostrado. Creo que hay motivos para no querer un estado israelí sobre tal modelo; tampoco un estado palestino, ni un estado mapuche. Se trata de no copiar los modales de los estados victimarios, sino de imaginar estados sin víctimas necesarias.

Por cierto la otra construcción mítica, aquella de la dictadura del proletariado, causó tantos muertos como la de los estados nacionales. Pero cuando Stalin se vio amenazado por una posible victoria nazi, volvió de su mal digerido materialismo dialéctico al nacionalismo mítico, reinstaurando el culto a la Santa Madrecita Rusia, en una síntesis del milenarismo tradicional con el soviético.

Pero bueno, ¿para qué existe Tuván?

Preguntarle a la pregunta

El pensamiento nace en la pregunta. Pero sólo crece y despliega las alas cuando nos animamos a preguntarle a la pregunta. En este caso, ¿para qué nos acostumbran a preguntar para qué?

¿Será para que nos acostumbremos a contestar en términos de “para que…”? ¿Es decir, a encuadrarnos en un pensamiento forzado según el cual los entes deben tener finalidad? Y por otra parte, ¿quién está autorizado a definir ese para qué?

Pero por qué no pensar que cada ente tiene y debe tener ante todo su fin y su gozo en sí mismo…

Veamos entonces qué índole de felicidad, si alguna, brinda Tuván a propios y a extraños, a habitantes y a lectores lejanos; qué hay allí de bello y propio en sí mismo. Entonces podremos dar por superada la pregunta inicial.

Acompáñenme al post siguiente, y trataremos de desbrozar esa incógnita.

Dos días de viaje por Tuván. Segundo día.

El majestuoso valle del río Alash, comarca del canto profundo de Tuván.


Dos días de viaje por Tuván. Segundo día.

Algunos rasgos de Tuván

Para extasiarse con el país, basta pensar que tiene 9.000 ríos. ¡Nueve mil! Ríos de montaña, cantarines, aunque helados en pleno invierno, cuando la temperatura media es de unos veinte bajo cero. El majestuoso Yenisei es el padre o la madre de casi todos ellos. Por si esto fuera poco, varios grandes lagos suman algunos miles de kilómetros cuadrados, junto con los lagos salados. Es un país de agua.

Otro dato: a pesar del esfuerzo de los planificadores y burócratas en los tiempos soviéticos, el 82% de los tuvanos son nómades y pastores, aún hoy. Para un mundo en el que es doctrina aceptada que el sedentarismo es condición de la vida social y de la construcción estatal, es un índice desafiante.

En Tuván se acepta y alienta la relación sexual entre una mujer y cuantos varones se le pongan a tiro, entendiendo que este es un modo de generar una numerosa y variada progenie. Esto no es por una política de la República, sino por tradición. Las bondades del sistema se pagan con una alta tasa de sífilis (que afecta a un 2,5 por ciento de la población).

Las persecuciones que promovió Stalin fueron inútiles para desarraigar el chamanismo y el budismo, que siguen gozando de preferente adhesión en el pueblo. Tuván, y específicamente su capital, Kizil, son los únicos lugares del mundo en los que existen clínicas chamánicas. A ellas acuden pacientes de muchos otros países; norteamericanos, europeos y japoneses son sus pacientes, junto con rusos y chinos.

Hablando de Kizil, los tuvanos se ufanan de tener su capital enclavada precisamente en el centro geográfico del Asia. Esa sensación y esa imagen del “centro” funcionan como anclaje simbólico de una sociedad de relaciones más bien laxas, por influjo de la trashumancia. Quizás nos autorice a pensar que Tuván, en lugar de encerrarse en cercos, gira en torno a un corazón, un polo de atracción interior.

En los años 1920 y 1930, Tuván emitió series de sellos postales tan bellos como exóticos, con ilustraciones de la vida de los nómades en la estepa mongola. No abundan imágenes del nomadismo en la filatelia moderna, y por eso las estampillas tuvanesas lograron un duradero éxito. En nuestros días atrajeron la atención del premio Nobel de Física Richard Feynmann, quien viajó a Tuván y se volvió un entusiasta difusor de la cultura y las artes del país.

Apuntemos también la inexistencia de fronteras claras entre Tuván y sus vecinos. En realidad, por momentos los tuvanos son sus propios vecinos. Van y vienen desde y hacia Mongolia, la república del Altai o la China, y otros tuvanos andantes en esos países suelen encontrarse en Tyva. Da como para sospechar que unos cuantos tuvanos no han de tener muy en claro si son tales, o mongoles, altaicos o algo más.

Hay que aceptar por principio que el retrato de ellos que nos dan los censos es notoriamente dudoso. También es arbitrario por definición el colorido deslinde en que se afanan los mapas. Se nos dirá que en ningún caso los mapas o los censos son veraces. Cierto es; sólo que en el caso de Tuván, lo son desembozadamente y sin disimulo.

El canto profundo o canto de garganta

Pero ninguno de estos datos fue el que me llevó a Tuván. Como muchos de mis contemporáneos, llegué al país siguiendo un hilo de música.

Estaba escuchando el bello disco de Bela Fleck & The Flecktones “Live at the Quick”, y me quedé pasmado al oír uno de sus temas, “Alash Khem – Alash River Song”, un canto del río Alash. El cantor invitado que presenta el tema es Kongar-ol Ondar, a quien pueden escuchar en el enlace marcado.

Me fascinó por más de un motivo. El canto estaba acompañado por acordes del instrumento que los tehuelches llamaban ko-olo: el arco musical o violín bucal, utilizado por casi todos los pueblos originarios americanos. Esto compagina con un dato de la antropología física: según su código genético, los tuvanos son los parientes más cercanos de los indígenas del Nuevo Mundo.

Pero hay mucho más en el canto del Alash. Es el llamado “canto de garganta”, que algunos cantantes actuales de rock han incorporado; desde lo profundo de su garganta, el intérprete emite dos voces al mismo tiempo: una grave, como la del bajo de una gaita, y la otra aguda, a veces con sonoridad de trino.

Kongar-ol Ondar, Mikhail Halperin, Huun Huur-tu, Gennadi Tumat, el grupo Alash y las señoras Tyva Kyzi y Sainkho Namtchylak, son algunos de los intérpretes contemporáneos más conocidos del canto Tuván.

Este canto es ceremonia y nexo cósmico. Tiene el sentido mágico y sagrado de la música primordial (rechazo el término “primitiva”, para cualquier lengua o arte de que se trate). El cantante siente que está diciendo lo que dicen la roca, el río, la montaña, la perdiz de nieve, la estrella; está conviviendo con ellos y hablando con sus voces… Aspira a ser comunión con el universo y de los seres y expresión de ellos.

Esto me enseña Tuván

A esta altura de la investigación confusional, ya no puedo responder para qué existe Tuván. Sospecho que ni siquiera la pregunta es correcta, y menos aún que alguien se arrogue el poder de responder a ella. Posiblemente sus habitantes no estén mejor o peor por obra de una República por la que no parecen ponerse muy ansiosos. La expectativa de vida es de 56 años, posiblemente debido a las rudas condiciones de existencia y de trabajo, en esos largos inviernos con 25 grados bajo cero de temperatura promedio.

Por ahora, sólo puedo decir lo que a mí me enseña:

-
puede existir un estado que no flagele ni amenace a sus vecinos; un estado que no pretenda ser el personero exclusivo de una sola nación, ni el representante encarnado de una misión religiosa o política, o de un milenario;

-puede existir un país de nómadas, sin fronteras claramente definidas, que no tenga propiamente “habitantes”, sino viandantes;

- ese país puede estar constituido por aguas fluyentes más que por tierras emergidas;

-no es necesario que la gente pertenezca a una o varias iglesias establecidas para que perdure una república;

- la sífilis debe ser curada; pero quién sabe si hay que corregir su causa;

- la nobleza y riqueza de un país finca en sus bellezas, sus sentidos y saberes; estampillas y canciones son riquezas que una sociedad puede tener y aportar al mundo.

Bello planeta este, en el que cualquier día podés descubrir un país del que no tenías noticia, y hacerte dueño de alguna de sus posesiones que el orín no corroe ni la polilla consume... y recibir de él nuevas interrogaciones que no esperabas.

En cuanto a la pregunta con que inicié este viaje, creo que debiera cambiarla para decir “¿Qué tiene Tuván para dar?” Diría que esa es la verdadera pregunta por el sentido. Pregunta cuya respuesta no puede ser dada de modo permanente ni por ninguna autoridad.

Ahora me pregunto cuál será el sentido, quizás el secreto de este pueblito mío. Qué tenemos, sólo nosotros, para dar al mundo y a nosotros mismos. Quizás el canto de ciertos pájaros de escaso renombre, como el gallito copetón o el cortarramas. O la persistencia de la galleta de campo. O el aroma de pichanas que las mujeres del pueblo aspiran a la tardecita, sentadas a la puerta de sus casas. O algún cuento anónimo, o alguna música que todavía no sabemos apreciar.

Es como para ponerse a respetar todo, o casi todo. Y a descubrir que hay mucho de sagrado que no se encuentra en los templos oficiales.
Ramón
28 de enero de 2009


jueves, 22 de enero de 2009

Las calles callan. Héroes, poetas, batallas. Y adoquines.

LAS CALLES CALLAN

Héroes, poetas, batallas. Y adoquines.

Las calles callan tanto…

En una esquina de la cuadra donde viví en Córdoba, había habido tiempo antes una laguna; y a sus orillas, un gigantesco tala. Durante las noches tórridas del verano, en la charla con los vecinos nacidos allí añorábamos el reflejo de la luna sobre las ondas de esa laguna perdida, y sentíamos la ausencia del árbol campestre y enorme. Algunos pájaros daban vueltas sobre el lugar a comienzos de la primavera, como buscando las aguas y la sombra que ya no estaban.

A la orilla de esa laguna se había peleado una de las batallas de la guerra civil. En 1861 las tropas cordobesas que respondían al presidente Derqui, federal y hombre del interior, fueron derrotadas por las tropas cordobesas que respondían al general Mitre, liberal centralista y porteño. Fue un entrevero de caballerías, sin tiros ni huellas de hombres.

Después, en 1869, sobre esas mismas tierras se proyectaron, trazaron y vendieron los solares de un pueblo nuevo. Un arquitecto francés diseñó una plácida ciudad europea, con calles anchas, una plaza amplia, árboles extendidos, lugares para silencios y pasos lentos. La laguna quedó tapada por el pavimento, y el árbol fue talado.

A veces los sucesos, de tan intensos, se tornan metáforas. Esto de tapar un campo de batalla y el recuerdo de la batalla misma con una ciudad europeizante es también una imagen de nuestra peripecia nacional.

La historia siguió haciendo lo suyo. Ese nuevo Pueblo General Paz, así se llamaba, era independiente de la ciudad antigua. Recibía mercancías sin cobrar impuestos de ingreso. Hubo entonces una guerra aduanera y jurídicamente cordobesa, hasta que se zanjó la contienda incorporando a General Paz a la ciudad de Córdoba. Para prolongar la metáfora, hoy por hoy la antigua ciudad europea, enloquecida por los negocios inmobiliarios y los martillos neumáticos, es otro barrio, igual en su condición de tal a la Villa El Náilon o a Los Cuarenta Guasos.

Cuando andaba por Córdoba, la amada Córdoba, sentía que dos por tres, bajo un solado, en una cripta por descubrir o tras una pared, había una presencia como la del cuento del amontillado o la del gato amurado de Poe. Córdoba debe ser la ciudad argentina con más fantasmas reconocidos y oficializados por metro cuadrado, sea en criptas, en antiguos palacetes o al aire libre. Le hubiera encantado a Baudelaire, para quien los fantasmas eran la población más significativa de París. Azor Grimaut, el escritor de Córdoba, habría conversado gustosamente con Baudelaire, y le habría presentado a los fantasmas de su ciudad: los conocía personalmente, a todos.

Juan Larrea, Agustín Tosco

Después supe que uno de esos fantasmas se llama Juan Larrea (esto lo aprendí del poeta inglés y patagónico Robert Gurney). Por ahí anda un hombre que encarnó el verbo; sé que enseñaba en la universidad. ¿Dónde habrá vivido? ¿Qué caminata hacía diariamente por esa ciudad de su exilio?

Otro hombre me sale al paso, siempre, en la esquina de Colón y Vélez Sársfield, donde todavía está el mismo pavimento que él pisó. Allí debiera estar su efigie: la estatua de Agustín Tosco, caminando, avanzando un paso, con su noble mameluco, junto a otros. Tosco fue un gran poeta del siglo XX, por lo que escribió y por lo que hizo; y uno de los grandes autores del inmortal cordobazo, obra histórica y ópera colectiva inigualada. Desde esa esquina comenzó el tramo decisivo de su marcha, compartida con muchos. ¿Cómo una ciudad que tantas cosas recuerda no le ha dedicado esa estatua? Todo ese recorrido por la Vélez Sarsfield hasta el cruce con San Juan, fue una Vía de la Revolución o de la Rebelión, para la ciudad y para la Argentina. Pero en esa última esquina han erigido un shopping, el Patio Olmos. Por ahí suelen andar una chica y un joven remedando estatuas vivas, empolvados de blanco, a cambio de unas monedas. Esas estatuas no tienen aire cordobés ni mameluco – son impostada y vagamente clásicas, como el antiguo Pueblo General Paz. El sudor y el cansancio les corroen también a ellas la corteza marmórea y el ademán augusto. Más estatuarias siguen siendo las fotos de aquel Tosco en cuyo cuerpo y ropa revivían los carteles de la República Española.

Los adoquines de Bahía Blanca

Dicen que hay algún fantasma clásico en Bahía Blanca. Que alguien dejó un grabador encendido durante la noche en el Teatro Municipal vacío, y que allí quedaron registrados los aplausos de una concurrencia paqueta que anda por entre esas sombras. Pero en todo caso se trata de una población escasa. Los fantasmas que de veras claman y no se resignan a dormirse son otros, los que fueron sembrados entre 1975 y 1983.

Cuando camino por las calles de Bahía Blanca, entreveo en mi memoria los adoquines. Eran unos cubos grises, grandes y desparejos. Las tortuosas calles adoquinadas parecían una larga serie de jorobitas, que hacían resonar las ruedas de los carros y de los autos. Por la mañana se escuchaba el rítmico son de los cascos de los caballos. Tiempo después oí algo parecido, pero ejecutado por zapatos; era una música tradicional canadiense que trajo el amigo Gabriel Bendersky, musicólogo cordobés. Por entonces el lechero, el panadero, el carnicero y el pescadero venían en carros, y el clop clop los anunciaba con un matiz de alegría, de frescor matutino; un sonido que pregonaba que el mundo estaba funcionando, que los trabajadores de los tambos y las panaderías habían estado desde el alba preparando los alimentos para todos, que los pescadores habían regresado con sus lanchitas de las aguas de la bahía, que ciertas cosas andaban bien. Las herraduras sacaban chispas de los adoquines, y a veces quedaba en el aire un momentáneo aroma que recordaba al de la pólvora.

Eran los años que siguieron al golpe de 1955. Ignorantes de algunos aspectos de esa historia contemporánea, los chicos traviesos del barrio (es decir, todos) conseguíamos grandes bulones para un juego explosivo. Rellenábamos la rosca del bulón con carburo de potasio, o con potasio nomás, y luego apretábamos fuertemente la tuerca. El paso siguiente era arrojar el bulón con todas las fuerzas sobre un adoquín… y sentir que los tímpanos hacían ruido de papel roto cuando estallaba la carga explosiva. Quise decir que eran los tiempos de la resistencia peronista, y solía haber algún atentado. De modo que al escuchar nuestros bulonazos, las señoras del barrio salían a retarnos, y alguna, asustada, nos decía que basta, que había creído que eran los peronistas. Las demás callaban. Seguramente habrá adoquines a los que les falte alguna esquirla, ahí donde pegó y estalló un proyectil.

En otros lugares como Tandil había adoquines menudos, de diseño perfecto. Habrían hecho falta cuatro de esos adoquines mignon para equilibrar uno de los toscos cubos bahienses. A esos pequeños se los disponía con más arte, componiendo formas de palmeras abiertas en el pavimento; era todo un desafío pensar cómo los obreros armonizaban una palmera con otra en los bordes.

Unos y otros, adoquines mayores o menores, rutinarios o elegantes, fueron sustituidos en la década de 1960 por la uniformidad del asfalto. Los dueños de autos bendijeron el cambio en nombre de sus carrocerías. Se sabe que es muy fuerte la identificación del ser humano con el auto, con sus padecimientos y alegrías. Así el auto pasa a ser la víscera más importante de una persona.
No sólo recuerdo los adoquines de Bahía Blanca. Cuando muchachos sostuvimos alguna vez un idilio en la hermosa plaza Moreno (sobre la calle de este nombre, al 900). Una plaza de formato antiguo, con casuarinas, pérgolas de flores, y el suelo tapizado con conchilla blanca que traían de la costa de Punta Alta. Un día supimos que bajo esa plaza había un cementerio. Fue cerrado a fines del siglo XIX porque ya estaba repleto, con tantas víctimas de las pestes, y se creó uno nuevo en las afueras. Nuestros amores habían transcurrido, con sus penas y alegrías, sobre las constancias de la muerte. Quizás sea así siempre, pero no nos damos cuenta.

Una poesía de Robert Gurney

Bob Gurney es un hermano que me ha nacido en los últimos meses. Mientras esto escribo, sé que él sentirá como propios esos párrafos relacionados con Córdoba y con su Juan Larrea. También he venido a descubrir que él creció en Luton, donde había calles adoquinadas como las de mi infancia bahiense. Con elegancia y concisión que multiplican la carga emotiva, él expresa este modo de sentir las piedras, las calles, y lo que está oculto bajo lo visible:


Rhythms

The first poem I wrote
was triggered by the sound of high heels
striking the pavement
outside our house
in Luton.

I was fifteen.

A friend of mine,
who lives in Río Colorado,
remembers the clip-clop, clip-clop
of horse-shoes
hitting the cobble stones
outside his home
in Bahía Blanca.

He can still hear the echo.

Grey stones, flecked with quartz,
hacked out by convicts
from the quarries of Olavarría,
they are probably still there,
buried under the tarmac.

He can still picture
the tracks of the baker’s,
the milkman’s and the butcher’s carts
left in the dew.

Robert Gurney

En la traducción de Verónica Minieri:
Ritmos

El primer poema que escribí
lo desató el sonido de tacos altos
golpeando la vereda
fuera de nuestra casa
en Luton.

Tenía quince años.

Un amigo mío
que vive en Río Colorado
recuerda el clip-clop, clip-clop
de las herraduras
retumbando en los adoquines
fuera de su casa
en Bahia Blanca.

Todavía puede oír el eco.

Piedras grises, moteadas con cuarzo
partidas por convictos
en las canteras de Olavarría,
es probable que todavía estén ahí
sepultadas bajo el asfalto

Todavía puede ver en su mente
las huellas del carro del panadero
del lechero y del carnicero
que quedaron en el rocío.


... y otros ecos

En algunas calles los adoquines no fueron arrancados de su lecho de arena, sino simplemente tapados por el asfalto. A veces una rotura en el pavimento más moderno permite distinguir los hombros fuertes, intactos, de las viejas piedras que parían cantos y chispas. Esos cubos de granito venían de Sierra Chica, donde los labraban los presos. Cuánto esfuerzo, cuántas manos y cinturas fatigadas, cuánta maldición y quizás también cuánto de olvido, de distracción y hasta de risa ocasional en la cantera, ha sido tapiado con los adoquines de Bahía Blanca. Penurias, desgracias, maltratos y compañerismos que mutaron en caminos compartidos, cantarines, luminosos.
Este que llamamos "el mundo" es apenas uno entre los muchos mundos que conviven, se traslapan y se entrelazan. Siento que habitamos en niveles, como los infiernos y cielos del Dante, o quizás más certeramente, como los varios mundos superiores e inferiores que se conectan a través del rehue, el árbol mágico que es eje de universos. En cada calle de ciudad y en cada callejuela de nuestra entidad personal está el mundo de los presos, el de los soldados derrotados o vencedores, el de la laguna y el tala perdidos, el de los héroes que deciden caminarlas de modo irreversible, el de los poetas, el del tambo y la panadería con sus carros de reparto. Con todos esos personajes y con todos esos mundos me gustaría que nos encontremos. Y que estos renglones sirvan como una precaria guía para recorrer algo de lo que las calles callan.
También me quedo pensando en el modo de hacer que las calles vuelvan a decir lo suyo. Ponerles pies, canciones y estribillos que las hagan hablar. Algo así he compartido en una marcha contra un fraude electoral. Y también en un festejo de Carnaval, cuando las ciudades recobraron murgas y comparsas que habían estado prohibidas por los gobernantes del período oscuro.
Ramón
Río Colorado, enero de 2009.